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1 de Enero de 2017
Ilusiones

Sombreado revelador

La detección de formas y profundidades a partir de las sombras revela ciertas reglas primigenias que rigen nuestra visión del entorno.

La percepción del mundo nos resulta tan natural que no le concedemos importancia. Consideremos, sin embargo, lo que supone observar la escena visual más sencilla. Nuestros globos oculares reciben tan solo un par de imágenes diminutas e invertidas; nosotros vemos un mundo tridimensional íntegro y sin rupturas. Este fenómeno, como ha afirmado el neuropsicólogo y especialista en la percepción Richard Gregory, «roza el milagro».

En la práctica, el cerebro recurre a cierto número de claves para llevar a cabo este «milagroso» proceso. Entre ellas se cuentan la oclusión (si una parte de B está cubierta por A, A tiene que estar por delante), la paralaje de movimiento (los objetos cercanos al observador parecen moverse más rápido que los distantes) y el discernimiento de formas por el sombreado, tema principal de este artículo. El sombreado, lejos de ser un mero artificio en arte para crear la sensación de profundidad, constituye una poderosa fuente de información sobre la organización espacial del mundo que nos rodea. Esta información se extrae mediante un compacto conjunto de sencillas reglas, que hemos investigado en el laboratorio.

Dentro de nuestro campo científico, la percepción, nos interesan las presunciones inconscientes que hacemos sobre el mundo y el modo en que el cerebro se vale de tales presunciones para pronosticar lo que va a encontrar en él. Con este propósito, trabajamos en paralelo con otros científicos de la visión: Heinrich H. Bülthoff, del Instituto Max Planck de Cibernética Biológica de Tubinga; Daniel J. Kersten, de la Universidad de Minnesota; James Todd, de la estatal de Ohio; y Patrick Caanagh, de Harvard. Aspiramos a desentrañar, entre todos, las reglas perceptivas que resuelven las ambigüedades de interpretación en las formas deducidas de la gradación de sombras, así como explorar las etapas del procesamiento cognitivo correspondientes. Tales investigaciones podrían arrojar luz sobre las «reglas» que el cerebro aplica en la percepción del entorno, muchas de las cuales reflejan nuestra historia evolutiva.

Las reglas fundamentales del sombreado

Consideremos un simple círculo, sombreado con un gradiente de gris, que induce a pensar que un lado se halla iluminado, y su opuesto, a la sombra (1). Por lo general, una ilustración así es vista como una esfera o una bola iluminada desde la izquierda, pero con un pequeño esfuerzo mental podemos concebirla como una cavidad iluminada desde la derecha. Esta demostración desvela la primera regla sobre formas y sombreado: ceteris paribus, la forma convexa es preferible. Es posible que esta preferencia se deba a que los objetos que encontramos en la naturaleza suelen ser convexos. Una criatura que hubiese evolucionado en Venus, donde no hay objetos sólidos, no acusaría esta preferencia.

Examinemos ahora la ilustración 2, y observaremos algo extraño: si la hilera superior es vista como una fila de esferas, tendemos a ver cavidades en la inferior. Y recíprocamente. Esta observación revela la regla de unicidad de la fuente de luz: al interpretar imágenes sombreadas, el cerebro da por supuesto que toda la escena se halla iluminada por una sola fuente luminosa. Nunca se juzgará que las dos filas son prominencias iluminadas desde lados opuestos. Este prejuicio concreto tiene razón de ser, pues nuestro planeta recibe la luz de un solo sol.

Dirija ahora la mirada a la imagen 3a. Observe que, invariablemente, los discos que son de tono claro en la parte superior se nos antojan esferas, mientras que los que son claros en su parte baja parecen cavidades. Se manifiesta de esta manera el tercer principio: el cerebro supone que, además de existir una sola fuente de luz, esta debe brillar desde arriba (porque el sol ilumina desde lo alto, no desde abajo). El físico escocés David Brewster (1781-1868) observó este sesgo de la percepción hace más de cien años, mientras contemplaba camafeos iluminados desde varios lados. El efecto se amplifica de modo considerable al ser muchos los discos sombreados, lo que desnuda la ilusión y la muestra prístina.

