Un ejecutivo adicto al sexo

Brillante director de empresa y padre de tres hijos, Carlos guarda un oscuro secreto que lo corroe: su adicción al sexo. Incapaz de frenar sus impulsos, su vida se está derrumbando

[iSTOCK/ TOMAZI]

En síntesis

Carlos, de 46 años, lleva mucho tiempo consumiendo alcohol y drogas. Sin embargo, es otro problema el que le devora desde dentro: es adicto al sexo.

Esta adicción hace estragos en su vida profesional y personal. Destruye su imagen e incluso pone en peligro su salud.

La psicoterapia le ayuda a entender las cuatro fases del ciclo adictivo y a aceptar y controlar sus deseos para recuperar una vida casi normal.

«Como ve, doctor, soy un hombre que lucha contra unos demonios que no se limitan al alcohol y a las drogas. Pero ahora quiero enfrentarme a ellos. Me siento preparado. Además, ya no tengo elección. Necesito su ayuda.» Con estas palabras terminaba el mensaje que encontré una mañana en el correo electrónico de mi consulta. Su remitente, un tal Carlos, lo había enviado cerca de las tres de la madrugada. Le propuse una cita telefónica, la cual el interesado nunca podía atender por falta de tiempo. Finalmente, nos conocimos dos semanas después. Al terminar el día —su apretada agenda no le permitía venir antes— se presentó en mi consulta. Llegó puntual. Sin detenerse en la sala de espera, entró directamente a mi despacho. Se tomó tiempo para escudriñar y explorar el lugar. Parecía barrer minuciosamente la habitación con la mirada, como si estuviera buscando algo. Al fin, se paró delante de un gran cuadro blanco que decora la pared de mi despacho: representa una especie de espiral enrollada en el espacio. A continuación, ante mi biblioteca, se fijó en el título de una obra que trata sobre las adicciones del comportamiento. Sin decir palabra, tomó asiento.

Puntual, elegante y perfeccionista, pero frágil

El atuendo de ese hombre (traje gris, chaleco, camisa blanca de cuello italiano y corbata azul marino) le daba un aire elegante, incluso podría decirse chic, y una cierta prestancia. Unos gemelos plateados, discretos y de diseño depurado y unos zapatos Weston estilo Richelieu completaban una vestimenta que dejaba entrever un puesto de responsabilidad. Carlos, de 46 años de edad, me explicó que estaba divorciado, tenía tres hijos y era el director general de una gran empresa.

Si por un lado desprendía seguridad y autoridad, por otro se mostraba tenso. Apoyaba la mano con firmeza sobre mi mesa, estaba sentado con el cuerpo rígido y su gran mandíbula se antojaba congelada. No movía nada, salvo el pie derecho, que no dejaba de temblequear. Un contraste muy marcado habitaba en esa persona. En cierto momento, rompió el silencio: «Me siento cerca del colapso. Soy como su cuadro, un torbellino me atrapa y me succiona. Me devoran mis demonios, mis adicciones». Bajó las cejas, hundió los hombros y su mirada, fijada en la mía, se tornó llorosa. Su sufrimiento era patente. En ese momento, Carlos se rindió. La rapidez y brutalidad de su cambio de actitud me sorprendió. Empezó a contarme su historia.

Alcohol, drogas y trabajo

«Nunca he ido al psicólogo, pero estoy llegando a mi límite». Me explicó que bebía. Le gustaba el buen vino, aunque sobre todo era un gran amante del whisky, en particular del japonés, del que disponía de una colección valiosa. Su historia con el alcohol se remontaba mucho tiempo atrás. Después de años de clases preparatorias para acceder a una gran universidad, ingresó en una prestigiosa escuela de ingeniería, donde experimentó las primeras salidas desenfrenadas; no solo con sus amigos, sino con frecuencia solo. De manera progresiva, el alcohol fue ganando peso en su vida, aunque sin convertirse en un problema. Durante los años de estudiante, la cocaína también formó parte de algunas de sus salidas nocturnas.

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