Una sucinta historia del alma

Las nociones de mente, cerebro y alma han ido evolucionando a lo largo de la historia gracias al trabajo de filósofos, sabios, médicos, escritores y revolucionarios.

GÉRARD DUBOIS

En síntesis

Filósofos, médicos, teólogos y estudiosos han ido metamorfoseando el concepto de alma a lo largo de los siglos, convirtiéndola de un ente inmaterial a uno material y desacralizado.

Entre los grandes pensadores que han contribuido a la noción del alma y a su transformación destacan Aristóteles, Descartes, Locke, Hobbes y Kant.

Las contingencias históricas y culturales han ido formando y determinando los conceptos de alma, consciencia y mente. Este proceso todavía no ha llegado a su fin.

En contraste con entes materiales como un huevo, un perro o el cerebro, consciencia, mente y alma son constructos históricos dotados de un universo de significados religiosos, metafísicos, culturales y científicos y acompañados de una batería de presunciones subyacentes, algunas enunciadas con claridad, pero otras ignoradas por completo. Estos significados se van adaptando a los tiempos a causa de guerras y revoluciones, catástrofes, comercio y tratados, inventos y descu­brimien­tos. George Makari, psiquiatra e historiador, se propone arrojar luz sobre esta evolución histórica. En su reciente libro Soul machine: The invention of the modern mind, publicado en noviembre de 2015, describe cuán elusivas resultan las nociones de consciencia, mente y alma, las cuales filósofos, teólogos, estudiosos y médicos buscan domeñar con conceptualizaciones, definiciones, cosificaciones, negando o redefiniendo estos términos a través de los tiempos para enfrentarse con el misterio de nuestra vida interior.

Descartes, Locke y Hobbes

La búsqueda sistemática de respuestas se remonta a Aristóteles (384-322 a.C.), considerado el primero de los biólogos, taxonomistas, embriólogos y evolucionistas. En su Acerca del alma (De Anima) ofrece una clasificación de los seres vivos y expone su noción del alma (psyché), que significa, para él, la esencia de una cosa. Un organismo es definido por su alma. Todos los seres vivos poseen almas, de cualidades peculiares. El alma vegetativa da cuerpo a la fuerza vital, que diferencia a la materia viva (ya se trate de plantas, animales o personas) de la inanimada (las piedras, por ejemplo). El alma vegetativa es sostén de la nutrición, el crecimiento y la reproducción. El alma sensitiva, en cambio, faculta la percepción a través de los sentidos, del dolor y del placer, de la memoria, la imaginación y la emoción. Es común en los animales y los humanos. Tanto el alma vegetativa como la sensitiva son corpóreas y, por consiguiente, mortales. El alma racional, exclusiva de los humanos, es responsable del intelecto, el pensamiento y el razonamiento. El alma racional constituye la esencia del ser humano. Para Aristóteles, aunque el alma racional es inmaterial, no puede existir con independencia del cuerpo. Es sabido que Sócrates y Platón diferían de Aristóteles en este punto, pues abogaban por la inmortalidad del alma una vez fallecido el cuerpo.

Tomás de Aquino (1225-1274), fraile dominico y filósofo escolástico, volcó estas ideas clásicas griegas en moldes acordes con las doctrinas cristianas, tesis que ejercieron una gran influencia durante la Edad Media. Según Aquino, todo individuo humano se encuentra integrado por una terna de almas: un alma nutriente, común a todos los organismos; un alma sensible (o apetitiva), característica de los animales y las personas, y un alma racional, la cual es inmortal, depositaria de los rasgos divinos de la humanidad y que eleva a la persona sobre el mundo natural, material. El alma racional no podía enfermar, por su cualidad de inmaterial, pero sí ser poseída por el Diablo o algunos de sus demoníacos servidores. La medicina no podía sanar a los que sufrían esa fatalidad; en cambio, la autoridad eclesiástica sí sabía ayudarlos. Salvaba las almas inmortales de un modo u otro, como demuestra la muerte en la hoguera de decenas de miles de brujas y brujos.

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