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La percepción no supone la fiel transmisión de la imagen retiniana hasta las áreas visuales del cerebro. El proceso resulta más complejo. Ya al comienzo del procesamiento visual, ciertas neuronas extraen de la imagen diferentes atributos antes de activar una cascada de acontecimientos que culmina en el acto final de percepción. Estos llamados rasgos elementales, entre los que se encuentran los bordes (sobre todo su orientación), el movimiento y el color se extraen pronto, probablemente en el área 17, la primera región de la corteza cerebral que se ocupa del procesamiento visual. Otros rasgos complejos, como las expresiones faciales, son procesados mucho más tardíamente.

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Una peculiaridad de los rasgos elementales reside en la segregación en grupos claramente diferenciados, incluso si están entremezclados. La mayoría de las personas que observa la imagen 3a, por ejemplo, logra agrupar las esferas sin esfuerzo y segregarlas de las cavidades. Pero no es así en 3b. Esta comparación hace pensar que el sombreado —pero no la mera variación de intensidad luminosa (luminancia) a través de los discos— constituye un rasgo elemental que el cerebro extrae con prontitud en el curso del procesamiento. De hecho, un equipo de investigadores de la Universidad de Ontario Occidental confirmó en 1997 nuestra hipótesis, es decir, la extracción precoz del sombreado, mediante la medición por resonancia magnética funcional de la actividad cerebral de seis observadores.

Mas ¿cómo logra el cerebro ensamblar los diferentes indicios de profundidad para elaborar una representación holística y tridimensional del mundo? Como ya hemos explicado, son muchas las fuentes de información sobre profundidad, por lo que parece razonable que el cerebro maneje inicialmente por separado cada uno de estos rasgos. ¿Será posible que las señales procedentes de las diferentes indicaciones converjan hacia un «mapa maestro» de profundidades a más elevado nivel cerebral?

Podemos ver la respuesta en 4. Incluso en una inspección superficial, resulta obvio que la segregación es vigorosa en 4b, pero mucho menos vívida en 4a. En otras palabras: en 4b resulta mucho más fácil percibir distintos planos de discos convexos o cóncavos. En 4a, los trazos horizontales finos cruzan por delante de las esferas, pero lo hacen por detrás de las cavidades: nos da la impresión de algo erróneo, porque esperamos que las cavidades (cóncavas) tendrían que estar por detrás de las esferas convexas. Lo que revelan estas ilustraciones es que nuestro cerebro, al combinar indicios para elaborar una realidad tridimensional, busca la coherencia entre elementos. De no ser así, no apreciaríamos esta disonancia.

La pregunta siguiente reza: ¿cómo «sabe» el sistema visual desde dónde llega la luz? Para despejar esta incógnita hemos creado «gusanos» verticales (5a), los cuales siempre ofrecen un aspecto carnoso, nunca cóncavo. Los simples discos sombreados, sin embargo, son más ambiguos, pues, como ya hemos establecido, los vemos convexos o cóncavos según se conciba su iluminación. Al dispersar estos discos entre los gusanos (5b), los discos tienden a parecernos convexos, porque los gusanos dan a entender que la luz proviene de la izquierda. (En la parte izquierda de esta demostración, el sombreado de los discos hace pensar que son cóncavos). Por consiguiente, el cerebro se sirve de la presencia de objetos no ambiguos (nuestros gusanos) para descifrar de dónde procede la luz e interpretar después los detalles más ambiguos de una imagen.

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Formas y sombras

La muestra siguiente (6a y 6b) ofrece una prueba más de la limitación implícita en la presunción de que la fuente de luz es única. Esta vez usaremos sombras, no gradaciones de sombreado. En 6a, lo que inicialmente vemos como fragmentos negros repartidos al azar no tarda en cristalizar en letras de molde, con volumen. En 6b, en cambio, resulta más difícil percibir que esas mismas letras tengan volumen, porque unas están iluminadas desde abajo y la izquierda, y otras, desde arriba y la derecha. Lo dicho es cierto aunque seamos capaces, cognitivamente, de inferir las letras una por una. La diferencia resulta especialmente clara si los grupos de letras son vistos de forma holística. El efecto también se intensifica si se inclina cualquier borde de la hoja más de 60 grados.

