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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2018Nº 90
Retrospectiva

Retrospectiva

Cécile Vogt, una neuróloga pionera

Fue una de las pocas mujeres que se adentró en el mundo de la investigación neuronal de principios del siglo XX. Cécile Vogt, junto con su marido Oskar Vogt, desarrolló las primeras cartografías detalladas del cerebro humano.

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El ajuar de la neuróloga francesa Cécile Mugnier (1875-1962) no solo aportaba toallas y manteles al hogar que iba a compartir con su futuro marido. También incluía un material de investigación contundente: 30 cerebros de pacientes con afasia que habían fallecido. Su matrimonio con el médico y neurocientífico Oskar Vogt (1870-1959) iba a ser para toda la vida y muy productivo: dio lugar a dos hijas (de adultas también se dedicarían a la investigación médica) y a más de 3000 páginas de publicaciones científicas. «Cécile y Oskar Vogt son “el equipo de investigación” de principios del siglo XX», afirma Michael Hagner, médico e historiador científico en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich.

A lo largo de su dilatada carrera como neuróloga, Cécile preparó miles de series de cortes cerebrales humanos y de animales. Los estudios neuroanatómicos de Cécile y Oskar perseguían un objetivo: averiguar qué estructuras celulares y moleculares conformaban la consciencia humana. Ambos estaban convencidos de que cada fenómeno psíquico posee un fundamento anatómico, con su origen en el cerebro. El científico español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), quien recibió el premio Nobel de medicina y fisiología en 1906, situaba a los Vogt, cuando todavía vivían, a la altura de otras famosas parejas de investigadores, entre ellas, la de Pierre y Marie Curie. A semejanza de los astrónomos que describen el universo a través de la observación de las estrellas, el matrimonio había creado, con su trabajo, un mapa del cerebro humano, explicaba Cajal. De esta manera, Cécile y Oskar Vogt sentaron las bases de las neurociencias modernas.

«El rostro de Cécile era el de una gran dama, con una sonrisa algo triste que nunca desaparecía de sus labios. Sus ojos eran expresivos y mostraban distintos grados de interés, aprobación o desagrado y una atención constante.» De esta manera describió Igor Klatzo (1916-2007), neuropatólogo y compañero de trabajo de los Vogt tras la Segunda Guerra Mundial, a su antigua jefa.

Ya en su juventud, Cécile Mugnier, nacida en Annecy fuera del matrimonio el 27 de marzo de 1875, seguía su propio camino. El deseo de su devota tía, quien se ocupó de la niña tras la muerte del padre, era que entrara en un convento. Pero ella no tenía mucho aprecio a la Iglesia ni a la fe. En 1893, se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de París. Su tía la desheredó de inmediato.

En cambio, la madre, también alejada de la Iglesia, apoyó la decisión de Cécile. Poco después de iniciar sus estudios, la joven quedó fascinada por el cerebro humano. Quería comprender cómo funcionaba y cuándo enfermaba. Al elegir la especialidad de neurología, Cécile se adentró en un terreno incómodo para las mujeres. En una medicina dominada por los hombres, el sexo femenino se utilizaba más bien como objeto de investigación, por ejemplo, para estudiar la histeria. En 1861, el neuroa­natomista Paul Broca (1824-1880), compatriota de Cécile, afirmó que la mujer era inferior al hombre debido al menor tamaño de su cerebro.

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