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1 de Septiembre de 2015
Psicología infantil

Efectos negativos de la educación severa

Los niños con padres exigentes o «tigre» presentan más dificultades para adaptarse a las adversidades, incluso de adultos.

AP PHOTO / LYNNE CAMERON

En estos tiempos, la fórmula hacia el éxito resulta como una regresión infinita: una carrera profesional fructífera presupone haber cursado en una universidad de excelencia, lo que a su vez exige haber triunfado en un buen colegio tanto en secundaria como en preescolar. En este contexto, parece que la responsabilidad de los padres consiste en presionar y exigir. Mas ¿debemos animar a nuestros niños mediante tiernas alabanzas o, por el contrario, acicatearles con la estrategia asiática de la «madre tigresa» basada en críticas y castigos?

Investigaciones recientes señalan que los progenitores que abruman a sus hijos con ásperas reprimendas pueden también estarles cargando de ansiedades, las cuales tal vez duren toda la vida. En una encuesta publicada el pasado noviembre, los investigadores recopilaron recuerdos de infancia de más de 4000 adultos de todas las edades y los correlacionaron con la valoración subjetiva que sobre su salud mental manifestaban los encuestados. Los resultados sugirieron que a los sujetos con padres autoritarios les resultaba más difícil adaptarse a las adversidades a lo largo de la vida.

Según un trabajo reciente de Greg Hajcak Proudfit, psicólogo clínico en la Universidad Stony Brook, una educación parental punitiva produce efectos poderosos y duraderos porque con ella se entrena al cerebro infantil a enfatizar los errores.

Cuando erramos, nuestra corteza prefrontal medial (alojada detrás del centro de la frente) genera un patrón de señales eléctricas predictible, conocido como negatividad asociada a error (NAE). Se cree que a través de esta respuesta nuestro cerebro nos vuelve a encarrilar para que no cometamos nuevos fallos por descuido. Existen pruebas de que la genética puede explicar variaciones de la NAE entre individuos, pero el trabajo de Proudfit indica que también entra en juego la exposición a críticas ásperas.

Mediante un estudio longitudinal efectuado en colaboración con Alex Meyer, por entonces su estudiante, Proudfit midió la negatividad asociada a error de cerca de 300 niños a la edad de tres y seis años mientras resolvían rompecabezas en compañía de sus respectivos progenitores. Observaron que las interacciones entre padre e hijo variaban dentro de una escala que la mayoría de las personas consideraría normal: ninguno de los adultos insultó ni agredió a su vástago. Los investigadores calificaron a los progenitores según el grado de control que ejercían (si intervenían enseguida que el niño cometía un error) y lo cariñosos que se mostraban al corregir a su hijo.

Por otro lado, pidieron a los padres que explicaran sus estrategias de ayuda o corrección con el fin de averiguar si eran más proclives a animar al niño o a corregirle con acritud cuando se equivocaba. Constataron que existía un grupo de progenitores punitivos, estrictos en su control y poco cariñosos, es decir, que usaban un estilo educativo crítico y hostil.

En esos casos (tanto si los propios padres habían confesado un estilo punitivo como si los investigadores lo habían observado), la NAE de los probandos se mostraba más intensa al cabo de tres años. Los niños con padres estrictos, además de una negatividad asociada al error elevada, presentaban mayor probabilidad de acusar signos de un trastorno de ansiedad en una exploración posterior.

Según Proudfit, los niños expuestos a críticas aprenden a internalizar la enmienda parental hasta que la NAE, respuesta cerebral que por lo común supone una señal de precaución conveniente, se convierte en un desencadenante de ansiedad.

«Evidentemente, todos cometemos errores», explica Proudfit. «Pero si uno se castiga a sí mismo o se culpa de los propios errores más que el compañero de pupitre, tal vez ese sea el camino que lleve a un posible trastorno de ansiedad.»

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