En la ilustración anterior, las letras llevan adosada su sombra, que cae sobre el propio objeto. Nos ocupamos ahora de un recurso que pintores y diseñadores gráficos aplican intuitivamente: las sombras proyectadas desvinculadas de su fuente (7a y 7b). Nuestra próxima pregunta será: ¿qué grado de inteligencia poseen los sistemas en que se funda el cerebro para determinar la profundidad a partir de las sombras?

Empecemos señalando que las sombras con penumbras (sombras con bordes difusos) son más realistas que las de bordes nítidos (7b). El fisiólogo alemán Ewald Hering (1834-1918) hizo esta observación en el siglo xix. Aunque la sombra se halla en 7a y en 7b a una misma distancia del cuadrado, los cuadrados con sombras difuminadas parecen encontrarse más cercanos al observador que los de sombras nítidas.

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En la ilustración siguiente se aprecia la importancia de la distancia entre el cuadrado y su sombra (compárense 8a y 8b). Las sombras pueden señalar no solo la presencia, sino también la magnitud de la profundidad. No obstante, deja de ser así cuando la sombra se halla completamente desligada del objeto (8c). Aunque esta situación se da en el mundo real, no acontece con la frecuencia suficiente para que se incorpore, como regla empírica, en el procesamiento visual.

Cuando los sistemas yerran

Por refinada que sea nuestra percepción, presenta límites. Observamos que la forma de una sombra no inhibe nuestra capacidad para vincular el objeto con su sombra (9). El sistema es listo, pero no lo bastante inteligente. Una investigación más completa podría revelar límites a esta tolerancia en las discrepancias entre una sombra y su fuente.

Otro ejemplo de nuestras limitaciones perceptivas surge al observar que ciertas reglas pueden derrocar a otras. Además de las limitaciones de tener una única fuente de luz que viene de arriba, existe la presunción, más débil, de que un disco solitario y sombreado sigue siendo convexo incluso iluminado desde abajo (en lugar de una cavidad iluminada desde arriba). Tal efecto destaca en el caso de varios discos: la mayoría de los probandos ingenuos, por lo general, los ven como un cúmulo de esferas (10a).

Pero si se inserta en medio de los discos una única esfera iluminada desde arriba (10b), los otros discos se convierten sin dilación en cavidades a causa del nuevo dato que ha introducido esa esfera. Este cambio aporta un ejemplo llamativo de cómo una única pista, suficientemente vigorosa, puede vetar el efecto de una multitud de señales ambiguas.

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La ilustración siguiente permite apreciar la importancia de la atención en la interpretación de la fuente de luz. Si clavamos la mirada en la «X» que aparece dibujada en el centro de la imagen 11, y centramos la atención sobre el grupo círculos de la derecha, veremos que se trata de esferas (iluminadas desde abajo). En cambio, si dejamos que nuestra atención incluya el círculo solitario de la izquierda, el conjunto de elementos empieza, de forma inmediata, a parecernos una agrupación de cavidades. Este fenómeno nos lleva a la conclusión de que la regla de unicidad de la fuente luminosa se aplica, no a la totalidad del campo visual, sino solo a la porción que abarca la ventana de atención.

Otros indicios de profundidad permiten descubrir nuevas formas de poner a prueba nuestra inteligencia perceptiva. Aunque distintos canales neurales procesen diferentes aspectos de la imagen (el color y el sombreado), ya en los inicios del procesamiento visual, estos rasgos acabarán siendo ensamblados y formarán un objeto o acontecimiento coherente. Nosotros hemos comenzado a explorar cómo interactúan las diferentes fuentes de información.

En fecha reciente investigamos la interacción entre sombreado y movimiento. Con ese objetivo creamos una animación con dos marcos o «fotogramas» (12a). En el fotograma 1 de la secuencia presentamos de forma simultánea una esfera y una cavidad; en el marco 2, la esfera y la cavidad se hallaban en disposición inversa. En nuestra demostración, ambos fotogramas aparecían, uno tras otro, sucediéndose sin cesar. En teoría, la presentación podía percibirse, al menos, de tres formas:

1. Dos discos planos y sombreados, con inversión de la polaridad (dirección) de luminancia.

2. Una esfera estática que se transforma en una cavidad a la izquierda, mientras que, a la derecha, una cavidad se convierte en una esfera.

