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Breve historia ­cultural del olfato

El hedor a descomposición propagaba la peste. El olor corporal caracterizaba a la clase obrera. El incienso acercaba a Dios. El modo en que las personas valoraban los olores revela mucho sobre épocas pasadas.

En el siglo XIX, los ciudadanos que ocupaban una alta posición social se distinguían de la clase trabajadora a partir de sus hábitos higiénicos: a estos últimos se les asociaba con el olor corporal, una característica impropia para la alta burguesía. [AKG IMAGES]

En síntesis

Desde tiempo inmemorial, los humanos percibimos los olores enmarcados en un contexto y les damos un significado. Esto convierte la percepción olfativa en objeto de investigación cada vez más amplio para los historiadores.

En la antigüedad, los olores desagradables y pútridos se consideraban desencadenantes de enfermedades. Por el contrario, los aromas placenteros, como el incienso, se tenían por ­sanadores.

Asimismo, el olor corporal se ha considerado una característica del estatus social a lo largo de la historia. Así, por ejemplo, los esclavos olían peor que las personas libres y los urbanitas mejor que los campesinos.

Incluso cuando no queda nada del pasado después de la muerte de aquellos a quienes conocimos y de la desaparición de las cosas que nos rodeaban, los olores y los sabores flotan tan vivos y evanescentes, tan inconfundibles y fieles, como las almas de las que nos acordamos». Una magdalena mojada en una infusión de flor de tilo un día de invierno despertó en Marcel Proust recuerdos de la infancia y empapó en 1913 su obra En busca del tiempo perdido. «El olor relaciona de manera muy sensitiva el pasado con el ahora», afirma la filósofa y antropóloga Annick Le Guérer. El olfato es un sentido del recuerdo. Sus menciones literarias, así como en los trabajos científicos y documentos oficiales ofrecen a los historiadores la oportunidad de «husmear» en épocas pasadas.

Con todo, esas fuentes ofrecen solo una remota idea del efecto que produciría el fenómeno que describen en las narices actuales. A diferencia de lo que ocurre con las informaciones sobre el color o la forma, en relación a los olores solo tenemos unos patrones muy vagos; además, no está claro si estos permanecen constantes en ámbitos geográficos y épocas diferentes. Lo que en la actualidad nos parece hedor, a las personas de culturas pasadas tal vez no les llamara la atención o incluso podrían percibirlo como agradable. Tampoco los arqueólogos y los naturalistas exponen aquí una información certera. Incluso cuando los químicos analizan los restos de antiguas vasijas que contenían pomadas perfumadas y reconstruyen su contenido, el resultado solo será un matiz del perfume que se elaboró largo tiempo atrás.

En cualquier caso, no debemos tirar el grano con la paja. Informaciones escritas sobre este tema enriquecen las investigaciones históricas, ya que los humanos siempre dotan a los olores de significado y contexto. Este mecanismo es un efecto secundario de nuestra evolución natural: oler a un depredador podía salvar la vida, y las feromonas sexuales fomentaban la conservación de la especie. Este tipo de percepciones son inconscientes y, en gran parte, están biológicamente predeterminadas. Otras interpretaciones las aprendemos a través de la experiencia, como la asociación de una magdalena sumergida en una tila con unas apacibles vacaciones en el campo. Otras más se transmiten a través de la cultura; por ejemplo, la asociación del incienso con una ceremonia religiosa. Estas tres categorías de percepción pueden ampliarse a nuestra conducta social: cuando una persona no puede «ni oler» a alguien, utiliza una vieja tradición que se remonta a tiempos lejanos: los términos en latín odor y odium («olor» y «odio») indicaban el sentimiento de rechazo, repulsa o aversión hacia una persona.

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