Duplicados ­dalinianos

El arte de Dalí se caracteriza por su ambigüedad y duplicidad.

© SALVADOR DALÍ, FUNDACIÓN GALA-SALVADOR DALÍ / SOCIEDAD DE DERECHOS DE ARTISTAS (ARS)

Salvador Galo Anselmo Dalí Domènech, hijo de Felipa Domènech Ferrés y de Salvador Dalí Cusí, nació el 12 de octubre de 1901 en Figueras. El primogénito de ese matrimonio dio muestras de gran precocidad, mas su futuro prometedor quedó trágicamente cercenado. El pequeño Salvador enfermó de gastroenteritis y falleció justo dos meses antes de su segundo cumpleaños. Los padres, aunque desolados en su penar, concibieron otro hijo. El 11 de mayo de 1904, tras solo nueve meses y diez días de fallecer el primer hijo, un segundo varón llegaba a este mundo. ¿Su nombre? También Salvador.

De segundo y tercer nombre Felipe Jacinto, ese Salvador se convertiría en uno de los grandes artistas del siglo xx, aunque siempre se sintió a la sombra del hermano. «Cuando mi padre posaba su mirada en mí, miraba tanto a mi hermano como a mí mismo», diría más tarde.

A la edad de cinco años, los padres llevaron a Dalí ante la tumba de su hermano, donde le explicaron que era su reencarnación. La idea arraigó en su mente y le obsesionó toda su vida. «[Él y yo] nos parecíamos como dos gotas de agua, pero dábamos reflejos diferentes», escribió en cierta ocasión. «Mi hermano era probablemente una primera visión de mí mismo, pero según una concepción demasiado absoluta.» Esta convicción tuvo un profundo impacto en su obra pictórica. Las duplicidades abundan en sus cuadros, como en Retrato de mi hermano muerto (1963), una representación del artista y el hermano fallecido (A).

Dalí creó numerosas ilusiones visuales mediante la superposición de imágenes elaboradas con contornos nítidos y pequeños detalles (frecuencias espaciales altas) con otras de contornos difusos y detalles más grandes (frecuencias espaciales bajas). El espectador percibe una u otra escena en función de su distancia al cuadro. De cerca, predominan los detalles debidos a la frecuencia espacial elevada, pero cuando se entrecierran los ojos o se contempla el cuadro a distancia, aparece la otra imagen. Un examen detallado de Retrato de mi hermano muerto permite ver que el rostro más grande está formado por lo que parecen cerezas oscuras y brillantes, emparejadas a veces como gemelas. En cambio, al distanciarnos, aparece la faz de un hombre joven, con un cuervo o un buitre incrustado en la frente que hace las veces de pelo.

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