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  • Mayo/Junio 2018Nº 90

Psicología social

Luces y sombras de la empatía

Ponerse en el lugar de los demás se considera la base del sentido de la justicia y de la disposición a ayudar. Sin embargo, algunos investigadores dudan de esta perspectiva.

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En septiembre de 2015, una imagen dio la vuelta al mundo. Y no porque fuera agradable de contemplar, sino todo lo contrario, porque a casi todos los que la veían se les saltaban las lágrimas inevitablemente. La fotógrafa Nilüfer Demir tomó la instantánea en la playa, cerca de Bodrum, en Turquía. Muestra a un niño muerto, Aylan Kurdi, de tres años, quien se ahogó en el mar Mediterráneo durante la huida de la guerra en Siria y que el mar arrastró hasta la orilla.

Esta imagen despierta pura empatía. La tragedia de la corta vida de Aylan y el dolor de los que permanecen vivos (solo el padre sobrevivió al naufragio de la patera; el hermano de Aylan y su madre también murieron) se deslizan bajo la piel. Ello explica lo que a menudo constituye el sentimiento de empatía: no es siempre agradable, sino que puede causar dolor con la visión del sufrimiento ajeno. Casi nunca podemos evitarlo; simplemente nos invade (a menos que miremos a otro lado).

La empatía tiene una excelente reputación. Para muchos representa la condición por antonomasia para la disposición a ayudar y el sentido de la justicia. Solo aquellos que pueden comprender los sentimientos de los demás reúnen la motivación necesaria para ayudarlos en la necesidad. Sin embargo, los argumentos racionales, por ejemplo, las ventajas de la ayuda mutua, no bastan para hacerlo.

Este punto de vista fue aceptado en las ciencias sociales como la «hipótesis de la empatía-altruismo». Uno de sus defensores, el psicólogo C. Daniel Batson, de la Universidad de Kansas, ya había demostrado en los años ochenta del siglo pasado en su famoso «experimento Elaine» que las personas tomamos partido por los demás sobre todo cuando nos sentimos unidas a ellos. Batson dio a leer a unos estudiantes una descripción de su colega (ficticia) Elaine. Había dos versiones: una exponía un perfil muy personal; la otra, uno austero y distante. Posteriormente, los probandos vieron cómo Elaine recibía dolorosos electrochoques durante un experimento.

Apenas uno de cada cinco de los probandos que sentían una escasa relación emocional hacia ella pidió mitigar su sufrimiento. Por el contrario, más del 80 por ciento de los que habían leído el texto con tintes personales mostraron esa reacción. La falta de compasión se compensó cuando Batson colocó a los participantes ante la tesitura de proseguir con el experimento con ellos en lugar de con la joven o de ver otras ocho sesiones de castigo a través de una pantalla. Con todo, solo dos tercios de los sujetos quisieron ayudar, desde luego sin ocupar el lugar de Elaine.

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