El camino para salir de la depresión

El cerebro de una persona con depresión pierdela capacidad de adaptarse a las condiciones ambientales. Los antidepresivos ayudan a que vuelvan a producirse cambios cerebrales; no obstante, depende del entorno del pacienteque estos fármacoscontribuyan a la mejoría o al empeoramiento de la enfermedad

MARJAN_APOSTOLOVIC / GETTY IMAGES / ISTOCK

En síntesis

Suele pensarse en la depresión como un estado de tristeza profunda, pero se trata más bien de un vacío emocional. También se reducen las capacidades cognitivas y el procesamiento de estímulos del paciente.

Una causa habitual de depresión es el estrés permanente, porque inhibe la plasticidad neuronal. Los antidepresivos devuelven al cerebro la capacidad de adaptarse al entorno. Pero que esa habilidad se encamine hacia la recuperación o hacia un empeoramiento depende de factores externos.

Por esa razón, la psicoterapia beneficia más a los pacientes que reciben un tratamiento farmacológico que a los que no toman medicamentos. También sucede a la inversa: un entorno social negativo combinado con antidepresivos puede perjudicar la evolución de la depresión.

«No ha abierto la boca en toda la velada. Ni tan siquiera ha sonreído una sola vez. ¡Tampoco es para tanto! Ya ha pasado más de medio año desde la separación y el estrés en el trabajo. Tendríamos que distanciarnos una temporada de él. Igual de esa manera, por fin, se da cuenta de que con tanta tristeza no hace más que aislarse.» Esta podría ser parte de la conversación entre una pareja de regreso a casa tras una cena sorpresa para un amigo con depresión. Es una reacción comprensible, pero ¿adecuada?

Según un análisis sistemático del Estudio de Carga Global de Morbilidad 2017, una de cada cinco mujeres y uno de cada diez hombres sufren un episodio depresivo al menos una vez en la vida. Pese a lo habitual de la enfermedad, la mayoría de las personas saben muy poco al respecto. Muchas veces no se quiere admitir el trastorno y se pasan por alto signos evidentes, seguramente también por la propia incapacidad para tratar con el afectado. ¿Cuál es la forma correcta de comportarse en una situación así? ¿Cómo se puede ayudar a estas personas y qué función ejercen los antidepresivos en este proceso? Para encontrar la respuesta a tales preguntas, nos ayuda, en primer lugar, ahondar en las causas de la enfermedad.

Existe la creencia popular de que la depresión puede atribuirse a la presión intensa y al estrés continuo. Numerosos estudios apoyan ese punto de vista. Sin embargo, muchos aspectos del trastorno no pueden estudiarse en personas vivas, sino solo en células nerviosas de animales (fundamentalmente ratones o ratas) o cortes de cerebro. Para ello se requieren ejemplares «depresivos», puesto que los citocultivos o los modelos informáticos no suelen ser suficientes. Así pues, se estresa a los roedores durante varios días: por ejemplo, sometiéndolos a una serie de acontecimientos breves e inesperados, como colocarlos en una jaula superpoblada. En otros casos, se hace nadar a los múridos en un recipiente alto de cristal durante 10 minutos al día. Los animales intentan escapar, pero después de un rato, se dan por vencidos y se dejan llevar por el agua, sin moverse. Tras esas exposiciones al estrés, entran en un estado que, en muchos sentidos, se parece a la depresión humana.

Pero las personas experimentan el estrés de maneras muy diferentes en función de su personalidad, las experiencias personales o a factores genéticos que todavía se desconocen. Ni siquiera las cargas extremas, como haber estado en un campo de concentración, llevan a una depresión a todos los supervivientes. Ello demuestra que existen diferencias individuales en cuanto a la resiliencia, es decir, a la capacidad de resistencia mental

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