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¿Incentivo o manipulación?

Los ciudadanos no siempre dan lo mejor de sí mismos. Por ello, algunos Gobiernos idean incentivos para lograr que practiquen conductas más sanas y responsables. ¿O se trata de manipulación encubierta?

En una estación de metro de Nanjing, en China, se aprovechan las escaleras para animar a los transeúntes a practicar ejercicio: cuando se pisan los escalones suenan las notas correspondientes del teclado de un piano. Esta estrategia se usa en otros lugares del mundo. [CORBIS / XINHUA PRESS / JI HANDONG]

En síntesis

La estrategia del acicate busca incitar a las personas a actuar de manera más saludable y sensata a través de medidas sencillas basadas en la psicología conductual.

Gobiernos de todo el mundo aplican acicates para fomentar conductas responsables con el medioambiente y la salud entre la población. Por ejemplo, la donación de órganos.

No obstante, este tipo de motivación provoca controversia. Algunos expertos ven en ella una forma de manipular a la ciudadanía. Todavía se desconoce su efectividad, sobre todo a largo plazo.

Las prisas, la rutina, las responsabilidades familiares y laborales, en fin, el día a día nos lleva con frecuencia a que no nos planteemos si actuamos como más convendría. Compramos bolsas de plástico en el supermercado, tomamos el ascensor en lugar de subir andando por las escaleras, olvidamos el piloto de la pantalla del ordenador o del televisor encendido y pedimos en el restaurante más comida de la que nos convendría consumir. ¿Por qué? A pesar de que la salud es uno de nuestros bienes más preciados y de que queramos comportarnos de manera respetuosa con los demás, los humanos siempre nos dejamos llevar por las emociones y las costumbres; incluso cuando ese comportamiento resulta, a largo plazo, contraproducente para nosotros mismos.

Desde hace décadas, la industria publicitaria se aprovecha de esta tendencia humana: idea anuncios emocionales y estudia qué lugares de los supermercados o comercios resultan más estratégicos para incitar el consumo de productos muchas veces poco sanos o económicos. ¿Sería posible utilizar ese saber hacer para favorecer una conducta más inteligente y sostenible entre la población? Los políticos se plantean esa misma cuestión desde hace algunos años. Si cada ciudadano se comporta de vez en cuando de manera irracional, las repercusiones para el conjunto de la sociedad pueden ser notorias, tanto a escala económica como medioambiental. Pero, hasta ahora, las grandes campañas informativas que se han llevado a cabo con el objetivo de paliar el efecto invernadero o de ofrecer consejos de ahorro energético a la población han obtenido efectos poco relevantes. Una posible solución sería aplicar los conocimientos de la psicología y la economía conductual para resolver los problemas sociales.

Los expertos conocen esta estrategia como teoría del acicate (nudge). A grandes rasgos, consiste en animar a los ciudadanos para que tomen decisiones concretas sin necesidad de recurrir a leyes o prohibiciones. En la práctica, la técnica se traduciría en edificios con una estructura que promueva la actividad física o el diseño de boletines oficiales desde una perspectiva psicológica. En definitiva, donde no llega la formación ni la información puede ayudar el control sutil de la conducta. Mas este planteamiento despierta controversia: ¿acaso no favorece esta estrategia que el Estado conculque la libertad individual de decidir, incluso cuando la estrategia resulta, en principio, beneficiosa para uno mismo?

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