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El circuito cerebral de la felicidad

En la década de 1950, dos científicos se toparon con lo que hoy ­conocemos como «sistema de recompensa». Este descubrimiento ­pionero nació de un error técnico.

Los investigadores James Olds y Peter Mildner comprobaron a través de una caja de Skinner (imagen) que habían construido ellos mismos cómo los roedores con un electrodo implantado en el septum pellucidum seguían pulsando el botón y «estimulándose» hasta quedar exhaustos. [Fundacion B. F. Skinner, Cambridge, EE.UU.]

En síntesis

En 1954, James Olds y Peter Milner descubrieron accidentalmente los «centros de placer» en el cerebro. Eran las regiones que ahora asignamos al sistema mesolímbico de recompensa.

Su hallazgo demostró que el cerebro no solo reacciona a los estímulos ambientales, sino que también responde a estados emocionales, como la alegría y la euforia.

Ello supuso el inicio de una nueva era de la investigación sobre las emociones y la motivación, así como en torno a los trastornos de adicción y la dependencia de las drogas.

Muchos descubrimientos científicos son casuales, pero no por ello debe menospreciarse al investigador. Solo una persona con un olfato agudizado y los conocimientos necesarios para explicar los resultados puede efectuar un hallazgo que nace de la casualidad. Así, la suerte y el conocimiento pusieron en manos de dos jóvenes científicos de la Universidad McGill, en Montreal, un descubrimiento que tendría una notoria repercusión en el mundo de la psicología. En 1954 publicaron sus resultados. Afirmaban, nada menos, que habían descubierto el «circuito cerebral del placer». Al principio, no obstante, la propuesta se acogió con gran escepticismo.

James Olds (1922-1976) se había doctorado en psicología por la Universidad Harvard y deseaba ampliar los conocimientos sobre neurofisiología y su metodología. Con ese objetivo, se trasladó con una beca posdoctoral a Montreal, donde encontró la compañía deseada. El laboratorio de la Universidad McGill estaba dirigido por el famoso neuropsicólogo Donald O. Hebb (1904-1985), quien unos años antes había causado sensación con su teoría acerca de los mecanismos de aprendizaje neuronal. Allí, Olds trabajó a las órdenes del neurocientífico y antiguo ingeniero eléctrico Peter Milner (1919-2018). De él aprendió a implantar electrodos en el cerebro de ratas, los cuales estimulaban determinadas regiones cerebrales.

En aquel momento, la formación reticular del tronco cerebral suscitaba un enorme interés, pues acababa de descubrirse que regulaba el nivel de activación de un ser vivo, entre otras funciones. Inspirado por Hebb, Milner había llevado a cabo algunos experimentos sobre la influencia de esa estructura en la conducta de aprendizaje de las ratas, y finalmente incorporó a Olds en el proyecto. Este comenzó a experimentar. Implantó microelectrodos en dicha región del tronco cerebral de los animales; a continuación, dejó que las ratas se movieran por el tablero de una mesa. Cada vez que alcanzaban una esquina de la mesa, liberaba un impulso de corriente eléctrica a través del electrodo.

Basándose en los estudios anteriores de Milner, Olds suponía que la estimulación eléctrica de la formación reticular desencadenaría una conducta «aversiva» en las ratas. Así sucedió: los animales aprendieron enseguida a evitar esos lugares. Pero, de manera sorprendente, una rata se comportó exactamente de modo opuesto: siguió corriendo hacia la esquina como si esperara recibir más estimulación. En un experimento posterior, para el que utilizó un laberinto en forma de T, este animal empezó a correr cada vez más deprisa por el trecho de la caja donde ansiaba recibir el impulso de la corriente. Al principio, los dos científicos no comprendieron esa conducta. ¿Se trataba tan solo de un caso especial o su comportamiento ocultaba algo más?

Un feliz error

Para comprobar si habían estimulado la región cerebral correcta, sometieron al animal a un examen con rayos X. Efectivamente, el electrodo no se ubicaba en la formación reticular, sino unos milímetros por encima de esta. Olds había estimulado, sin quererlo, el septum pellucidum (o tabique transparente lateral), alojado entre los dos hemisferios cerebrales y que limita con el hipotálamo y el hipocampo. ¡Había cometido un error de principiante!

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