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1 de Septiembre de 2015
Reseña

Sentimientos y emociones

Modelo homeostático de conciencia.

HOW DO YOU FEEL? AN INTEROCEPTIVE MOMENT WITH YOUR NEUROBIOLOGICAL SELF
Por A. D. (Bud) Craig. Princeton University Press; Princeton, 2015.

Los sentimientos, en la tesis central de How do you feel?, representan pautas de actividad cerebral que indican emociones, intenciones y pensamientos. La integración de esos patrones viene instada por las necesidades energéticas del cerebro homínido. Ocupa un papel esencial la corteza insular, el lugar donde la interocepción, o el procesamiento de los estímulos corporales, genera los sentimientos. El autor afirma inspirarse en la lejana filosofía de William James. (En 1884, James publicó su trabajo original sobre las emociones. Carl Lange abundó en la misma orientación. El núcleo central de esa concepción es que nuestros sentimientos emocionales son generados por la conducta emocional y el programa autónomo que se inicia en el cerebro y el cuerpo en respuesta a una percepción. Sentimos miedo cuando el oso se nos acerca porque nuestro corazón late aceleradamente, sus pupilas se dilatan y queremos poner tierra por medio. Pero la tesis no explicaba los sentimientos emocionales generados cognitivamente.)

Para sostener ese modelo, Craig no ahorra pruebas empíricas, extraídas del ámbito de la neurociencia, la psicología y la psiquiatría, muchas de ellas recabadas en sus propias investigaciones. Hace unos 200 millones de años empezó la evolución de los mamíferos; hace unos 53 millones aparecieron los primates. En el tiempo transcurrido se fueron creando vías nerviosas finamente organizadas que mantenían de manera fiable la salud del cuerpo y facilitaban la supervivencia y el progreso del individuo y de la especie. Esas vías neurales se reproducen en el cerebro de cada individuo en el curso de su desarrollo. Nuestro cerebro es como nuestro rostro. Cada uno es diferente, pero presenta numerosas estructuras constantes. Muchos de los fenómenos psicológicos que reputamos independientes y separados (metabolismo, emoción, estrés, dolor o percepción del tiempo) se hallan unidos en la vía de la consciencia interoceptiva que origina en los humanos el sentimiento de hallarse vivo, sentimientos perceptivos muy intensos y una imagen subjetiva del yo sentiente a través del tiempo. Resulta significativo que donde otros autores ponen correlato neural, Craig prefiera emplear la expresión sustrato neural.

Cuando miramos introspectivamente en nuestro interior, en nuestra mente, podemos preguntarnos de dónde proceden los propios sentimientos. ¿Podemos explicar el sentimiento de mirar una manzana que hay en la mesa? Si se nos pide que movamos el dedo índice, ¿podemos describir el flujo de sentimientos a medida que observamos el movimiento del dedo? ¿Podemos afirmar quién está moviendo el dedo y quién lo está mirando? A la frase de Descartes, pienso, luego existo, el autor la sustituye por «siento, luego existo» o más propiamente «siento que existo». Somos criaturas cuya conducta está guiada por emociones que van acompañadas de sentimientos que son los que me dan la auténtica referencia de mi yo.

Todos compartimos una misma noción de sentimiento, basada en buena medida en lo aprendido. Lo mismo que sabemos a qué color pertenece el término rojo, asociamos la palabra caliente con una sensación procedente de nuestros dedos. La palabra colérico la asociamos con un comportamiento airado. Cada individuo posee un acceso exclusivo a sus propios sentimientos subjetivos, pero todos compartimos una común interpretación de los sentimientos que se basa en el lenguaje, la cultura y la empatía. En el núcleo de nuestra interpretación común de los sentimientos y las emociones encontramos un conjunto de conductas específicas y expresiones faciales que son transculturales y biológicamente características de nuestra especie.

Pero no existe una definición unívoca de sentimiento. Existen sensaciones vinculadas a los órganos de los sentidos: el del tacto, cuán suave o áspero es un objeto (sensaciones táctiles). El sentimiento es algo más hondo y complejo. Los sentimientos emocionales son menos tangibles y más efímeros. Al preguntar cómo nos sentimos, nos estamos refiriendo a un doble significado. En primer lugar, los sentimientos que proceden de nuestro cuerpo («me duele el brazo» o «mi pierna siente frío»). En segundo lugar, hay sentimientos afectivos que relacionan nuestro talante, disposiciones y emociones («me siento alegre» o «me siento triste»). A los sentimientos afectivos solemos recurrir para contestar cómo nos sentimos («me siento angustiado» o «me siento bien hoy»).

