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1 de Septiembre de 2015
Reseña

La condición humana

Cuestiones centrales sobre la naturaleza y conducta del hombre.

BEING HUMAN. BRIDGING THE GAP BETWEEN THE SCIENCES OF BODY AND MIND
Por Gerhard Medicus. VWB-Verlag für Wissenschaft und Bildung, Berlín, 2015.


¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿En qué se distingue del resto de los organismos? ¿Qué vinculación existe entre el cuerpo y la mente? ¿De qué modo se interrelacionan las ciencias del cuerpo y las de la mente? Medio siglo atrás, el hiato entre la investigación científica del hombre y la lucubración psicológica y filosófica parecía insalvable. Hasta que Konrad Lorenz introdujo la etología humana que Niko Tinbergen asentó en la senda firme de la ciencia. Hitos de ese camino fueron Human ethology, de Irenäus Eibl-Eibesfeldt, y On human nature y, sobre todo, Sociobiology, de Edward O. Wilson.

Being human reelabora las clases impartidas por Gerhard Medicus en la Universidad de Innsbruck a lo largo del último cuarto de siglo. El autor ha trabajado en una estructura básica, una matriz de la investigación interdisciplinar sobre el hombre, que pudiera servir de plataforma para todas las ciencias humanas. Otros autores han empleado la expresión «tabla periódica de las ciencias humanas» para caracterizar esta epistemología evolutiva e indicar que, lo mismo que la tabla periódica de los elementos, es un modelo de arriba abajo que se despliega en consideraciones teórico-analíticas. Medicus tuvo por maestro a Rupert Riedl, en el Instituto de Zoología de la Universidad de Viena. Colaboró luego con Irenäus Eibl-Eibesfeldt y Wulf Schiefenhövel en la Sociedad Max Planck en Andelech. A esos trabajos sumó viajes de estudio sobre etología humana a Nueva Guinea, Seram, Namibia, Burkina Faso y Vanuatu.

Al abordar nuestra naturaleza, lo primero que se advierte es el parentesco con los primates. Lo ratifican la primatología, paleoantropología y genética. Esa afinidad sistemática se había reconocido antes de que se desarrollara la teoría de la evolución. Linneo, por ejemplo, clasificó en el mismo género que el hombre a los chimpancés (Homo troglodytes). La comparación entre animales y humanos cubre todos los niveles de la biología: químico, fisiológico, celular, conductual, etcétera. Sin eludir el dominio de las emociones y el pensamiento, incluida de manera muy particular la teoría de la vinculación. Recuérdese, a este respecto, que la investigación farmacológica extrapola los efectos esperados sobre los humanos a partir de lo observado en modelos animales. Por lo común, la importancia de determinados descubrimientos para la medicina se incrementa con el grado de parentesco entre las especies animales de experimentación y el hombre; por ese motivo, los resultados de una investigación realizada sobre monos son más significativos que los resultados de otra investigación realizada sobre ratas o palomas.

Una regla similar se aplica en la comparación de la conducta, con una capa añadida de complejidad: para la interpretación de las pautas de similaridad, resulta de gran utilidad, imprescindible a menudo, el conocimiento sobre homologías, analogías y filogenia conductual. Aunque, en rigor, la conducta desplegada por una especie animal no puede atribuirse directa o indiscriminadamente a humanos. Ni es válido inferir la funcionalidad de un carácter de una especie animal a partir de otra, aun cuando ambas especies guarden estrecho parentesco. En el mejor de los casos, la conducta observada debe ser considerada solo una sugerencia o una hipótesis de trabajo para ulteriores investigaciones sobre humanos.

Como señaló en 1962 Thomas Kuhn, mientras los defensores de una postura paradigmática oficial se hallan instalados en el epicentro de la disciplina, las nuevas ideas llegan del exterior. Los planteamientos que estas sugieren se toman a menudo como violaciones de las fronteras legítimas y, por tanto, condenados; pero son necesarios para el progreso de la ciencia. La ciencia del hombre recibe influencias de fuentes externas: biología evolutiva, etología humana, medicina, artes y humanidades. Los humanos somos animales que hemos evolucionado a partir de antepasados que no eran humanos. Se llama sociedad fundadora, o grupo originario, a la constituida por los antepasados de todos los humanos modernos, que vivieron hace entre 100.000 y 200.000 años. Es hipótesis entre los etólogos que esos humanos primigenios desplegaban todo el espectro de caracteres mentales y conductuales, que se designan como universales. Y, en cuanto tales, aparecen encarnados en todos los grupos étnicos contemporáneos.

