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1 de Marzo de 2015
Lenguaje

El cerebro bilingüe

El bilingüismo es un reto fascinante para nuestro cerebro y para la neurociencia de la cognición. De qué manera un niño se habitúa al uso de dos idiomas y cómo esa capacidad repercute en el resto de sus capacidades cognitivas a la edad adulta son algunas de las cuestiones fundamentales que rodean el fenómeno.

THINKSTOCK/PETR VACLAVEK, MODIFICADO POR MENTE Y CEREBRO

En síntesis

Para los bebés que nacen en un entorno bilingüe, uno de los retos lingüísticos más importantes consiste en aprender a diferenciar las dos lenguas.

Los mecanismos de control lingüístico evitan que la persona bilingüe mezcle ambos idiomas de forma involuntaria.

En comparación con los monolingües, los bilingües son más lentos a la hora de traer a la mente términos concretos, incluso en su lengua dominante. No obstante, el bilingüismo parece retrasar los primeros síntomas de demencia.

Nota de los editores: El pasado 11 de diciembre nos entristeció conocer la repentina muerte de Albert Costa Martínez (1970-2018), reconocido experto en el campo del procesamiento del lenguaje y el bilingüismo y coautor del siguiente artículo. Costa era doctor en psicología por la Universidad de Barcelona (1997) y de 1998 a 2005 desarrolló su carrera posdoctoral en universidades de Europa y EEUU, como la Universidad Harvard, el Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT) o la Universidad de Trieste.

El señor X se encuentra en un restaurante del centro de Londres a la espera de que le tomen nota. Ha decidido que pedirá la hamburguesa que recomienda el local. Llega el camarero. Armado de valor, X solicita en inglés: «The house burger». Cuando, aligerado, da su demanda por hecha, empieza a oír sonidos, palabras y frases que le resultan incomprensibles; sin embargo, parece que esperan respuesta:«¿Do you want cheese, onion and pickles on your burger?», «¿How do you want your burger cooked? ¿Well done?». No entiende nada. Frustrado por la situación, solo consigue responder con un apocado «Yes, yes». Al cabo de unos minutos, llega el chasco: le sirven una hamburguesa con un queso que detesta, una cebolla que le repite y unos pepinillos a los que es alérgico. ¿Por qué le resulta tan difícil expresarse en otro idioma que no sea el materno? Una gran parte de la población mundial lo logra, según parece, sin dificultad alguna. ¿Por qué él no?, se pregunta.

A tenor de esta anécdota ficticia, aunque nada inusual, el bilingüismo solo aporta ventajas: permite a una persona moverse por el mundo con mayor facilidad (visitar Londres), comunicarse con mayor eficiencia (indicar qué se desea ­comer al camarero del bar cercano al Palacio de Westminster) y disfrutar de un almuerzo (una hamburguesa) o cualquier otra experiencia ahorrándose un estado de estrés y frustración. Sin embargo, el bilingüismo no ha tenido siempre tan buena prensa.

Entre 1920 y 1960 se generalizó la creencia de que saber más de un idioma mermaba las capacidades lingüísticas y cognitivas. Según los pensadores de la época, siendo Max K. Adler uno de los autores más representativos, la gestión de dos lenguas implicaba la utilización de recursos cognitivos que deberían destinarse al desarrollo de otras habilidades. Incluso se llegó a definir a las personas bilingües como individuos marginales, inadaptados sociales con emociones instintivas y que cambiaban de tendencias políticas y compromisos morales dependiendo de la lengua que empleaban. Aunque tales creencias carecían de base científica, aquellos pensadores plantearon una de las cuestiones claves en torno al bilingüismo: la gestión de dos lenguas en un mismo cerebro genera ciertos costes y beneficios. ¿Es así?

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