Genética y cultura

Aportación a la conformación de la especie.

THE SECRET OF OUR SUCCESS
How culture is driving human ­evolution, domesticating our ­species and making us smarter
Por Joseph Henrich
Princeton University Press, Princeton, 2016

El hombre es un primate sorprendente. Antes del origen de la agricultura, de las primeras ciudades y de innovaciones industriales, nuestros antepasados se difundieron por todo el globo, de los áridos desiertos de Australia a las frías estepas de Siberia, adaptados a todos los ecosistemas. Y eso, pese a ser mamíferos físicamente débiles, lentos, sin especial habilidad para trepar por los árboles. Cualquier chimpancé adulto nos supera en ello y cualquier felino nos deja muy atrás. Somos bastante malos en la detoxificación de plantas venenosas y no acertamos a distinguir entre plantas comestibles y plantas ponzoñosas. Dependemos de la cocción de los alimentos, aunque nazcamos sin saber encender el fuego. En comparación con otros mamíferos de nuestro tamaño y dieta, poseemos corto el colon, reducido el estómago y, pequeños, los dientes. Nuestros hijos nacen prematuros, con el cráneo sin fusionar del todo. A diferencia de otros primates, las hembras de nuestra especie permanecen sexualmente receptivas a lo largo de su ciclo lunar y entran en menopausia mucho antes de morir.

Y lo más llamativo: no obstante un cerebro poderoso, no somos los individuos brillantes, al menos de nacimien­to, que justifiquen el éxito inmenso de nuestra especie. Somos bastante torpes en estadística, tendemos a generalizar en exceso sobre las causas de las cosas, proclives a acusar con falsedad y a destruir el medio. Los humanos poseen una inteligencia singular, pero no en el sentido en que nosotros solemos concebirla.

Cuando Charles Darwin abordó las fuerzas que impulsaban la evolución humana en su libro The Descent of Man, publicado en 1871, colocó el cambio cultural —bajo las expresiones de tradiciones, costumbres y hábitos heredados— a la par que la evolución orgánica. Para Darwin, los rasgos culturales se adaptan, cambian y se seleccionan. Pero la especulación sobre qué es lo que nos hace humanos y nos aleja del resto del mundo animal ha sido objeto de interés desde los albores del pensamiento. Últimamente ha reclamado la atención creciente de biólogos evolutivos. Por botón de muestra, Wired for culture: Origins of the human social mind, de Mark Pagel, o este The secret of our success, de Joseph Henrich.

Pagel propone que el desarrollo de nuestra capacidad exclusiva de cultura, adquirida hace unos 200.000 años fue el acontecimiento determinante de la evolución del hombre moderno. Defiende la emergencia de un proceso acelerado, que, hace 60.000 años, impulsó a nuestra especie a salir de África en pequeños grupos tribales para ocupar y reconfigurar el entorno en escasas decenas de miles de años. La cultura se erigió en estrategia para la supervivencia. Nuestra capacidad para aprender de los otros, construir nuestros propios conocimientos y transmitirlos, a la par que aplicar nuestra destreza en el desarrollo de la técnica, pudieron ser el rasgo más potente jamás observado para transformar nuevas tierras y nuevos recursos en patrimonio del hombre. Mientras otras especies permanecían confinadas al entorno para el que se encontraban adaptados sus genes, el hombre hizo suyo cualquier ambiente del planeta.

En opinión de Henrich, los humanos han acometido una gran transición; así se califican en biología los pasos en que se combinan formas de vida elementales para dar origen a otras más complejas. Entre los ejemplos clásicos de transición se cita el siguiente: tránsito de moléculas que se replican de manera independiente a paquetes de moléculas (cromosomas) replicantes; también, la transición de diferentes tipos de células simples a células más complejas, donde estos tipos celulares que en otro tiempo fueron células distintas pasaron a desempeñar funciones críticas y constituirse en mutuamente dependientes, como el núcleo y las mitocondrias. En el ámbito de la supervivencia, la dependencia de nuestra especie respecto de la cultura acumulada, de nuestra existencia en grupos cooperadores, de nuestros parientes, de la división del trabajo y de la información, así como respecto de nuestro repertorio de comunicación significa que los humanos comenzaron a satisfacer todas las exigencias que requería una transición biológica principal. Con otras palabras, somos literalmente el comienzo de un nuevo tipo animal.

La profundización en el conocimiento de cómo se produce esa transición altera la forma en que pensamos sobre el origen de nuestra especie, sobre las razones de nuestro imponente éxito ecológico y sobre la singularidad de nuestro lugar en la naturaleza. La nueva interpretación se aparta de la explicación al uso de la inteligencia, fe, innovación, competición entre grupos, instituciones, rituales y diferencias psicológicas entre poblaciones. Reconocer que somos una especie cultural significa que, incluso a corto plazo (cuando los genes aún no han tenido tiempo suficiente para cambiar), las instituciones, técnica y lenguaje coevolucionan con sesgos psicológicos, facultades cognitivas, respuestas emocionales y preferencias. A largo plazo, los genes evolucionan para adaptarse a esos mundos culturalmente construidos; tal ha sido, y sigue siendo, el motor principal de la evolución genética humana.

Ese novedoso planteamiento diverge de la exposición, llamémosla canónica, según la cual habría habido un período largo y aburrido de evolución genética que culminó en una explosión de motivación y creatividad hace 100.000 años. Después de eso, la evolución genética parece detenerse y dejar las riendas a la evolución cultural. De ese modo, la cultura queda separada del cerebro y de la biología, así como de la genética y del test de la historia. El impacto de la inteligencia innata de los humanos queda sobrevalorado. En cambio, los test cognitivos relacionados con el espacio, cantidad y causalidad revelan que los niños de dos años y medio no superan la destreza de los chimpancés. En otro orden, muy a menudo, los exploradores europeos que se perdieron no lograron sobrevivir, allí donde los nativos medran. La singularidad de nuestra especie reside menos en el poder de la mente del individuo que en los cerebros colectivos de nuestras comunidades. Tal es, en resumen, la tesis de Henrich, docente de las universidades Harvard y de Columbia Británica.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.