Nuestro diseño corporal, así como las capacidades que dimanan del mismo, muestran que somos un tipo único de animal, un tipo único de primate, con caracteres distintivos. De entre estos destacan dos: la postura erecta y un cerebro grande. El bipedismo potestativo entre los primates fue una condición filogenética previa para el bipedismo humano habitual. El sentido, bien desarrollado, del equilibrio de nuestros antepasados arbóreos constituyó una condición previa evolutiva ventajosa para un bipedismo incipiente. Somos la única especie de vertebrados de marcha bípeda y postura erecta. Las aves son bípedas, pero su esqueleto es horizontal (con la excepción de los pingüinos); el bipedismo de los canguros carece de postura erecta. Ambos, postura erecta y marcha bípeda, entrañan otros cambios anatómicos (en el esqueleto, cadera, pies, etcétera).

En los mamíferos, el volumen cerebral suele ser proporcional al tamaño corporal. Con relación a la masa corporal, los humanos tienen el cerebro más grande. El cerebro del chimpancé alcanza un volumen aproximado de 300 centímetros cúbicos; el de un gorila, ligeramente mayor. El humano triplica de lejos esa cifra, con un volumen entre 1300 cm3 y 1400 cm3, y es, además, mucho más complejo. La corteza cerebral, donde se procesan las funciones cognitivas, es, en los humanos, proporcionalmente mayor que el resto del cerebro.

Otras diferencias anatómicas conspicuas comprenden la reducción del tamaño de la mandíbula y los dientes, así como la remodelación del rostro, reducción del vello en el cuerpo, cambios en la piel y glándulas de la dermis, modificación del tracto vocal y laringe con implicaciones importantes para el lenguaje hablado, pulgar oponible que permite una manipulación precisa de los objetos y ovulación críptica. No menos importantes que las diferencias anatómicas entre el hombre y el resto del mundo animal son las disparidades en funciones y conducta, como individuos y como grupo social.

Merced a sus poderosas facultades intelectuales, únicas, los humanos clasifican los objetos en grupos o tipos, piensan, razonan y se forman imágenes de realidades que no están presentes. Se anticipan a acontecimientos futuros y planifican actos venideros. Rasgos funcionales distintivos son la consciencia de sí mismo y la de la muerte. O los asociados a la cultura, que podemos entenderla como el conjunto de actividades y creaciones humanas no estrictamente biológicas. Abarca instituciones sociales y políticas, maneras de hacer las cosas, tradiciones éticas y religiosas, lenguaje, sentido común y conocimiento científico, arte y literatura, tecnología y, en general, todas las creaciones de la mente humana. La creación de cultura trajo consigo la evolución cultural, un modo superorgánico de evolución superimpuesto sobre el modo orgánico, que se ha convertido, en los últimos milenios, en el modo dominante de evolución humana.

Los humanos viven en grupos socialmente organizados. También viven así otros primates. Pero sus sociedades no alcanzan la complejidad de la organización social humana. En The descent of man, and selection in relation to sex, publicado en 1871, declaraba Charles Darwin su adhesión a la tesis de que la diferencia más importante entre el hombre y los animales era la presencia de sentido moral o consciencia.

Según Lorenz, los humanos están especializados en no ser especializados. Pueden recorrer kilómetros sin ayuda técnica con carga de transporte, reptar por cuevas, nadar durante horas, sumergirse a 10 metros de profundidad, trepar por árboles y paredes rocosas. Ningún animal puede igualar ese conjunto de actividades a un tiempo. Mucho menos puede igualarse a su capacidad para el lenguaje y la reflexión.

