Trastorno de la conducta alimentaria

Adicta al alcohol y a la inanición

A Verónica, una atractiva directiva de 37 años, le gusta salir y beber alcohol. Pero quiere seguir delgada, por lo que, poco a poco, va dejando de comer. Sin saberlo, cae en una enfermedad cada vez más extendida: la alcohorexia.

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En síntesis

Verónica sufre trastornos alimentarios desde la adolescencia. Cuenta las calorías, come poco y se induce el vómito ante el menor «exceso».

En la universidad, comenzó a salir y a beber alcohol. Se habituó a consumir bebidas alcohólicas, conducta que continuó durante la vida de pareja con su marido.

De manera paulatina, empezó a comer cada vez menos para poder beber cada vez más y conservar la figura. La espiral de la alcohorexia había comenzado.

Siete y media de la mañana de un lunes. Un nuevo mensaje aterriza en la bandeja de entrada de mi correo electrónico del hospital. Se trata de una solicitud de consulta. La paciente, una tal Verónica*, tiene dificultades para comer. Refiere tratamiento previo por anorexia en su adolescencia. Ha visitado a varios psiquiatras, pero ninguno ha realizado un seguimiento prolongado de su caso. En el mensaje indica que desea una cita pronto. Así que la atiendo a la semana siguiente.

La joven llega veinte minutos antes de la hora convenida. En la sala de espera, lee un libro de Anna Gavalda, Una vida mejor. En cuanto me ve llegar, eleva sus grandes ojos verdes en mi dirección y guarda la novela en un voluminoso bolso de cuero Lancel. Muy delgada, enfundada en unos vaqueros, con un bléiser azul marino, blusa de color marfil y zapatos de tacón recorre la sala desprendiendo un aroma de elegancia, flexibilidad y dinamismo. Se sienta frente a mi escritorio.

Ante mí tengo a una mujer coqueta que, sin duda, cuida mucho su aspecto físico. Quizá demasiado. Luce bisutería discreta, refinada y poco ostentosa, pero el maquillaje llama mucho la atención. La base se antoja muy espesa y el colorete contrasta sobremanera sobre sus pómulos, cual una máscara tras la que quisiera ocultar su rostro. Verónica habla con voz ronca, como si sus cuerdas vocales estuvieran irritadas por el tabaco.

El maquillaje como fachada

Percibo, desde el principio, la imagen equívoca que emana esta joven: no solo despliega facilidad, seguridad, incluso, con sus actitudes y gestos; detrás de esa fachada esconde, asimismo, una fragilidad incontenible. Comienzo la entrevista con la pregunta habitual: «Hace una semana me envió un correo electrónico, ¿en qué puedo ayudarla?». Me responde con dulzura: «Desde hace meses, y probablemente años, sé que debo centrarme más en mí misma, pero no soy capaz. He acudido a muchos psiquiatras, pero ninguno ha podido ayudarme. Tengo problemas con la comida». Al cabo de un rato, continúa: «Cada vez siento mi autoestima más baja y una ansiedad profunda, como si fuera a perder el equilibrio».

Hagamos un resumen. Esta mujer de 37 años de edad trabajaba como directora y jefa de proyecto en la industria aeronáutica, un entorno de enorme responsabilidad y, según ella, «muy masculino». Divorciada desde hace cinco años, comparte la custodia de su hija de ocho años, Luisa, cada dos semanas. «Desde que me divorcié, no logro salir de esta. Fui yo quien rompió la relación con Paul», explica. Según me describe, en las etapas finales de su matrimonio, la relación era muy «tóxica»: estaba teñida de dependencia emocional y sufrimiento aceptado y asumido. «Me encontraba muy unida a él. Al principio, me parecía una persona mágica. Lo conocí durante las prácticas del último año en la escuela de ingeniería. En esa época, él ya destacaba como líder, y su carrera no ha hecho más que progresar».

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