Prótesis neurales

Reseña del libro de Walter Glannon Neural prosthetics. Neuroscientific and philosophical aspects of changing the brain (Oxford University Press, 2021)

Hay, repartidos por el mundo entero, millones de personas que sufren déficits sensoriales, motores y cognitivos causados por lesiones cerebrales, amputación de extremidades, neurodegeneración y trastornos neuropsiquiátricos. Sin tratamiento eficaz, pues ni existen fármacos indicados ni sirve la opción quirúrgica. Felizmente contamos con prótesis neurales. Internas unas, implantadas en el cerebro, externas otras, pueden derivar, modular, complementar o sustituir las áreas dañadas o disfuncionales. Todas las prótesis influyen en el sistema nervioso central. Los mecanismos protésicos soslayan déficits, restablecen en cierto grado la independencia funcional y mejoran la calidad de vida del paciente; además reflejan el estado actual y las perspectivas de futuro de una neurociencia interactiva.

El autor se desenvuelve desde una doble óptica, neurocientífica y filosófica. La vertiente neurocientífica se centra en las prótesis neurales y su capacidad para restaurar facultades neurológicas, mentales y físicas que se han resentido, si no perdido, por un traumatismo o enfermedad. La vertiente moral, o filosófica, atiende a los problemas éticos y legales que entrañan el beneficio, o el daño en su caso, causado por las prótesis; en particular, la investigación básica y ensayos clínicos a que se someten los pacientes. Ahondando más, las cuestiones éticas presuponen cuestiones metafísicas del tipo de la relación mente-cerebro, identidad personal, causación mental y toma de decisiones. Si se consigue la recuperación de funciones motoras y cognitivas en pacientes con problemas neurológicos, significa que las prótesis neurales devuelven capacidad de idear y ejecutar planes de acción, es decir, pueden restablecer la capacidad de control de la conducta y la autonomía de acción, que constituyen el apoyo de juicios normativos sobre la actuación.

Las prótesis auditivas y visuales permiten que, respectivamente, las personas con sordera profunda y ceguera grave adquieran o recuperen algún grado de audición o visión. Los implantes cocleares envían señales a la corteza auditiva para así permitir que el sordo profundo pueda oír. Cierto tipo de prótesis visual, que permite que el ciego vea, se implanta en la corteza visual; otro se implanta en la retina. El éxito de esos mecanismos depende de su eficaz interacción con las neuronas conservadas y de su activación de las vías neurales del sistema auditivo y del sistema visual. También depende de cómo el sujeto responde y se ajusta a los cambios de la sordera a la audición y de la ceguera a la visión. Mejoran siempre su capacidad para navegar en el entorno físico y social, si bien los resultados varían de acuerdo con las personas y habrá que contar con factores psíquicos y físicos, amén de los neurológicos.

La estimulación cerebral profunda modula la actividad nerviosa a través de la activación de electrodos implantados en diferentes regiones cerebrales; por ejemplo, la hiperactividad eléctrica de la corteza para reducir la incidencia de ataques epilépticos o prevenirlos. Se trata de una técnica, en permanente desarrollo, que recupera una consciencia que los pacientes poseen en grado mínimo. De los resultados obtenidos hasta hoy se desprende que la estimulación del tálamo central induce la regeneración axonal, potencia la comunicación tálamocortical y córticocortical y obtiene un rendimiento mayor en capacidad motora y cognitiva. La estimulación cerebral profunda modula también un sistema de recuperación disfuncional en las personas con adicciones y un circuito fronto-límbico disfuncional en personas agresivas; según su objetivo y frecuencia, mejora la recuperación de memoria episódica y semántica y debilita o borra la memoria traumática.

Al regular los mecanismos excitadores e inhibidores en la depresión y en otros trastornos, la estimulación cerebral profunda capacita a los individuos afectados para volver a tomar el control de su propia conducta Los sistemas de estimulación cerebral profunda pueden prescindir de cables, con la fuente, frecuencia y duración de la estimulación eléctrica ínsitas en un solo implante cerebral. Por su parte, la interfaz cerebrocomputador dota a los pacientes parapléjicos de capacidad de movimientos físicos y de facultad comunicativa. Se expresa en la capacidad de mover el cursor del ordenador, las prótesis de extremidades o los brazos robóticos, así como en la capacidad de seleccionar letras y palabras de una tableta. Plenamente implantada dentro de la corteza motora, la interfaz permite que los pacientes adquieran algún grado de actividad y de independencia funcional. Pero las interfaces basadas en electroencefalografía o electrocorticografía, que consisten en implantes epidurales o subdurales, pueden realizar las mismas acciones. En otras palabras, el resultado motor de una interfaz es una extensión artificial de áreas motoras del cerebro cuya función ha cesado.

