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1 de Septiembre de 2016
Neurobiología

Del hábito a la adicción

Estudian en ratones los mecanismos cerebrales que llevan a convertir la habituación en una conducta adictiva.

Los ganglios basales controlan si un acto planificado por la corteza cerebral se va a ejecutar. El núcleo ­accumbens, uno de los centros cerebrales de recompensa, forma parte de ellos. [YOUSUN KOH]

En la película Café y cigarrillos, los músicos Tom Waits e Iggy Pop aparecen sentados saboreando sendos cafés. Sobre la mesa yace un paquete de tabaco que alguien ha dejado olvidado. Ese olvido es motivo suficiente para que ambos hablen de lo felices que se sienten porque, por fin, han dejado de fumar. «Lo mejor de haberlo dejado», dice Waits, «es que ahora me puedo permitir uno sin más». Y se lleva un pitillo a la boca.

Café y cigarrillos, ¿por qué combinan tan bien? ¿Qué hace que se consuman estos estimulantes una y otra vez? ¿Y cuándo se convierte el hábito en adicción? Los científicos intentan juntar las piezas del rompecabezas: dos hallazgos recientes parece que han logrado encajarlas.

Cuando Waits saca un cigarrillo del paquete, sus ganglios basales le dan su consentimiento para ello. «Son una especie de centro de mando que decide qué acto va a ser el siguiente», explica Nicole Calakos, neurobióloga de la Universidad Duke en Durham. Dicho tejido cerebral consiste en un grupo de conexiones de fibras nerviosas entrelazadas que se aloja en la profundidad del cerebro.

Estimulación e inhibición cerebral

En los actos que llevamos a cabo de forma consciente y con un objetivo concreto, los ganglios basales actúan como un amplificador selectivo. Cuando la corteza cerebral planifica una acción, el programa de movimientos que se requieren se envía a los ganglios basales, donde se transmite a través de dos vías paralelas para, al final, regresar a la corteza cerebral. Mientras que la vía directa refuerza el programa motor en la corteza cerebral, la otra vía, la indirecta, lo frena. De esta forma, los ganglios basales albergan al mismo tiempo una red que lleva a la acción y otra que indica que más vale parar. Solo cuando se impone la primera es cuando se lleva a cabo una acción.

Calakos y sus colaboradores han descubierto en fecha reciente que los hábitos dejan un rastro en los ganglios basales. Los investigadores entrenaron a una serie de ratones para que accionaran una pequeña palanca, acción por la que recibían una golosina. Al cabo de seis días, pusieron a libre disposición de los roedores una gran cantidad de golosinas. «De esta forma desvalorizamos para los ratones el hecho de pulsar la palanca», explica Calakos. A pesar de que los individuos ya no necesitaban realizar esa acción, muchos de ellos seguían apretando la palanca: habían desarrollado un hábito.

Tras el experimento, estudiaron los ganglios basales en los cortes cerebrales de los animales. Mediante impulsos eléctricos estimularon la corteza cerebral. Con una técnica de microscopía de fluorescencia midieron, de forma simultánea, la actividad neuronal en la red que estimulaba la acción, así como en la que la inhibía. Según comprobaron, cuanto más establecido se hallaba el hábito en el ratón, con mayor rapidez reaccionaban las neuronas de la vía directa. En cambio, la actividad en la vía indirecta permanecía invariable. Al parecer, la ventaja temporal de la primera vía supone la base neurológica para que el hábito se establezca.

Según estos hallazgos, cuando tenemos la costumbre de tomar una taza de café por la mañana, se pone en marcha la vía rápida del plan de estimulación: no tenemos que pensar en cómo hacerlo, ya que la conducta sucede de forma automática. No obstante, todavía no está claro si los resultados de Calakos pueden aplicarse a los humanos. Suponiendo que sea así, ¿cuál es la diferencia entre beber un café y encenderse un cigarrillo? Desde el punto de vista neurológico ¿qué distingue una conducta adictiva de un hábito?

