Antidepresivos: el mito de la hormona de la felicidad

El objetivo de la mayoría de los antidepresivos es aumentar la concentración de serotonina en el cerebro. Sin embargo, los motivos por los que estos medicamentos actúan en muchos ­pacientes podrían ser totalmente diferentes.

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En síntesis

En la depresión, los lugares de contacto neuronal carecen de un neurotransmisor concreto, la serotonina, según propone una teoría de la década de 1960, ampliamente refutada desde entonces.

Todavía no se comprende bien cómo se manifiesta este trastorno psíquico en el cerebro. Es posible que varios procesos contribuyan al trastorno.

Sobre la base de la hipótesis de la serotonina, las empresas farmacéuticas han desarrollado numerosos antidepresivos. Sin embargo, ciertos medicamentos con un mecanismo de acción diferente podrían aliviar los síntomas depresivos con mayor rapidez y eficacia.

¿Qué hace que una persona entre en una depresión? Con frecuencia, se escucha el siguiente argumento: al cerebro del afectado le falta serotonina. Tal carencia provoca el abatimiento anímico que se presenta en la depresión. Los medicamentos que aumentan los niveles de dicho neurotransmisor corrigen tal desequilibrio y elevan el ánimo. Esta «hipótesis de la serotonina» se remonta a 1969. Años antes, los investigadores habían observado que los pacientes depresivos presentaban, en el líquido cefalorraquídeo, menos cantidad de ácido 5-hidroxindolacético (5-HIAA), el principal metabolito de la serotonina, que las personas sin ese trastorno. Ante este hallazgo, dos científicos de la ciudad de Leningrado en la antigua Unión Soviética (hoy San Petersburgo) sugirieron que la depresión se debía a la escasez de serotonina. Este modelo penetró en los tratados de medicina. Aún hoy se continúa citando con frecuencia, aunque se sabe que esta tan seductora a la vez que sencilla explicación es falsa.

Cuando surgió esta hipótesis, ya existían los primeros fármacos «estimuladores del ánimo». Sin embargo, se desconocía el modo en el que actuaban. De hecho, no se habían desarrollado para utilizarlos como antidepresivos. Tal efecto se descubrió por casualidad: durante los ensayos para combatir con estos medicamentos la tuberculosis que surgió a principios de la década de 1950, los médicos observaron que los pacientes que recibían iproniazida se encontraban más animados. Este fármaco inhibe una enzima llamada monoaminooxidasa (MAO), la cual descompone los neurotransmisores noradrenalina, serotonina y dopamina. El resultado es un aumento de la concentración de dichos neurotransmisores en la célula nerviosa y la hendidura sináptica, un espacio estrecho que separa las neuronas que se encuentran conectadas entre sí. En 1958, se autorizó el uso de la iproniazida para tratar la depresión. Sin embargo, a los pocos años, desapareció de las farmacias de muchos lugares, ya que provocaba efectos secundarios graves.

Otro medicamento que se descubrió por esa época, la imipramina, se toleraba mejor. Este fármaco pertenece al grupo de los llamados antidepresivos tricíclicos (ATC), los cuales impiden que las neuronas recapten los neurotransmisores serotonina, noradrenalina y dopamina tras su liberación en la hendidura sináptica. Al igual que los inhibidores de la MAO (IMAO), aumentan de esta manera la concentración de serotonina.

Además de apuntar una posible causa de la depresión, la hipótesis de la serotonina ofrecía una explicación bastante convincente sobre cómo la iproniazida y la imipramina aliviaban el trastorno. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, numerosos grupos de investigación intentaron asentar esta teoría sobre una base científica sólida. En 1980, el médico Carl-Gerhard Gottfries, por entonces en la Universidad de Gotemburgo, resumió las conclusiones de varios estudios. Sorprendentemente, en las autopsias, el cerebro de los fallecidos no revelaba ninguna correlación entre la proporción de serotonina y la depresión.

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