Hermoso dolor

Por lo general, percibimos el dolor como algo desagradable. Pero algunas personas disfrutan, literalmente, de las agujetas o del picor fuerte que produce el chile en la lengua. ¿Cómo se explica ese placer?

Diversos neurotransmisores endógenos provocan durante una maratón la famosa «euforia del corredor». Se trata de una emoción embriagadora que favorece que el corredor soporte mejor el dolor y que, quizás, incluso lo busque. [Getty Images / wayra / iStock]

En síntesis

El dolor le sirve al cuerpo como señal de advertencia: dirige nuestra atención hacia una lesión y provoca una ­reacción.

Pero no todos los estímulos dolorosos tienen el mismo efecto. Numerosos factores influyen en el modo en que el cerebro los procesa y ­percibe.

Los sentimientos o pensamientos pueden incluso transformar un suplicio en algo positivo. Las circunstancias influyen en el tipo de neurotransmisores que libera el cerebro y en cómo este procesa la señal de advertencia.

Para Hendrik Garbers, el dolor es un viejo conocido. Este luneburgués de 44 años de edad ha participado cuatro veces en un triatlón Ironman, con una mejor marca personal de 9 horas y 20 minutos. Siempre ha sufrido; unas veces más, otras menos. «Durante la competición, todo el cuerpo se halla bajo presión», indica. «Los pulmones arden, los músculos se ponen rígidos. Increíblemente, nada te duele mientras no te escuches a ti mismo. Pero siempre estás al borde de hacerlo.»

Garbers no se encuentra solo en su afición. De hecho, los deportes de resistencia son muy populares. Pero ¿por qué se someten las personas a ese sacrificio? ¿Por qué se exigen rendir hasta sentir dolor? ¿Por qué tantas personas se exponen de manera voluntaria a situaciones dolorosas, ya sea entrenando, comiendo picante o practicando sexo?

El dolor cumple una importante función como señal de alarma para el organismo. En un instante, dirige nuestra atención hacia la mano que toca la placa caliente de la cocina o el pulgar que recibe un martillazo. La sensación nos incita a sacar conclusiones de la experiencia: por un lado, que eliminemos lo antes posible la causa del dolor (que alejemos la mano de la fuente de calor antes de que se produzca una herida grave, por ejemplo). Por otro, que evitemos en el futuro la situación que lo desencadenó (que tengamos más cuidado cuando cocinemos).

Cuánto se sufre con un estímulo doloroso puede variar de persona a persona e, incluso, de situación a situación. La neuropsicóloga Susanne Becker, de la Clínica Universitaria Balgrist de Zúrich, describe el dolor como una sensación multidimensional. Su componente sensorial nos informa sobre el lugar donde nos duele y la intensidad del mismo. El componente emocional-motivacional determina cómo reaccionamos a la señal. A veces, realizaríamos cualquier cosa para deshacernos rápidamente del tormento. En otras ocasiones, es posible que no nos parezca tan malo o que, incluso, nos guste soportarlo. «Los componentes se influyen entre sí», subraya Becker. «Si el dolor me asusta porque pienso que es indicativo de una lesión que amenaza mi vida, lo percibiré con mayor intensidad.» Esa mayor atención fomenta que queramos detener la sensación lo antes posible.

Al parecer, cuánto y en qué sentido nos motiva la sensación de dolor depende en gran medida de nuestro sistema de recompensa en el cerebro. Este fomenta, tanto en animales como en personas, que repitamos una experiencia. El neurotransmisor dopamina se encarga de dirigir dicho proceso a través de la activación del circuito de recompensa. Por ejemplo, hace que los bebés que han lamido el helado de sus padres estiren de nuevo los brazos en demanda de un poco más del dulce alimento. La dopamina se denomina con frecuencia «hormona de la felicidad». Pero, en realidad, es más responsable del querer que del disfrutar. El nivel de dopamina desciende tras una experiencia desagradable, y tratamos de evitar en lo posible volver a sufrir una situación semejante. «La dopamina es una importante señal de aprendizaje», señala Siri Leknes, psicóloga que investiga la percepción subjetiva del dolor en la Universidad de Oslo.

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