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1 de Marzo de 2016
psicobiología

El secreto del tacto

De todos los sentidos, el tacto es el menos ­investigado. Poco a poco se empieza a conocer el importante papel que desempeñan las experiencias táctiles en nuestra vida diaria.

GEHIRN UND GEIST / INDIGO / SARAH TRUNK

En síntesis

Numerosos estudios demuestran el poder que la estimulación táctil ejerce en las relaciones sociales: permite aumentar la disposición y generosidad de quien recibe el estímulo. Asimismo, aporta beneficios terapéuticos.

Los estímulos táctiles poseen incluso un tipo de lenguaje propio. Con el tacto podemos expresar nuestros sentimientos de modo preciso.

El sistema del tacto se basa en una multitud de receptores repartidos por toda la piel y el cuerpo. Todavía se investiga cómo se interconectan a nivel neuronal.

La instrucción se le antoja sencilla: debe tomar un cerilla de la caja y encenderla. En cinco segundos, la llama prende. El experimentador decide aumentar el grado de dificultad. Con una aguja fina inyecta un anestésico en el pulgar, el índice y el dedo corazón de la participante. La sustancia bloquea las células sensoriales de sus yemas dactilares. En el segundo ensayo, la mujer actúa con torpeza; no logra sostener el fósforo. Medio minuto y unos cuantos intentos fallidos después consigue su objetivo: la cerilla arde.

La escena aparece en un vídeo grabado por Roland Johansson, psicólogo de la Universidad de Umeå, quien en 1979 ideó este experimento con un objetivo preciso: demostrar la importancia que el sentido táctil tiene para numerosas tareas cotidianas, aunque la mayoría de las veces no seamos conscientes de ello.

Desde un punto de vista evolutivo, el tacto representa el sentido más antiguo de los humanos, y la piel, nuestro órgano sensitivo más grande. Casi el 20 por ciento de nuestro peso corporal recae sobre ella. Millones de receptores somatosensoriales (la cifra exacta se desconoce por ahora) nos comunican cada segundo si apoyamos los pies sobre suelo firme, si el viento acaricia nuestro pelo o si acabamos de apretar una tecla con la yema del dedo índice. Solo de esa manera sabemos dónde acaba nuestro cuerpo y dónde empieza el entorno.

«Para cada pequeño movimiento necesitamos la respuesta de las células táctiles que se hallan en la piel y el cuerpo», señala Martin Grunwald. «Sin esa información no podríamos estar de pie, sentarnos o comer. No podríamos hacer nada.» Grunwald dirige el laboratorio háptico de la Universidad de Leipzig, el único instituto europeo que se ha consagrado de pleno a la investigación del sentido del tacto.

A lo largo de los últimos años, los científicos se han esmerado en conocer al detalle el funcionamiento de sentidos sensoriales como la audición y la visión. Han ahondado en su estudio hasta revelar sus respectivos mecanismos neuronales. En cambio, en lo que al tacto se refiere, la investigación se encuentra todavía en pañales. Hasta ahora se ha infravalorado la importancia que asir un objeto con las manos o sentir el contacto con la piel desempeñan en nuestra vida. Esas capacidades no solo influyen en la manera en la que nos orientamos a diario, sino que también sirven para comunicarnos con los demás; incluso se hallan relacionadas con nuestra salud psíquica y corporal [véase «¿Pueden curar las manos?», por Christiane Gelitz, en este mismo número].

Ya en el seno materno queda patente la relevancia que ejerce el tacto para la vida de una persona. Un embrión siente su entorno antes de oír los primeros sonidos o ver la luz. También los bebés asimilan el mundo con la ayuda del tacto: se ponen en la boca todo objeto novedoso para saber con qué se enfrentan. «La boca y las manos constituyen nuestros órganos táctiles más sensibles, por ello son los más indicados para la exploración», comenta Grunwald.

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