Los sentimientos que experimentamos en nuestro cuerpo (calor, frío, dolor muscular, hambre, etcétera) son elementos de una representación neural de la condición fisiológica de nuestro cuerpo. Esa actividad sensorial es necesaria, en primer lugar, para la homeostasis, el proceso que mantiene la salud. De ahí la conveniencia de emplear el término interocepción para designar la representación sensorial de la condición del cuerpo, extendiéndolo para abarcar todos los tejidos del cuerpo. Craig ha demostrado que se basan directamente en la integración interoceptiva en la corteza insular, estructura de la que en 2013 ya se habían publicado más de 35.000 artículos. Los sustratos neurales que sustancializan los sentimientos corporales aportan también la base de nuestra consciencia subjetiva de los sentimientos emocionales y sociales (placer, ansiedad, confianza y enojo). Tomados en su conjunto, estos resultados suministran un fundamento sólido para las ideas ya conocidas sobre la incorporación de la consciencia emocional; en particular, prestan respaldo a la teoría de la emoción formulada por James-Lange y sus refinamientos contemporáneos (la hipótesis del marcador somático y la teoría de la autopercepción). Por otro lado, el concepto y principios de la homeostasis son esenciales para la tesis de Craig.

¿Qué es la homeostasis? El fisiólogo Walter Cannon acuñó dicho término y elaboró el concepto con inteligentes experimentos que recoge su obra The wisdom of body (1932). Para Craig, la homeostasis es un proceso continuo que comprende un conjunto de funciones organizadas, dinámicamente interactivas, que mantienen un equilibrio óptimo en el cuerpo a través de todas las condiciones y en todo momento. Los efectores de homeostasis comprenden funciones neurales, endocrinas y conductuales que son cumplidas por mecanismos interactivos y distribuidos por todo el cuerpo y diversas zonas del cerebro.

Los sentimientos del cuerpo son los primordiales. Representan aspectos de su naturaleza física: hambre, sed, calor, agotamiento, etcétera. Tales sentimientos que indican una condición corporal son la base de lo que podemos denominar el yo material, lo que en la bibliografía alemana del siglo xix se denominaba Gemeingefühl («sensación común»). Existe una maravillosa revisión de esa bibliografía escrita por el neurofisiólogo Charles S. Sherrington, titulada «Cutaneous sensations», en Schäffer’s textbook of physiology (1900). En su análisis final, Sherrington, que había recibido el premio Nobel de 1932 por sus trabajos sobre el sistema motor y la espina dorsal, descartó, sin embargo, la realidad de una sensación común.

Fue el mismo Sherrington quien acuñó el término interocepción. Se refería a las sensaciones procedentes del interior del cuerpo, en particular de las vísceras. Distinguía conceptualmente entre interocep­ción y exterocepción (inputs sensoriales activados desde el exterior del cuerpo), propiocepción (inputs sensoriales que se relacionan con la posición de las extremidades), telorrecepción (inputs sensoriales activados desde la distancia; por ejemplo, visión y audición), quimiorrecepción (gusto y olfato), termorrecepción (temperatura) y nocicepción (inputs sensoriales activados por estímulos físicamente lesivos y amenazadores, que causan reflejos motores específicos que Sherrington midió). Categorizó la nocicepción y la ter­morrecepción junto con el sentido del tacto como aspectos de la exterocepción. A esas tres las consideraba sensaciones cutáneas discriminantes.

Como Sherrington, la mayoría de los autores que le precedieron supusieron que las sensaciones procedentes de la piel eran inputs sensoriales exteroceptivos, activados desde el exterior del cuerpo. Para Craig, sin embargo, la mayoría de los receptores sensoriales de la piel que tienen fibras de pequeño diámetro (o axones) y los cuerpos celulares señalan la condición del propio tejido. La piel constituye el órgano mayor del cuerpo; cumple funciones de interés para la homeostasis, el proceso continuo que mantiene la salud del cuerpo. Así, la piel resulta determinante para el agua y el equilibrio electrolítico, termorregulación y producción de vitamina D. En idéntica onda, la actividad sensorial de pequeño tamaño procedente del músculo señala la carga de trabajo (el consumo de energía), las concentraciones de metabolitos y la dimensión vascular, además de condiciones físicas como la distorsión mecánica y la temperatura.

