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Historia del dolor en Occidente

Buena parte de nuestro conocimiento sobre el dolor durante la Edad Media y el Mundo Moderno surge de la ausencia de una ­doctrina unificada y la imposibilidad de aliviar el dolor agudo. A ello se suma la dimensión religiosa y cultural de este sufrimiento humano.

El médico británico William Morton (1819-1868) fue el primero en utilizar éter para aliviar a los pacientes del dolor durante la operación. Corría el año 1846. [BIBLIOTECA WELLCOME, LONDRES]

En síntesis

El dolor se ha representado, definido y experimentado de formas diferentes a lo largo de la historia. También su tratamiento ha variado con el tiempo.

Descartes fue el primero en describir el dolor como un fenómeno de naturaleza psicofísica, es decir, en el que intervenían tanto el cuerpo como la mente.

La introducción de la anestesia a mediados del siglo xviii supuso un antes y un después para la cirugía. En el siglo XIX, el dolor adquirió una nueva dimensión científica y cultural.

En 1970, la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) consideró el dolor como una experiencia al mismo tiempo sensorial y emocional. Esta definición venía a reconocer las dos realidades diferenciadas de este mal: la dimensión meramente biológica, en la medida en que el cuerpo reacciona de manera involuntaria a estímulos lesivos (nocicepción), y la psicológica. Si el dolor consistiera tan solo en una acción automática deberíamos considerarlo un fenómeno nervioso de naturaleza meramente mecánica, cuyo estudio recaería por entero en la ciencia biomédica y su única historia posible sería la que pudiera proporcionar la historia natural de la evolución. Pero las cosas no son tan sencillas.

A comienzos del siglo xx, el neurólogo británico Charles Scott Sherrington (1857-1952) ya entendió que el dolor consistía en algo más que un acto reflejo. Según argumentaba, el sufrimiento físico resulta de una experiencia psicológica ligada a la actividad automática del cuerpo. Del mismo modo que la IASP años después, Sherrington señaló que podía existir nocicepción sin sensación de dolor. Lo primero no equivalía sin más a lo segundo. Al recibir el premio Nobel de medicina en 1932, este fisiólogo inglés se hizo eco de numerosas investigaciones que se habían llevado a cabo en campos diversos de la neurología y de la cirugía y que mostraban que no solo se tenía constancia de multitud de pacientes que mostraban lesiones morfológicas graves sin proferir una sola queja, sino que también podía darse el caso contrario, es decir, enfermos que referían dolor sin presentar una lesión aparente. El desarrollo de la fisiología y de la neurología le dieron la razón.

Pero los estudios clínicos siempre tuvieron que enfrentarse a este «rompecabezas del dolor», como lo denominaron en los años sesenta Patrick Wall (1925-2001) y Ronald Melzack. Estos autores de la teoría de la compuerta, modelo teórico que intentó sobrepasar las limitaciones de los viejos modelos mecánicos, indicaban que existían innumerables pruebas clínicas de pacientes que se quejaban de dolores que carecían de una lesión morfológica clara y, al contrario, también había otras muchas situaciones en donde los afectados no referían ninguna sensación de dolor, a pesar de la gravedad de sus lesiones.

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