La edad de la ilusión

El modo en que percibimos las imágenes ilusorias revela a menudo los cambios cerebrales propios de la edad.

GETTY IMAGES / BERTRAND DEMEE (ojo); ISTOCK (patrón)

El envejecimiento causa cambios importantes en la percepción visual; incluso en las personas sanas que no padecen enfermedades oculares ni demencia. Como resultado, muchos individuos presentan, al envejecer, dificultades para conducir, caminar por terrenos irregulares o bajar las escaleras. En fin, para ejecutar actividades rutinarias. Desafortunadamente, hoy por hoy no se conocen bien los mecanismos implícitos en las deficiencias de percepción asociadas a la edad. De hecho, pocos estudios han investigado las modificaciones perceptivas que experimentamos durante la madurez, sobre todo, a edades avanzadas. Además, escasean las investigaciones que relacionen esos cambios en la función cerebral con los movimientos oculares.

Las ilusiones ópticas, en cambio, han empezado a aportar luz en este terreno todavía por explorar. Ya que sabemos que ciertos mecanismos oculares o cerebrales intervienen en determinadas ilusiones, la alteración de esta percepción con la edad nos puede proporcionar indicios sobre cómo el envejecimiento altera las poblaciones de células cerebrales correspondientes. Estas modificaciones también demuestran que la existencia de ilusiones no es fruto de un accidente o un error evolutivo. Las ilusiones son inherentes a nuestra percepción, y su degradación con los años, que hace que el observador aprecie el mundo de forma más real, sugiere que ciertos aspectos de la percepción ilusoria pueden haber contribuido a nuestra supervivencia. Esta ventaja pierde fuerza a medida que la función cerebral decrece con la llegada de la senectud.

Otro tipo de deficiencias visuales contribuyen a que entendamos la neurodegeneración del cerebro senescente. Pero las ilusiones parecen más relevantes que otros biomarcadores en este sentido, por una sencilla razón: los investigadores de la visión, a la vez que expertos en la percepción ilusoria, de más edad y más veteranía, se percatan de que sus apreciaciones no coinciden con las de los sujetos experimentales más jóvenes. Sufrir dolor de espalda, perder la habilidad de correr un par de kilómetros en diez minutos o tener dificultades para memorizar un número de teléfono es fastidioso. Pero cuando el cerebro no interpreta una ilusión novedosa, la situación resulta desconcertante, sobre todo si eres un científico de la visión y compruebas que para los investigadores más jóvenes esa misma imagen ilusoria resulta fascinante. La clave del problema reside, sin duda, en la mente, por lo que esos neurocientíficos veteranos temen estar perdiendo la suya.

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