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  • Mente y Cerebro
  • Septiembre/Octubre 2013Nº 62
Libros

Reseña

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Teoría de la mente

Lectura de los procesos cerebrales.

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I KNOW WHAT YOU'RE THINKING. BRAIN IMAGING AND MENTAL PRIVACY.
Dirigido por Sarah Richmond, Geraint Rees y Sarah J. L. Edwards. Oxford University Press; Oxford, 2012.

Desde el decenio de los ochenta del siglo pasado, los escáneres de resonancia magnética han cumplido una función importante en medicina al permitir afinar el diagnóstico y mejorar el tratamiento de patologías muy diversas, en particular tumores y lesiones cerebrales. Otros adelantos técnicos más recientes han conferido a los neurocientíficos la posibilidad, insospechada decenios atrás, de iniciar la investigación de los procesos mentales. Un horizonte en el que convergen varias disciplinas y cuya repercusión en el individuo y la sociedad ha desatado un vivísimo debate. En efecto, junto a la expectación que rodea a la posibilidad de que las técnicas de neuroimagen nos permitan leer la mente, existe miedo ante la amenaza que se cierne sobre la forma más excelsa de privacidad desde los estoicos, la de nuestros pensamientos e intenciones. ¿Podríamos perder, por mor de la técnica, nuestra libertad de compartir o no nuestro mundo interior?

La curiosidad sobre el cerebro humano ha caracterizado la ciencia occidental desde su inicio. Prohibida por ley la disección del cadáver humano durante el Imperio Romano, Galeno de Pérgamo se esforzó por sacarle el máximo partido a su investigación sobre animales; demostró que el cerebro controlaba el movimiento muscular. Sin embargo, las hipótesis que se vinieron formulando no podían contrastarse con la experimentación directa. Por eso hubo que esperar a los medios técnicos del siglo xx para poder asomarse a la forma de operar del cerebro. Empezaron entonces a darse pasos decisivos.

Las técnicas de neuroimagen cerebral se dividen en dos grandes grupos: estructurales y funcionales. Son estructurales la tomografía computerizada (CT), la resonancia magnética (MRI) y la morfometría basada en vóxel (VBM). Las técnicas funcionales se dividen, a su vez, en medidas directas de la actividad neural —electroencefalografía (EEG) y magnetoencefalografía (MEG)— y medidas indirectas de la actividad neu­ral: tomografía por emisión de positrones (PET), tomografía computerizada por emisión de un solo fotón (SPECT), resonancia magnética funcional (fMRI), BOLD —fMRI y nueva espectrografía de infrarrojos—. Existen modalidades híbridas de técnicas estructurales y funcionales: PET-CT, MR-PET, fMRI-CT, fMRI-EEG/MEG, PET-SPECT, CT-SPECT.

Por un lado, las técnicas, que nos hablan de las posibilidades reales de observación y manipulación. Por otro, las hipótesis y teorías, que nos permiten sistematizar observaciones dispersas y vertebrarlas en un cuerpo doctrinal neurocientífico. Así, de acuerdo con la hipótesis del cerebro social, el tamaño inusitadamente grande del cerebro humano (en relación con el tamaño corporal) se debe a las capacidades distintivas que presentamos las personas para relacionarnos en el marco de un grupo social estable. Los primates antropoides (simios y grandes simios, humanos incluidos) presentan un cerebro poderoso merced a una expansión desproporcionada de la neocorteza.

El descubrimiento de que partes de la corteza prefrontal son coherentemente activadas por las tareas de la teoría de la mente apoya la hipótesis del cerebro social. La teoría de la mente explica los estados mentales que atribuimos a los demás. Esencia de la hipótesis del cerebro social consiste en que los individuos que viven en grupos estables deben solucionar problemas en un contexto social, más que en un vacío demográfico. Los individuos deben tomar decisiones que respondan y se adapten a las conductas de otros miembros del grupo. En sociedades en las que existen lazos muy estrechos, constituye una ventaja anticiparse a la conducta de otros miembros del grupo y recurrir a estrategias que ofrezcan la mejor respuesta a la decisión tomada por otros.

A lo largo de los últimos 30 años se han sugerido al menos tres variantes de la hipótesis del cerebro social. Por orden cronológico, apareció primero la hipótesis del cerebro maquiavélico, que proponía que una exigencia cognitiva básica en la vida social es la urgida en estrategias de engaño, sobre todo las emprendidas por los otros. La hipótesis de la inteligencia maquiavélica tiende a centrarse en el individuo como un ser en permanente competencia y lucha con otros miembros de la especie, más que en la cooperación con otros congéneres.

La segunda variante de la hipótesis del cerebro social se centraba en la naturaleza de grupos sociales. Sostenía que la cognición, en los primates, se ordenaba a privilegiar la integración social. Se sugería que el tamaño del grupo social podría ir vinculado al del tamaño relativo de la neocorteza; esa relación debería hallarse, a su vez, apuntalada por diferencias en estilos conductuales sociales afiliativos (en oposición a competitivos). La tercera variante primaba la función del aprendizaje social, con un énfasis particular en los beneficios que se pueden obtener de la transmisión social del conocimiento ecológico y habilidades de forrajeo. El contraste entre la segunda y la tercera versión gira en torno a si las amenazas externas (la predación, por ejemplo) constituyen los factores principales que limitan la capacidad de supervivencia.