3. Esfera y cavidad van intercambiando sus puestos.

Dos terceras partes de nuestros 15 probandos vieron algo totalmente diferente e inesperado: una única bola que saltaba de izquierda a derecha ocupaba y vaciaba dos cavidades estacionarias que aparecían como telón de fondo. En el experimento de control, en el que no se utilizaban sombras en gradiente (12a, paneles de la derecha) no se apreciaba dicho movimiento. El ensayo demuestra que el sistema visual, incluso al inicio del procesamiento, exhibe un conocimiento sorprendentemente refinado sobre objetos en movimiento: en el mundo real las cavidades son estáticas, y las bolas o esferas sí pueden moverse.

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Dicha representación cambia si se invierte la luz en uno de los discos, pero no en el otro (12b). Esta vez se observa que el disco de la izquierda parece «latir», hacia dentro y fuera, como si pulsara entre esfera y cavidad. El cerebro está dispuesto a aceptar la deformación de la esfera en beneficio de la regla de fuente única de luz.

Por otra parte, si no hay iluminación cenital, el sistema visual revierte a la regla de fuente luminosa única, como vemos en la ilustración 13. Aquí, la mitad de los discos se hallan sombreados de izquierda a derecha, y la otra mitad, de derecha a izquierda.

Pídale a una persona que sostenga la página vertical en relación con la gravedad (como haría casi todo el mundo para leerla) mientras usted tuerce la cabeza 90 grados, de manera que quede en posición paralela al suelo. Descubrirá que la mitad de los discos (los del lado izquierdo) se transforman súbita y espectacularmente en esferas, y los demás, en cavidades. De este modo, «luz desde arriba» se refiere con relación a la cabeza, no al mundo.

Aunque usted, en cuanto observador consciente, sabe que el sol sigue estando allá arriba, su sistema visual, que funciona en piloto automático, lo ignora. Presume, en cambio, que el sol sigue estando en lo alto —como si lo tuviera pegado a la cabeza—, incluso cuando inclinamos la testa, probablemente porque nuestros antepasados no iban por ahí apoyándola en el hombro con tal frecuencia que se hicieran necesarios mecanismos correctores por retroalimentación vestibular. El precio a cambio es la vulnerabilidad a falsas interpretaciones: cabe la posibilidad de que sus antepasados viesen naranjas cóncavas al inclinar casualmente la cabeza. Pero mientras las personas sobrevivieran lo suficiente para engendrar progenie, tal hecho no tendría importancia en términos evolutivos.

¿Qué tal le va al cerebro con estos atajos? El objetivo de la evolución es adecuación, no optimización; y los científicos que trabajan en inteligencia artificial, robótica y visión computarizada harían bien en seguir los pasos de la naturaleza. Como indicó en su día Francis Crick: «Dios es un hacker».

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Las ilusiones que aquí presentamos tienen consecuencias para aspectos de la visión más allá de la percepción de profundidad. Nuestros estudios demuestran el modo en que percibimos la claridad y el brillo. Comparemos en la imagen 14 el trío de discos sombreados de izquierda a derecha con las tres esferas con iluminación cenital. A pesar de que estas formas son físicamente idénticas, es probable que se aprecie mayor contraste en el grupo con iluminación de izquierda a derecha. Percibimos una diferencia porque, dada la regla de iluminación desde lo alto, las esferas con iluminación cenital parecen sobresalir más, y el sistema visual asigna la parte de intensidad luminosa a la curvatura superficial. En el caso de los discos sombreados de izquierda a derecha, el cerebro atribuye la diferencia de luminancia a la superficie misma, un principio llamado reflectancia. Esta demostración ayuda a explicar el fenómeno de que veamos la escarpa del gradiente de luminancia; esto es, el contraste percibido de brillo desde un lado a otro de un disco.

En fin, con ayuda de estas demostraciones, podemos jugar a Sherlock Holmes para desvelar misterios de la percepción.

 

 

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