Lorenz y Tinbergen avanzaron un modelo teórico conocido por «las cuatro cuestiones centrales de la investigación biológica». Se trata de cuatro categorías clave de referencia para un marco integrador: causalidad, ontogenia, valor adaptativo y filogenia, cuyos dominios se encuentran estrechamente entrelazados. En el lenguaje de la biología, la causalidad y la ontogenia son causas próximas, porque afectan de forma directa al individuo. El valor adaptativo y la filogenia fueron denominados «causas últimas» porque pueden explicar de qué modo entraron en acción las ventajas adaptativas y qué invenciones adaptativas se han reunido en nuestro organismo. Visto desde esta perspectiva, la biología es una ciencia histórica: el presente se explica a través del pasado. Esas cuestiones revisten una importancia crucial para la vida de todos los organismos.

El concepto de causalidad remite a la maquinaria biopsicológica y explora las relaciones de causa a efecto en los organismos. La investigación etológica se ocupa de la causalidad para estudiar las secuencias de la conducta. ¿Qué procesos fisiológicos y endocrinos provocan la ira y qué centros del cerebro intervienen? ¿Qué constelaciones (en términos psicológicos) dan origen a esa emoción, qué señales emitimos a los demás y, en un sentido más amplio de causalidad, qué bucles sociales retroalimentados se activan en interacción con los demás? Por último, ¿qué consecuencias comportan esa conducta? La relación causal entre hormonas y conducta ofrece a menudo explicaciones útiles.

El concepto de ontogenia concierne a las etapas que jalonan el proceso de maduración durante la infancia. El foco se pone sobre las relaciones de causa a efecto del desarrollo del organismo, desde el cigoto hasta la muerte. La cuestión sobre el origen ontogénico de la conducta cubre las fases de desarrollo interno y el impacto de las condiciones ambientales sobre el desarrollo. El hecho de que determinadas conductas humanas emerjan casi siempre o maduren por la misma etapa de la vida se explica por determinantes genéticos.

El concepto de valor adaptativo aparece en planteamientos como el siguiente: ¿Con qué fin se encuentran una conducta particular, una percepción o un procesamiento emocional y mental involucrados en nuestro yo biopsicosocial? ¿Con qué objetivo se transmiten genéticamente y se conforman epigenéticamente los mecanismos de regulación interna estimulados y modificados por los procesos de aprendizaje? La respuesta, avanzada por Darwin, señala que tales características son más adaptativas, o menos adaptativas, y, por consiguiente, determinan la capacidad de supervivencia del individuo. Esa es la moneda de cambio de la vida, que se expresa en la eficacia biológica.

El concepto de filogenia nos revela que los rasgos de las formas complejas de vida no aparecen prácticamente nunca de novo. La cuestión de la filogenia se ocupa de la especificidad de los caracteres que han evolucionado. Para Darwin, la evolución de las especies durante la historia filogenética acontece durante los procesos de mutación y selección. Darwin hablaba de variación y selección. Los variantes, o mutantes, se crean como resultado de mutaciones aleatorias y recombinación. La selección prima o rechaza los variantes a través del número de descendientes. Numerosos caracteres que surgieron de tales procesos persistieron en el curso de la historia filogenética. En sentido filogenético, cada organismo consta de muchos caracteres adquiridos con anterioridad. Enunciado que lo mismo se aplica a los caracteres anatómicos que a las facultades conductuales. Cada especie posee un número increíblemente grande de elementos físicos, químicos, fisiológicos y biológicos, así como cadenas reguladoras que se desarrollaron ya en formas de vida filogenéticamente más antiguas. Los humanos poseen un número sorprendente de esos elementos singulares en común con formas primitivas de vida. Existen bloques de construcción antiguos para nuestra capacidad de hablar, una capacidad que durante largo tiempo fue considerada un rasgo exclusivamente humano sin precursores en el reino animal. La huella de tales precursores constituye un reto fascinante en biología evolutiva comparada.

Los descubrimientos de los primatólogos aportan nuevas perspectivas para la reconstrucción de la historia evolutiva del lenguaje, la cognición compleja y otras facultades humanas. Baste con recordar la inteligencia práctica de los cuervos de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides), que no solo se sirven de útiles, sino que los fabrican: doblan un alambre y forman un gancho para extraer alimento que se encuentra dentro de un tubo de cristal. Delfines, ballenas y otros mamíferos nos ayudan a entender de qué modo, en el proceso de filogenia, los humanos fueron adquiriendo capacidades cognitivas.

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