El primer paso decisivo hacia la cognición social es alcanzar una idea de uno mismo. No resulta fácil determinar de qué modo un individuo se percibe a sí mismo. Suele recurrirse al experimento de la mirada ante el espejo: solo aquel que tiene idea de sí mismo puede reconocerse en el espejo, lo que a su vez implica un sentido de autoconciencia y una etapa, por tanto, en la dirección de una cognición social más compleja. En los humanos, el autorreconocimiento en el espejo comienza entre los 18 y los 24 meses. Pero el autorreconocimiento pudiera no ser la cuestión central. De hecho, en los humanos, la teoría de la mente y otras competencias cognitivas sociales de similar tenor emergen mucho más tarde, a los cuatro o cinco años.

Importa recordar que la teoría de la mente constituye una intencionalidad de segundo orden. Los órdenes de intencionalidad forman una jerarquía reflexiva natural de estados de creencia: la intencionalidad de primer orden manifiesta nuestra capacidad de forjarnos ideas y opiniones sobre el mundo (el individuo X cree que p). La intencionalidad de segundo orden es la capacidad de tener creencias sobre las creencias de otros individuos (X cree que Y cree que p). La intencionalidad de tercer orden es la capacidad de tener creencias sobre las creencias de otro individuo acerca de las creencias de un tercer individuo, etcétera. No parece que los grandes simios posean intencionalidad de segundo orden. Sería esta un privilegio del hombre.

¿Qué parte del cerebro cabe asociar a la cognición social?Aunque existen todavía lagunas importantes sobre la conexión entre neurofisiología, neuroanatomía y conducta, podemos ahora identificar regiones con funciones cognitivas sociales específicas. De manera singular, la técnica de resonancia magnética funcional ha cumplido un papel clave a la hora de identificar redes de regiones cerebrales que son cruciales para la teoría de la mente. Una revisión reciente de 40 trabajos sobre teoría de la mente, realizados mediante técnicas de neuroimagen, identificaron la corteza prefrontal medial y la corteza orbitofrontal, la unión temporoparietal, la corteza cingulada anterior y el surco temporal superior como las regiones del cerebro más sistemáticamente activadas. A gran distancia, en muchos menos casos, se reflejaba también la activación de la amígdala y la ínsula. Sin embargo, las regiones del cerebro no actúan aisladas. Por eso se han propuesto dos redes. Habría, en primer lugar, una red de control ejecutivo, que incluiría la corteza prefrontal dorsolateral y las áreas parietales; en segundo lugar, habría una red emocional, que abarcaría la corteza insular anterior y la corteza cingulada anterior, la amígdala y el hipotálamo. En ambas redes se incluirían pequeñas regiones de la corteza insular anterior y la corteza prefrontal medial, lo que sugiere un fuerte lazo entre emoción y cognición.

La IRMf constituye de momento la única técnica no invasiva disponible que nos permite medir la actividad cerebral con una elevada resolución espacial sin tener que acudir a técnicas quirúrgicas invasivas. Merced a dicha resolución, podemos extraer información de agregados de neuronas que cifran los contenidos pormenorizados de los pensamientos de una persona. Combinada la IRMf con técnicas estadísticas de reconocimiento de pautas, se han dado pasos importantes en la lectura del cerebro. Un procedimiento típico de lectura cerebral ajeno comienza por medir las pautas de actividad cerebral que se produce cuando una persona tiene un pensamiento específico. Hay un computador preparado para reconocer las pautas de actividad cerebral asociadas con pensamientos prototípicos, o «prototipos». Para ello posee algoritmos de reconocimiento de pautas. Por su parte, el llamado método de correlación recurre a asociaciones independientemente establecidas a partir de determinado estado de neuroimagen (N1) con determinado tipo de estado mental (M1) en una población P; de ese modo, declara que un miembro particular de P se encuentra probablemente en el estado mental M1, dado que el individuo se halla en el estado N1 de neuroimagen.

Los avances en resonancia magnética funcional, capaz de detectar respuestas neurales fiables en tiempo real, han abierto un ámbito enteramente nuevo de investigación clínica en pacientes potencialmente terminales, pues se basa en la posibilidad de decodificar pensamientos e intenciones a partir de la pauta de actividad observada en el cerebro. En los últimos años, las mejoras en cuidados intensivos nos ha llevado a un aumento en el número de pacientes que sobreviven a una grave lesión cerebral. Aunque algunos individuos logran recuperarse, muchos no lo consiguen y algunos terminan en un estado vegetativo. Un concepto central en esta última condición es la idea de estado de vigilia sin conciencia, de acuerdo con el cual las personas en estado vegetativo han perdido todo signo de consciencia, pese a presentar signos de hallarse en estado vígil.

 

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