La estimulación de la médula espinal, reanimación de las extremidades y la reinervación muscular pueden restablecer las conexiones entre el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico y posibilitar que algunos con parálisis puedan pasear; podría restablecer también la capacidad de alcanzar y agarrar objetos, así como la experiencia del tacto. Además, la estimulación de la médula espinal podría restablecer funciones del sistema nervioso autónomo que esté lesionado. Las prótesis en el hipocampo pueden sustituir en parte o totalmente regiones dañadas del cerebro y regular la capacidad de cifrar y recuperar memorias declarativas. Lo mismo que en las prótesis auditivas y visuales, el grado de beneficio que puede obtenerse de esas extremidades biónicas o implantes cerebrales para el aparato sensoriomotor y el sistema cognitivo depende del grado de integración en el cerebro. Depende también del ajuste psicológico de tales prótesis.

Mediante el restablecimiento de las conexiones entre el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico, los implantes restauran la capacidad de alcanzar y agarrar objetos, así como recuperar la sensación del tacto. La estimulación del implante en la médula espinal restablece la información corticoespinal hacia las extremidades en la parálisis y la capacidad de movimiento y deambulación. La estimulación eléctrica puede generar también la mielinización de los oligodendrocitos en la médula y promover una recuperación del daño sufrido. Estas y otras prótesis neurales, dentro y fuera del cerebro, pueden incrementar la independencia funcional y mejorar la calidad de vida. Las técnicas de neuroestimulación progresan. Recientes son la técnica de ultrasonidos focalizados de alta intensidad y la optogenética que pueden modular funciones cerebrales profundas, pensamiento y movimientos mediante, sin implantes. Estos sistemas evitarían los riesgos asociados a la cirugía intracraneana, instalación del implante y biocompatibilidad.

La seguridad y eficacia de los diferentes implantes cerebrales dependen de la biocompatibilidad de los electrodos con el tejido neural y de cómo se organiza este en respuesta a aquellos. La implantación de electrodos o microelectrodos en el cerebro entraña riesgo de infección, derrame e inflamación del tejido nervioso. Puesto que muchas prótesis neurales se encuentran todavía en fase experimental y la técnica no para de refinarse, todo debate sobre sus implicaciones neurocientíficas y filosóficas deben considerarse hipotéticas en buena medida.

El autor reparte sus preferencias éticas entre el consecuencialismo y la deontología. Diríase que desconoce la fuerza de la renovación de la ética de la ley natural, aristotélica, que está emergiendo como la genuina moral objetiva, más allá de los intereses personales y del subjetivismo. Tesis central de consecuencialismo es que la rectitud moral, o bondad, de un acto depende de los resultados de mismo. Propone sin más que, al considerar los aspectos morales de las prótesis neurales, las razones deontológicas deben cotejarse con las razones consecuencialistas.

Entienden las teorías consecuencialistas que el valor moral de las acciones y las normas de conducta dependen de las consecuencias que acarreen. Son teorías teleológicas, finalistas, en el sentido de que el valor moral de los actos y estados de los asuntos no es nada intrínseco a ellos mismos, sino que depende de su promoción de un telos externo. Ese fin, que confiere valor a los actos y estados, es considerado en sí mismo como algo intrínsecamente bueno y, en cuanto bueno, deseable por sí mismo. Ejemplos de finalidad son la felicidad, el bienestar y la satisfacción de intereses generales, o la felicidad y satisfacción de intereses egoístas.

La forma más influyente de consecuencialismo es el utilitarismo. Toma éste diferentes formas. A tenor del utilitarismo clásico, desarrollado por Jeremy Bentham (1784-1832) y John Stuart Mill (1806-1873), el fundamento de la moral, el principio en que la moral se basa, es el principio de utilidad, al que Bentham denominó principio de la máxima felicidad. Postula este que la rectitud de los actos depende de su tendencia a promover la felicidad, término que, en la concepción de Bentham y Mill, designa placer o ausencia de dolor. Con el tiempo, los autores han venido articulando distintos conceptos de utilidad: satisfacción de los deseos y preferencias o intereses; de esa manera separaban el utilitarismo del mero hedonismo de los primeros representantes.

Prominentes utilitaristas fueron también Henry Sidgwick, G. E. Moore y Hare. Cualquiera que sea su concepción de la utilidad, comparten todos los utilitaristas la idea de que el juicio moral de los actos y prácticas humanas, organización de la sociedad y demás depende de las consecuencias, de los resultaos. La utilidad (felicidad o bienestar) emerge como fin último de la conducta, lo único que es bueno en sí mismo y cuya maximización constituye fuente de obligación moral. Cualquiera otra consideración, la virtud por ejemplo, solo es buena en cuanto medio, en el sentido de que contribuye a la maximización de la utilidad.

La deontología, doctrina moral que propone que la bondad o maldad de un acto o norma vienen determinadas por el derecho, necesidades e intereses de las personas entendidas como fin en sí mismas. Estas propiedades personales entrañan obligaciones o restricciones en el actuar, o en su inhibición, cuando repercuten en otros. La rectitud moral y el bien están determinados por normas pertinentes. La ética deontológica se contrapone a la ética consecuencialista, que hace depender el valor moral de las consecuencias derivadas de la acción del agente. El arquetipo de ética deontológica es la filosofía moral de Kant. La ley moral, en el kantismo, es una ley que los humanos deben establecer de manera autónoma para sí mismos. Al cumplir con nuestra obligación, no nos sentimos atados por nada externo, sino que estamos expresando en su plenitud nuestra propia esencia y libertad.

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