El ser humano, un primate ultrasocial

Los humanos somos animales sociales, pero ¿cómo llegamos a ello? La genética comparativa señala a la oxitocina y al glutamato como las moléculas responsables de nuestra desarrollada prosocialidad. También a la «autodomesticación»

GLOBALP/ GETTY IMAGES/ ISTOCK

En síntesis

Cada vez más, los avances de la genética comparada contribuyen a la investigación de los orígenes de la cognición social humana.

Gracias a este nuevo enfoque, la teoría de la autodomesticación está ganando fuerza entre los antropólogos y genetistas.

Al parecer, la oxitocina y el glutamato, neurotransmisores cuyo mecanismo ha cambiado a lo largo de nuestra evolución, fomentan la prosocialidad.

Las sociedades humanas se componen de millones de individuos capaces de colaborar, comunicarse entre sí mediante un sistema simbólico único (el lenguaje oral y escrito) y organizarse en entidades sociales muy complejas. Pero esta habilidad tan insólita y que ha asegurado nuestro éxito evolutivo solo ha aparecido una vez en la Tierra. ¿Cómo es posible? ¿Qué cambios cerebrales se hallan detrás de nuestra capacidad para transmitir información y acumular cultura a lo largo de generaciones? Si se observa a otras especies de primates es inevitable preguntarse: ¿en qué momento nos convertimos en un «primate ultrasocial»?

Estas preguntas han sido objeto de debate desde que Charles Darwin (1809-1882) las formulara en El origen del hombre. Dicha obra resulta, en muchos aspectos, problemática por su división victoriana de la humanidad en razas. De hecho, se la considera uno de los escritos darwinianos menos acertados. A pesar de todo, a este libro le debemos gran parte de las preguntas expuestas en el párrafo anterior. Darwin reconoció, con extrema agudeza, que no somos la única especie social: muchos grupos de primates no humanos son capaces de colaborar para alcanzar el éxito en tareas imposibles para un solo individuo. Según se ha comprobado en un estudio, los chimpancés son capaces de elegir a los mejores compañeros para llevar a cabo una tarea. Pero no hace falta limitarse a los primates: otros animales con una cognición menos compleja son capaces de cooperar, como es el caso de las termitas, que colaboran para construir estructuras que se elevan del suelo hasta unos pocos metros. Aun así, una termita carece de una comunicación compleja y la capacidad de almacenar conocimiento y cultura a lo largo de generaciones.

Esta última habilidad alcanza cuotas inusualmente altas en los humanos, pero tampoco se circunscribe a nosotros. Otros primates, como los orangutanes y los chimpancés, pueden adoptar prácticas culturales, aunque, por supuesto, menos elaboradas. Así, por ejemplo, existen numerosos casos de transmisión de conocimiento entre poblaciones de chimpancés. Uno de los más llamativos se descubrió en un santuario de Zambia, donde estos animales habían tomado la costumbre de colgarse una varilla de paja de la oreja. La varilla no tenía ninguna función particular más allá del propio criterio estético de los chimpancés. Aunque ello puede sorprendernos, no es más que un testimonio del parecido que guardan nuestras capacidades sociales con las de otras especies de primates.

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