«El sistema de recompensa del cerebro segrega el neurotransmisor dopamina ante una recompensa inesperada. Ello acontece en el núcleo accumbens, estructura que forma parte de los ganglios basales», explica Christian Lüscher, de la Universidad de Ginebra. Y añade: «El núcleo accumbens integra informaciones procedentes de muchas regiones del cerebro, entre ellas, las responsables del miedo o las que codifican la posición del propio cuerpo en el espacio». Esas informaciones determinan si se impone la vía directa o la indirecta; dicho de otro modo, si el acto se ejecuta o no.

«Si un acto del cual no se espera nada a cambio lleva consigo una recompensa inesperada, la señal de dopamina en el núcleo accumbens modula la transmisión sináptica a las neuronas de la vía directa y de la vía indirecta», continúa Lüscher. Diversos estudios apoyan sus palabras: un nivel de dopamina elevado en el núcleo accumbens activa la vía directa y frena la indirecta.

Con ello, una señal dopamínica procedente del sistema de recompensa influye en el valor que el núcleo accumbens atribuye al acto que se realiza en ese momento. De esta forma, dicha área de los ganglios basales determina si una acción es un hábito o una adicción.

Una vez se ha adquirido la costumbre de recibir una recompensa, desaparece la señal dopamínica. La acción permanece como un simple hábito sin pasar a convertirse en una adicción. «La característica definitoria de una droga que crea adicción es que mantiene artificialmente la señal de recompensa», indica Lüscher. Las sustancias adictivas inundan de dopamina el núcleo accumbens y otras regiones del sistema de recompensa durante solo un par de minutos (cuando se fuma un cigarrillo) o durante varias horas (en el consumo de drogas «duras», como la cocaína o la heroína). En este último caso, se corre el riesgo de que el hábito se convierta en adicción.

Otro estudio del grupo de Lüscher publicado en 2015 demuestra la fuerza que puede ejercer el efecto de la señal dopaminérgica. Como en el experimento de Calakos, los investigadores entrenaron a ratones para que accionaran una palanca, pero en lugar de una golosina, los animales, a los que había insertado un implante en el cerebro, recibían un pequeño estímulo en su sistema de recompensa. Al pulsar la palanca, el dispositivo cerebral se activaba, lo que suponía una recompensa para los múridos; semejante al efecto que produce una calada de cigarrillo en el cerebro humano.

Los animales manifestaron una conducta de adicción: apretaban la palanca sin que recibieran a cambio ningún alimento que llevarse a la boca. A diferencia de lo que ocurría con los ratones de Calakos, los roedores del experimento de Lüscher seguían accionando una y otra vez el mando; incluso después de varios días de abstinencia.

Lüscher define la adicción como «una enfermedad aprendida». Según asevera: «En una adicción, el sistema de aprendizaje funciona demasiado bien». Cuando sufri­mos una dependencia, aprendemos mucho más que sim­plemente a sentir los efectos de la recompensa que nos aporta la droga. El contexto también se halla marcado por la señal de la dopamina. Ya en los años setenta, investigaciones de la guerra de Vietnam demostraron que los soldados adictos a la heroína que regresaban de la guerra tenían más probabilidades de librarse de la droga que las personas que permanecían en el ambiente donde se había originado su adicción. En el contexto correspondiente, las áreas cerebrales implicadas esperan un estímulo de recompensa. Si este estímulo no se recibe, se inhibe el sistema de recompensa. En el caso de un hábito, es suficiente con deshacerse de él. En una adicción, sin embargo, la inhibición no resulta suficientemente fuerte, por lo que se instala el ansia por la droga.

En resumen, al beber una taza de café nos ocurre lo mismo que a los ratones de Calakos: el sistema de recompensa no se ve afectado. En cambio, cada vez que fumamos se refuerza la vía de estimulación en los ganglios basales. Cuando Iggy Pop da la primera calada al cigarrillo, le comenta a Waits: «Viejo, te digo una cosa: café y cigarrillos, menuda combinación». 

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