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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2018Nº 90
Libros

Reseña

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Inteligencia colectiva

Extensión del conocimiento humano.

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BIG MIND
HOW COLLECTIVE ­INTELLIGENCE CAN CHANGE OUR WORLD
Por Geoff Mulgan
Princeton University Press,
Princeton, 2018


Hubo un tiempo en que se suponía que las masas eran por naturaleza peligrosas, obcecadas y manipulables. El péndulo nos ha llevado al extremo opuesto, el que les otorga credencial de sabiduría. La verdad es más sutil. Contamos con innumerables ejemplos que muestran los beneficios resultantes de movilizar a muchas personas con un objetivo común y, así, participar en la observación, análisis y resolución de problemas. En los últimos años se ha venido configurando un nuevo campo de investigación, el de la inteligencia colectiva, impulsado por la ola de técnicas digitales que posibilitan que organizaciones y sociedades procesen información a gran escala. Conjugando enfoques de distintas disciplinas (filosofía, ciencia de la computación y biología), Geoff Mulgan, directivo de Nesta, fundación inglesa sin ánimo de lucro para la promoción de la innovación, desmenuza la aplicación de esa nueva facultad mental a empresas, gobiernos, universidades y sociedades.

Se contrapone a la inteligencia individual porque concita las capacidades de personas muy dispares, millones de ellas incluso, para alcanzar un único objetivo. Se vale, asimismo, de una gama amplia de herramientas técnicas potentísimas, como los Google Maps o los satélites Dove, que, a varios cientos de kilómetros de la superficie terrestre, vigilan nuestro planeta. Igual que la inteligencia individual, la colectiva comete errores a veces triviales; y en esos errores lo mismo caen grandes entidades financieras, que pierden miles de millones de euros, hasta servicios de seguridad nacional, que no aciertan a discernir un problema geoestratégico. Importa para evitarlos, discernir entre entornos que estimulan la inteligencia y entornos que la anulan.

En nuestro cerebro, la capacidad de conectar observación, análisis, creatividad, memoria, juicio y sabiduría, que se suponen elementos constitutivos de una inteligencia colectiva, convierten al todo en algo muy superior a la suma de las partes. Un mundo más entrelazado adquiere mayor inteligencia a través de procesos de autoorganización orgánica. Esas asociaciones son multiplica­tivas, no meramente aditivas: su valor procede de los elementos que se conectan. Con la inteligencia colectiva las cuestiones complejas —salud, cambio climático o migración— encuentran más fácil solución. Le compete a ella orquestar el conocimiento.

La inteligencia colectiva puede ser ligera, emergente y azarosa. Pero con mayor frecuencia está orquestada y respaldada por instituciones y funciones especiales. No podemos imaginarnos fácilmente la mente del futuro. Pero el pasado ofrece claves. La biología evolutiva muestra que las transiciones principales de la vida (cromosomas, células eucariotas, animales y reproducción sexual) compartían pautas comunes. Cada transición nos llevó a una forma nueva de cooperación e interdependencia.

Podemos formar bibliotecas enteras de libros sobre la inteligencia, su origen, manifestación y naturaleza constitutiva. Sobre si es única o múltiple. Menos trillado es el campo de la inteligencia colectiva. Este, en sus variantes más restringidas, se ocupa de la forma en que los grupos de personas colaboran juntos, a menudo en línea («online»), a semejanza de las neuronas, que solo cumplen un servicio cuando se conectan con miles de millones de otras neuronas. En su forma más amplia, la inteligencia colectiva cubre todos los tipos de inteligencia a gran escala; alcanza la cúspide cuando comprende la civilización y cultura de nuestra especie. El libro se centra en el intervalo que media entre la inteligencia individual y la totalidad de la civilización, a la manera del espacio entre el individuo y la biosfera en su conjunto. Lo mismo que tiene sentido estudiar ecologías regionales (lagos, desiertos o selvas), también tiene sentido estudiar los sistemas de inteligencia que operan a nivel medio, en organizaciones individuales, sectores o campos.

Nuestro reto consiste en separar el ruido de la información y emplear la técnica para expandir nuestra mente. Cualquier individuo, organización o grupo puede alcanzar cotas más altas de eficacia si se acoge a una mente más amplia. Se cuentan por miles de millones las personas conectadas a internet y bastantes más manejando máquinas de información. Igual que acontece con los nexos entre neuronas en el cerebro, un pensamiento exitoso depende de la estructura y organización, no del número de conexiones o señales.

Al asociar máquinas y personas, creamos las condiciones necesarias para forjar una inteligencia colectiva. Cuando eso se logra, el todo pasa a ser mucho más que la suma de las partes. La inteligencia del hombre unida a la de la máquina resuelve conflictos en los negocios, aborda la amenaza del cambio climático, potencia la democracia y fomenta la sanidad pública. Para que ello ocurra se requiere crear nuevas profesiones, instituciones y métodos de pensar. Las técnicas digitales tienen la virtud de hacer visibles los procesos mentales: el software programa el procesamiento de la información, los sensores recogen los datos y la memoria los almacena.

Lo mismo que la ciencia cognitiva se ha apoyado en muchas fuentes —de la lingüística a la antropología, pasando por la psicología y la neurociencia— para entender cómo piensa la gente, la inteligencia colectiva, que se ocupa del pensamiento a escalas muy superiores, halla respaldo en muchas disciplinas. Ese nuevo dominio del conocimiento se ha venido forjando desde el siglo XIX con la creación, entre otros, del cuerpo editorial del Diccionario de Inglés de Oxford. La expresión inteligencia colectiva parece haber sido utilizada por primera vez en el siglo XIX por un médico, Robert Graves, para referirse al estado avanzado del conocimiento médico, y de manera separada por un filósofo político, John Pumroy, para designar la soberanía popular.

El minerólogo ruso Vladmir Verdnasky sugirió que el mundo se había desarrollado en tres etapas: primero llegó la geosfera de rocas y minerales inanimados; luego, la biosfera de los seres vivos y, en último lugar, un nuevo reino de conciencia y pensamiento colectivo, que él, y el jesuita Theilard de Chardin denominaron noosfera. De manera similar, H. G. Wells escribió que un nuevo cerebro mundial estaba naciendo de las redes. Más recientemente otros han jugado con la metáfora de cerebro colectivo o de mente colectiva. Mashall McLuhan en Understanding media: The extensions of man aportó un marco donde encuadrar la inteligencia colectiva; la técnica era una extensión de nuestros sentidos. Peter Russell tomó el testigo en esa línea de trabajo en The global mind comparando las interacciones de las neuronas en el cerebro y la interacción de las personas y las organizaciones conectadas a través de redes y medios de comunicación social. Para Gregoy Stock, leemos en su Metaman, la cultura humana y las técnicas dibujan un superorganismo planetario, capaz de abordar los problemas que son comunes a toda la humanidad. Para otros, la inteligencia colectiva integraría un aspecto del ciberespacio.

Si no ha sido pequeña la aportación de la inteligencia colectiva observada en colonias bacterianas e insectos sociales, debemos a la ciencia de la computación el grueso de la doctrina sobre la forma en que los grupos cooperan hacia un mismo fin. Douglas Engelbart, uno de los pioneros de las interacciones entre hombre y computador, habló de un cociente intelectual colectivo.

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