¿Pueden sanar las manos?

Se cree que el contacto de las manos sobre la piel puede ­acelerar la curación de heridas, mitigar el dolor y aliviar algunos ­trastornos mentales. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

GEHIRN UND GEIST / INDIGO / SARAH TRUNK

En síntesis

Las caricias y los masajes contribuyen a reducir la sensación de dolor, estrés y miedo. Al parecer, los estímulos táctiles inhiben el procesamiento nociceptivo, de manera que atenúan durante un tiempo las molestias agudas.

Los neurocientíficos creen que el contacto físico facilita un sentimiento de pertenencia. También activa mecanismos neuronales que disminuyen las reacciones al estrés.

Por ahora, no se ha constatado la eficacia de los métodos que no implican un contacto físico directo y que, presuntamente, trabajan el «campo de energía».

Hará algo más de un año, la Clínica Universitaria Karolinska de Estocolmo se convirtió en una especie de laboratorio. Un total de seis enfermeras y ocho auxiliares de enfermería participaron en un estudio piloto ideado para calmar los ánimos de los pacientes que aguardaban en el servicio de urgencias. El tiempo de espera en esos momentos se antoja eterno: el dolor no cesa, el diagnóstico no está claro o, en el peor de los casos, se requiere una intervención quirúrgica inmediata. «Cuando llegué a urgencias tuve que someterme a radiografías y otras exploraciones. Allí, no eres más que un número apuntado en un papel», recuerda una de las 25 personas que colaboraron en la prueba.

Ante esa consabida queja, Maria Arman, del Instituto Karolinska, se marcó el objetivo de idear un método para mejorar el estado emocional de los enfermos que esperaban su turno. Indicó a las enfermeras de su estudio que propusieran dos opciones a los usuarios que atendieran: una consistía en un suave masaje con movimientos circulares y de 20 a 60 minutos de duración en las manos, los pies, la espalda o por todo el cuerpo, según las preferencias del sujeto; la otra radicaba en realizar una ligera presión con las manos sobre diferentes zonas corporales (pies, corazón, frente, entre otras). En una entrevista posterior, la mayoría de los participantes informaron que habían experimentado sensación de «unión existencial», consuelo, relajación o seguridad. «Mediante el contacto, uno vuelve a sentirse persona», afirmó en el protocolo el paciente mencionado antes.

Un equipo dirigido por el psicólogo social Sander Koole, de la Universidad de Ámsterdam, describió en 2014 que el contacto físico contribuye a ahuyentar la inseguridad que atormenta sobre todo a las personas con autoestima baja. Si posaban la mano sobre el hombro de los probandos durante un segundo cuando les entregaban el test que debían responder, la intensidad de sus miedos existenciales se reducía; también se sentían más unidos a sus congéneres. No obstante, este efecto solo se halló en los participantes con problemas de autoestima.

Asimismo puede atenuarse el miedo agudo de manera similar. Las mujeres que sostenían la mano de su pareja reaccionaban de forma más sosegada ante la noticia de que se les iba a aplicar una (supuesta) descarga eléctrica, según se comprobó en un estudio mediante neuroimagen. Las regiones cerebrales que suelen excitarse ante el peligro presentaron una menor activación que en el caso de las participantes que recibían la noticia sin contacto físico. Incluso la mano de un desconocido parecía calmar los ánimos. Este fenómeno se atribuye, entre otros factores, a la oxitocina, neurotransmisor que se libera ante contactos físicos agradables. Conocida también como hormona del afecto o del apego, la oxitocina refuerza la confianza y la cooperación dentro del grupo de pertenencia, además de disminuir las reacciones de estrés [véase «Oxitocina», por Wilhelm Klaus; Mente y Cerebro n.o 44, 2010].

La producción de esta hormona no es la única reacción fisiológica inmediata que provoca el contacto físico, explica Tiffany Field, del Instituto de Investigación del Tacto en la Universidad de Miami. Desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, Field investiga los efectos del tacto, sobre todo en los recién nacidos. Afirma que los masajes reducen la concentración de cortisol, así como la presión sanguínea y la frecuencia cardíaca, factores que se evalúan para conocer el estado de estrés de una persona.

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