Neurolépticos: la balsa de las psicosis

En 1951, la psiquiatría entró en una nueva era. El médico francés ­Henri Laborit descubrió una molécula que revertía los delirios, las alucinaciones y la confusión mental de las personas con psicosis. Nada volvería a ser como antes.

En 1950, antes de la llegada de los neurolépticos, era probable que una persona con esquizofrenia viviera durante años con una camisa de fuerza. [Getty Images / upheaval / iStock]

En síntesis

Hasta 1950, las psicosis se trataban con electrochoques, camisas de fuerza o lobotomía.

En 1951, un medicamento, la clorpromazina, lo cambió todo. Fue el primero de los neurolépticos utilizados en el mundo.

Los neurolépticos bloquean los receptores neuronales hiperactivos de los pacientes. Sin embargo, siguen produciendo efectos secundarios, por lo que debería iniciarse una nueva revolución semejante a la de 1950.

En la actualidad, cuando un paciente con esquizofrenia acude al médico o a un centro psiquiátrico, a menudo le recetan antipsicóticos o neurolépticos. Estos medicamentos actúan sobre el sistema nervioso reduciendo las alucinaciones, aliviando los delirios y mitigando la agitación y la desorganización, pero no producen apatía ni aíslan al enfermo del mundo exterior. Hace poco más de medio siglo, los esquizofrénicos no tenían la oportunidad de beneficiarse de este tratamiento farmacológico. Por lo común, ingresaban en un hospital psiquiátrico, donde se les inmovilizaba con una camisa de fuerza si era necesario y eran privados de libertad, lo que les impedía llevar una vida normal en la sociedad.

¿Qué ha sucedido entre estas dos épocas? Para hilvanar el hilo de esta historia, debemos remontarnos a 1914, año en el que un médico de colonias, acompañado de su esposa, que lo ayudaba en su labor, transportaba cajas de medicinas y vacunas a través de la selva de Tonkín. La mujer, embarazada y agotada, ingresó en el hospital de Hanoi, donde dio a luz a un niño, de nombre Henri y apellido Laborit.

Una vida atormentada

El pequeño Henri Laborit inició una vida cargada de tensiones y oposiciones irreconciliables. A su padre, rete­nido en el este, no lo vio durante cinco años. En cuanto este pudo volver, se vio obligado a regresar a la Guayana Francesa, donde murió de tétanos. Por el río Maroni, y en una piragua, el niño veló junto a su madre los restos del difunto. Pero el recuerdo del padre perduró en la familia y llegó a erigirse en un mito. Tanto es así que el joven Henri, siguiendo los pasos paternos, entró en la Escuela de Medicina Naval a la edad de 19 años, convirtiéndose en médico de la Marina.

No obstante, las lágrimas brotaron de nuevo. En 1940, el barco donde el joven servía fue torpedeado por la Marina alemana. Henri vio morir a 720 de los 800 hombres de la tripulación. Su calvario no terminó tampoco ahí: mientras vivía el infierno de Dunkerque, su madre se unió al general Phillipe Pétain (1856-1951). Acérrima partidaria del régimen de Vichy y de familia noble, adoctrinó al hermano pequeño de Henri y lo empujó hacia la milicia, donde cayó bajo las balas de un combatiente de la resistencia. Henri Laborit, el héroe de Dunkerque, escribiría más tarde a De Gaulle para que liberase a su progenitora petainista. Él, quien diría que ella fue la causante de la muerte de su hermano.

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