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1 de Septiembre de 2015
Historia de la neurociencia

Francis Crick y la sede de la consciencia

Considerado, por su influjo, el Darwin del siglo XX, Francis Crick, codescubridor con James Watson de la estructura helicoidal del ADN, se propuso resolver otro problema capital de la biología: dónde se aloja la sede cerebral de la mente consciente.

En síntesis

Francis Crick, una de las figuras más emblemáticas de la biología del siglo XX, fue científico hasta el final. En 2004, horas antes de su muerte, daba los últimos retoques a un trabajo de revisión sobre el claustro y la consciencia.

Recibió el premio Nobel de fisiología y medicina de 1962, compartido con James Watson y Maurice Wilkins, por sus descubrimientos relativos al ADN.

Consagró sus últimos 25 años de vida a la investigación de la consciencia. Su punto de apoyo y modelo era estrictamente anatómico: la consciencia se aloja en el claustro, sostenía.

De la existencia de una estrecha relación entre cerebro y consciencia se percató ya el mismo Hipócrates. En el cerebro situaba el origen de nuestras alegrías y tristezas, de nuestro dolor y de nuestra pena. Desde entonces, se han venido sucediendo numerosas hipótesis, unas complementarias, otras contrapuestas, sobre la naturaleza real de esa vinculación. Sin duda, el esfuerzo más ambicioso en nuestro tiempo se lo debemos a Francis Crick y su modelo del claustro.

Francis Harry Compton Crick fue un eximio biólogo molecular. Junto con James Watson de­sentrañó la estructura en doble hélice del ADN en 1953. «Por sus descubrimientos relativos a la estructura molecular de los ácidos nucleicos y significación en la transferencia de información de la materia viva» recibió el premio Nobel de fisiología y medicina de 1962, compartido con Watson y Maurice Wilkins. Desempeñó un papel decisivo en el desciframiento del código genético y acuñó la expresión «dogma central» de la biología para resaltar la centralidad de la idea de que la información genética fluía en las células en una dirección, del ADN al ARN, y de este a las proteínas. Menos conocida fue su otra gran pasión, a la que dedicó el último tercio de su vida: la neurociencia; la consciencia, en particular.

Crick nació el 8 de junio de 1916 en Weston Favell, población cercana a Northampton. De niño dio muestras de una curiosidad insaciable. Su abuelo paterno, Walter Drawbridge Crick, naturalista y autor de una revisión de los foraminíferos, mantuvo correspondencia con Charles Darwin. En su imaginación infantil, Crick temía, a los diez años, llegar tarde a la ciencia, cuando ya no quedara nada por descubrir. «No te preocupes, Ducky [apelativo familiar de Francis], quedan muchas cosas que te están esperando», le consolaba su madre. Se divertía aprendiendo a soplar vidrio, fabricando seda artificial y preparando impresiones fotográficas. A los 14 años se trasladó al Colegio Mill Hill de Londres, donde estudió matemática, física y química. Recibió un premio de química en 1933, que atribuyó a la calidad de la enseñanza impartida en ese centro. Pero su falta de preparación en latín le cerró las puertas de Cambridge. En 1937 se graduó en física y en matemática en el Colegio Universitario de Londres.

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