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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2018Nº 90
Libros

Reseña

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Cuando la música encuentra la mente

Análisis de cómo el cerebro da sentido a la melodía y armonía.

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COMPARING NOTES
HOW WE MAKE SENSE OF MUSIC
Por Adam Ockelford
Profile, 2017


Sea marcando con el pie el ritmo de una samba o escuchando con los ojos llorosos una balada, nuestra respuesta a la música es casi instintiva. Sin embargo, pocos sabrían explicar con palabras cómo actúa la música en los humanos. ¿Por qué suscita emociones, inspira ideas e, incluso, define identidades?

La cuestión se ha estudiado desde la psicología cognitiva, la antropología, la musicología y hasta desde la biología. En este terreno nos encontramos con Adam Ockelford. Su libro Comparing notes se nutre de sus conocimientos como compositor, pianista, investigador musical y, algo de suma importancia, de su experiencia durante decenios como profesor de música de niños con discapacidades visuales o con un trastorno del espectro autista, muchos de ellos, dotados de facultades musicales extraordinarias. A través de este «prisma de lo manifiestamente notable», Ockelford busca arrojar luz sobre la cognición y la percepción musical en todos nosotros. Los modelos existentes, basados en niños neurotípicos, podrían estar pasando por alto grandes verdades sobre la capacidad para aprender y dar sentido a la música.

Algunos de los niños descritos en Comparing notes tienen dificultades (por una serie de razones) para anudarse los zapatos o mantener una conversación sencilla. Sin embargo, pueden ser capaces, antes de los diez años, de oír por primera vez una pieza compleja y tocarla inmediatamente al piano, haciendo volar sus deditos sobre las teclas correctas. Esta habilidad, nos recuerda Ockelford, no está al alcance de muchos de los adultos con quienes estudió en la Real Academia de Música de Londres. Trenzando las hebras que facultan a estos niños para proezas tan asombrosas, Ockelford construye un alegato para reconsiderar el saber tradicional sobre la enseñanza de la música.

El autor sitúa el oído absoluto en el meollo de estas facultades de improvisación, escucha e interpretación. En Occidente, solo uno de cada 10.000 individuos neurotípicos posee oído absoluto, esto es, logra decir sin esfuerzo y sin contexto qué nota está dando un violín o que el zumbido de una aspiradora es un sol bemol. En el espectro autista, esta proporción se eleva hasta 1 de cada 13, un 8 por ciento. En ciegos de nacimiento o en quienes perdieron la vista al comienzo de su infancia alcanza hasta el 45 por ciento. Esta capacidad, indica Ockelford, permite que los niños entonen canciones familiares y jugueteen con ellas, experimentación que les proporciona una sólida noción de la estructura musical.

Muchos de los niños con los que trabaja Ockelford padecen ceguera y autismo desde el nacimiento. Para ellos, la predictibilidad del teclado que experimentan mediante el oído absoluto puede provocarles una fascinación obsesiva. En 60 Minutes, un programa televisivo estadounidense, se mostraban grabaciones del sabio o savant musical Rex Lewis-Clarke durante su infancia. Soñoliento junto a un teclado, extendía su pequeña mano y tocaba dos últimas notas antes de caer dormido. Niños con una pasión de tal clase pueden pasar cientos de horas al piano, traduciendo sonidos a movimientos.

Un experimento con Derek Paravicini, uno de los más consumados alumnos de Ockelford, actualmente un adulto, respalda la idea de que el oído absoluto subyace a un sentido de estructura musical y no es responsable exclusivo de interpretaciones notables. El investigador pidió a Paravicini que tocase dos versiones de una misma pieza: en una se desdeñaban las reglas convencionales de la armonía occidental; en la otra, se respetaban. La interpretación de la segunda fue más precisa, lo que sugiere que Paravicini se basa en la intuición sobre las estructuras típicas de la música occidental, a las que estuvo expuesto durante un período crítico de plasticidad cerebral.

Ockelford dedica gran parte de su Comparing notes a un divertimento ameno, aunque idiosincrásico, valiéndose de teoría musical y psicología, en el cual incluye su propia «teoría zigónica». Según esta, que nace en los juegos de improvisación con sus alumnos, la repetición y la transformación de elementos musicales es percibida como una imitación intencionada. Aunque pocos disentirían de su idea fundamental, la teoría zigónica no cuenta con demasiados adeptos, en parte, porque su compleja notación no parece producir intuiciones distintas de las que se logran por medios más sencillos. En un diagrama zigónico, una flecha entre dos notas idénticas muestra que la repetición conduce a un sentido de imitación y derivación, lo cual se plasma mejor en una frase. Los diagramas, cada vez más intrincados, no parecen comunicar sino conceptos básicos, como la transposición (la repetición de un patrón de notas a diferente nivel tonal).

El autor deja escapar oportunidades para desarrollar sus ideas sobre la estructura y la repetición. Al comparar música y lenguaje, alude solo una vez al influyente libro de Aniruddh Patel, Music, language and the brain (Oxford University Press, 2008), en el que se explora este territorio. Nunca menciona la ilusión del discurso convertido en canción, descrita en 2008 por Diana Deutsch en The Journal of the Acoustical Society of America, ni cita el libro On repeat, que publiqué en 2014 y expone, desde la psicología, cómo la repetición en la música «toca» la mente.

Muchos ejemplos de Comparing notes requieren la capacidad de leer música. Aun así, en la obra se elucidan cuestiones (la definición de escala, entre ellas) que la mayoría de quienes puedan entender los ejemplos ya conocen. Su público diana no está muy claro. Para comprender mejor cómo funciona la música, sería recomendable consultar alguna sinopsis de musicología, como Listen to this (Mark Evan Bonds, Prentice Hall, 2008) y alguna otra de psicología, como This is your brain on music (Daniel Levitins, Dutton Penguin, 2006). La perspicaz crónica de Ockelford sobre sus experiencias con extraordinarios creadores de música nos recuerda, sin embargo, la ­necesidad de seguir indagando este enigma.

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