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Una cuestión de cultura

La dotación genética influye en nuestro comportamiento. No obstante, el ambiente cultural condiciona la forma en que se produce esa influencia. Ello explica que unas mismas variantes génicas produzcan efectos contrarios en asiáticos y europeos.

Los japoneses se caracterizan por su autocontrol. La expresión de las emociones no goza de buena reputación en las culturas de Asia Oriental. [ISTOCK / JOAN VICENT CANTO ROIG]

En síntesis

En los países industrializados de Occidente predomina una concepción «independiente» de uno mismo: todo gira en torno al individuo autónomo. Sin embargo, en las culturas «interdependientes» de Asia, la atención se centra en la comunidad.

Determinadas variantes génicas potencian un comportamiento adaptado a la cultura predominante. De esta manera, genes idénticos pueden dar lugar a maneras de pensar contrarias en culturas diferentes.

Los conocimientos de la neurociencia cultural también resultan relevantes para la medicina: algunos psicofármacos afectan de manera diferente a pacientes de círculos culturales distintos.

Qué nos influye más, la genética o el ambiente? La respuesta parece clara desde hace años: tanto una como el otro marcan nuestra percepción, nuestros pensamientos y sentimientos. Sin embargo, hay un factor que se ha pasado por alto durante todo ese tiempo: la cultura. A lo largo de milenios se han establecido culturas con costumbres, modales, valores y modos de pensar distintos. Estas diferencias y particularidades se abordan en numerosos estudios antropológicos y psicológicos. A menudo, la atención de estos trabajos se centra en el contraste entre las culturas occidentales («independientes») de Europa o Estados Unidos, por un lado, y las culturas asiáticas orientales («interdependientes») de Japón, China o Corea, por el otro.

Estas diferencias culturales también se plasman en las funciones cerebrales. En 2014, Shihui Han y Yina Ma, de la Universidad de Pekín, evaluaron 35 estudios en los que, mediante resonancia magnética, se había analizado la actividad cerebral de probandos de culturas distintas. Confirmaron que las personas de Asia Oriental presentaban una mayor actividad neuronal en las regiones cerebrales que se ocupan de los estímulos sociales y en las que participan en el autocontrol y la regulación de los sentimientos. Entre las personas de círculos culturales occidentales, por el contrario, detectaron una actividad más intensa en las áreas cerebrales más importantes para la consciencia de uno mismo.

¿Cuál es el papel de los factores hereditarios en este proceso? Hace mucho que los investigadores saben que los genes y el ambiente interactúan. En este punto se centran la mayoría de los estudios que se ocupan de la «interacción genotipo-ambiente» ante experiencias personales negativas, entre ellas, el estrés o los traumas. La depresión constituye un ejemplo clásico. Los portadores de un determinado gen de riesgo reaccionan al estrés de manera intensa y, en circunstancias agobiantes, tienden a la depresión [véase «Psicología genética», por Turhan Canli; Mente y Cerebro n.o 29, 2008].

Heejung Kim, psicóloga de la Universidad de California en Santa Barbara, concentra su investigación en la interacción genotipo-cultura. De acuerdo con su teoría, además de variantes génicas que aumentan la vulnerabilidad ante factores ambientales estresantes, existen variantes que sensibilizan ante diferencias culturales. Por tanto, las personas con determinadas constelaciones génicas se adaptan con firmeza a su correspondiente cultura. Si viven en Asia, su manera de pensar, su gestión de los sentimientos o su concepto de sí mismos resultarán típicos de Extremo Oriente. En Europa o en Estados Unidos, por el contrario, representarán de forma clásica el estilo de vida occidental. Según esta idea, determinadas variantes génicas darían lugar a patrones de conducta opuestos en función del ambiente.

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