El principio homeostático de utilización óptima de la energía está en la base de la integración neural que produce sentimientos interoceptivos, consciencia subjetiva y asimetría prosencefálica de la emoción. El éxito evolutivo de cada organismo viviente depende de la utilización eficiente de la energía. La presión evolutiva hacia una optimización neural interoceptiva se reforzó con el incremento en la proporción de gasto energético del cerebro (aproximadamente un 25 por ciento en los adultos y un 60 por ciento en los infantes). En este modelo, la integración progresiva de toda la actividad neural —para alcanzar la eficiencia energética óptima en el control de las emociones y la conducta— culmina en una representación completa de proyección homeostática como sentimientos intensos que cambian sin cesar a cada instante. Con el paso del tiempo se van incorporando nuevas unidades de almacenamiento; se genera una representación cinemascópica del yo sentiente, del «yo material». Este constructo revela unas características emergentes notables. Ofrece explicaciones de instancias psicológicas (momento perceptivo, por ejemplo), conceptos filosóficos (subjetividad) y síndromes clínicos (trastorno de ansiedad).

Si me detengo un momento y reflexiono sobre los sentimientos que experimento en este instante, reparo en que me embargan multitud de sentimientos: interacciones recientes con los demás, el paseo por la colina y los planes para el fin de semana, sentimientos recurrentes sobre mis objetivos actuales, sobre las ideas que quiero compartir con los amigos. Experimento sentimientos que no guardan relación con el pasado ni con el futuro, sino con el presente inmediato. Tengo sentimientos sobre esta habitación y su iluminación, sentimientos que proceden de diferentes partes de mi cuerpo, sentimientos afectivos o emocionales, sentimientos de humor, en cambio constante y que lo colorean todo. Los sentimientos emocionales se extienden a lo largo de diversas escalas temporales y pueden ser ocasionales, intensos o abrumadores.

Igual que el input sensorial procedente de las vísceras, los de pequeño tamaño procedentes de la piel y del músculo (y de todos los demás tejidos del cuerpo, incluidos los huesos) aportan el flujo constante de información sensorial requerida para el control homeostático de los cambios continuos en flujo sanguíneo y respiración, es decir, el control de la musculatura lisa. Por el contrario, las fibras sensoriales procedentes de la piel que tienen axones grandes y cuerpos celulares indican el contacto mecánico con estímulos externos (presión, velocidad, extensión, vibración y frecuencia). Las fibras sensoriales procedentes del músculo y articulaciones señalan cambios en fuerza, longitud y posición, cambios importantes todos ellos para guiar los movimientos producidos por la musculatura estriada. Esa distinción fundamental explica la presencia de dos vías anatómicas completamente separadas de ascenso en la actividad sensorial: la vía columna dorsal, lemnisca-medial y la vía espinotalámica. También explica la presencia de dos regiones morfológicamente separables que procesan de manera dispar los inputs sensoriales de pequeño tamaño y los sensoriales de gran tamaño. En ambos casos, la primera sirve para la exterocepción y la segunda para la interocepción.

Para Craig, la ampliación del término interocepción para abarcar el input sensorial de pequeño tamaño, procedente del cuerpo entero comprende la idea de sensación común. Y en este marco conceptual, la nocicepción y la termorrecepción son aspectos de la interocepción, no de la exterocepción, porque reflejan aspectos de la condición fisiológica del cuerpo transportada por fibras sensoriales pequeñas y la vía espinotalámica hasta la corteza interoceptiva. Los procesos corticales que nos permiten sentir los sentimientos interoceptivos de la condición corporal aportan también la base de nuestra percepción de los sentimientos emocionales, sociales y otros. La corteza insular anterior es el lugar esencial de nuestra consciencia de sentimientos. La vía sensorial de la interoceptiva aporta el sustrato de los sentimientos afectivos y de las emociones que experimentamos. A la consciencia corporal se le denomina interoceptiva. En breve, un sentimiento es un constructo interoceptivo que el cerebro emplea para representar los costes y beneficios energéticos globales de cualquier conducta emocional, real o potencial. Se trata de la expresión máxima de una evaluación homeostática.

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