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1 de Mayo de 2016
Neurofilosofía

Lo que queda del alma

Aunque la idea del alma ha ido desapareciendo de la psicología, todavía permanece en el imaginario colectivo. ¿Será posible que algún día prescindamos de ella?

ISTOCK / CHRIS GRAMLY

En síntesis

El concepto «alma» contiene numerosos significados. Principalmente se refiere a la esencia inherente e inmortal del ser humano.

Aunque este concepto ha desaparecido de la psicología científica, permanece en el pensamiento de las personas.

Creer en la existencia del alma ayuda a abordar temas que se encuentran más allá de nuestro poder imaginativo y reduce el miedo a la muerte.

El término alma suena a fantasmas y reencarnaciones, al más allá o a la última razón de ser. Pero en nuestro día a día no nos produce grandes quebraderos de cabeza. Sin pensarlo demasiado decimos «No había ni un alma en el restaurante», «Salió corriendo como alma que lleva el diablo», «Estaba con el alma en un hilo» o «Son almas gemelas». No solemos emplear con tanta soltura otros conceptos cuyo significado apenas conozcamos.

En la investigación, tanta ambigüedad no está bien considerada, sobre todo cuando sus connotaciones se hallan tan cargadas de espiritualidad. Por ese motivo, el alma ha ido desapareciendo en los últimos cien años casi por completo de la psicología. En un estudio llevado a cabo en 2014 por Ulrich Weger, de la Universidad de Witten/Herdecke, solo 387 artículos científicos del banco de datos en línea del Instituto para la Información Científica (Wok, por sus siglas de Web of Knowledge) contenían la palabra alma (soul), mientras cerebro (brain) contaba con 37.422 entradas. En las revistas de psicología se trató el tema únicamente en dos ocasiones. En definitiva, la «ciencia del alma», como a veces se ha denominado a la psicología, ha evolucionado hacia una «ciencia sin alma».

Con todo, el término persiste tanto en el lenguaje como en el pensamiento cotidiano. Una encuesta representativa efectuada en 2015 por el portal estadístico Statista reflejaba que el 70 por ciento de los alemanes cree en la existencia del alma, por encima del porcentaje de los que sostienen que existe una vida tras la muerte (40 por ciento) o los que profesan la reencarnación (18 por ciento). La creencia en el alma parece que no depende de las convicciones religiosas. ¿Se trata solo de una reminiscencia de tradiciones antiguas que tarde o temprano desaparecerá? ¿O se debe a la profunda necesidad humana de poseer una instancia duradera que le confiera identidad? ¿Qué diferencia existe en creer o no en el alma?

Un estudio de 2012 revela que atribuimos una especie de núcleo esencial y espiritual a los seres vivos. Un equipo de psicólogos dirigido por Bruce Hood, de la Universidad de Bristol, dejó que unos niños de cinco y seis años de edad se familiarizasen con un hámster. Mientras jugaban con él, les contaron curiosidades sobre el animal. Entre otras cosas, les explicaron que su corazón era de color azul y tenía un diente partido. También indicaron a los niños que si querían hacerse amigos del hámster debían decirle sus nombres y explicarle qué habían estado pintando antes de jugar con él. Al cabo de un rato, los investigadores simularon que podían duplicar al simpático roedor y preguntaron a los niños si creían que el clon del hámster tendría también un corazón azul y un diente mellado. Ocho de cada diez niños respondieron afirmativamente; en cambio, solo el 52 por ciento pensaba que el roedor clonado sabría sus nombres. El porcentaje se redujo a un 39 por ciento cuando se les preguntó si la mascota tenía idea de lo que habían dibujado. ¿Conclusión? Para la imaginación infantil resulta más sencillo reproducir un cuerpo que una mente.

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