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La medicina atroz de los nazis

Neurología y psiquiatría al servicio del mal.

Brain Science under the Swastika
Ethical violations, resistance, and victimization of neuroscientists in Nazi Europe
Lawrence A. Zeidman
Oxford University Press. Oxford, 2020
(784 págs.)

Rudolf Hess, lugarteniente de Adolf Hitler, definió el nacionalsocialismo como biología aplicada. Una biología aplicada al hombre. Nadie mejor para explicitar esa idea, articular su contenido y llevarla a la práctica que los médicos. Entonces no se hablaba de potenciación, término que llegó al doblar el siglo con la edición genética, sino de eugenesia en el origen y eutanasia en el término. Ellos habrían de tomar las riendas en la limpieza racial que asegurara la preeminencia aria. Pero no cualesquiera médicos, sino los vinculados a la ciencia del cerebro, esto es, neurocientíficos y psiquiatras. El libro establece los nexos entre neurociencia, esterilización y asesinato. Saca a la luz las conexiones y redes tejidas entre asesinos y científicos.

Las enfermedades neurológicas y psiquiátricas encabezaban la lista de patologías que definían al paciente que debía ser esterilizado obligatoriamente. En un retorcimiento del lenguaje, los neurocientíficos nazis sostenían que esas medidas redundaban en beneficio de la sociedad; la ganancia que con ello se obtenía era muy superior a las objeciones que oponían los recalcitrantes, que los hubo. El Gobierno nazi convirtió en ley su programa de esterilización obligatoria en julio de 1933. Ernst Rüdin, de un perfil irrelevante en el campo de la ciencia, fue el redactor de esa ley. No era el primero ni Alemania el único lugar. Algunos neurólogos acreditados del siglo xix y primer tercio del xx se habían mostrado partidarios del movimiento eugenésico: William Gordon Lennox, Robert Foster Kennedy, Gabriel Anton, Hermann Lundborg, Paul Julius Möbius y Auguste Forel fueron voces de peso en la defensa de la eugenesia.

Max de Crinis, Carl Schneider y Hans Heinze proyectaron y dieron, en el Tercer Reich, los pasos decisivos que llevaron a la aniquilación total de «bocas inútiles». Sus programas cubrían la eutanasia infantil, la Aktion T4, y la de adultos, que supuso la muerte de 275.000 pacientes neurológicos y psiquiátricos. El asesinato en masa de niños, la T4, se presentaba de forma eufemística. A los progenitores se les decía que sus pequeños habían sido trasladados a una institución desconocida y se les indicaba que les escribiesen a la Compañía de Transporte de Enfermos; a las cuatro semanas la familia recibía la noticia de que habían fallecido de apendicitis, accidente cerebrovascular, edema cerebral u otras de parejo tenor; no había restos, pues el cadáver se había incinerado para evitar el peligro de infección. La Compañía, Gemeinnützige Krankentransport G.m.b.H («Grekrat») se hallaba instalada en una villa suburbana anónima de la calle Tiergartenstrasse 4 (de ahí T4), en Berlín. Hubo varios centros más. Entre enero de 1940 y agosto de 1941 fueron «desinfectados» (asesinados), en el marco de la T4, 70.273 niños.

Los procedimientos empleados para acabar con las víctimas iban de la cámara de gas a la inyección letal, pasando por la desnutrición total. Esas muertes fueron precursoras directas del exterminio de millones en el Holocausto. Los cerebros de las víctimas se trasladaban a distintos centros de investigación de Berlín, Múnich, Hamburgo, Heidelberg, Viena y Breslau, para estudios anatomopatológicos de las víctimas asesinadas. Hasta el centro de Heidelberg llegaban los cerebros para trabajos sobre idiocia. Con un cinismo y frialdad sobrecogedores, Hans Jacob, patólogo cerebral de Hamburgo, firmaba una carta en la que solicitaba más cerebros del centro de asesinatos de Langeborn. Para ello hubo que expulsar, con anterioridad, a los neurocientíficos judíos de los centros académicos y de investigación. Se les depojó de la cátedra y demás puestos académicos en las principales universidades germanas. Se les privó incluso de la práctica médica privada, de la misma titulación, para confinarlos en hospitales judíos como enterados en enfermedades de la raza judía. Ello significó la expulsión de 6000 médicos judíos y un tercio de los neurocientíficos alemanes y austríacos.

Para vergüenza general, quedaron almacenados los cerebros y partes neurológicas del cuerpo de los pacientes, y empleados en publicaciones científicas durante la guerra y después de la misma. Los propios pacientes fueron utilizados, contra toda ética, en experimentos de epilepsia y de esclerosis múltiple. Fueron muy pocos los neurocientíficos que se opusieron a los nazis en los territorios ocupados con algún éxito. La mayoría de los neurocientíficos involucrados en semejantes conductas inmorales siguieron en sus puestos académicos después de la guerra. Fueron muy pocos los condenados por sus actos criminales en el desempeño de su profesión.

No solo el cerebro. El autor pasa por alto un hecho sobrecogedor cuyo secreto no se reveló hasta cuarenta años de terminada la Segunda Guerra. Me refiero al Atlas de Anatomía, de Pernkopf, publicado en España por Editorial Labor y que gozó de aplauso y reconocimiento universal. Se realizó durante el periodo nazi en Austria (de 1938 a 1945) por Eduard Pernkopf, profesor y director del Instituto de Anatomía de la Universidad de Viena. Desde el comienzo y durante mucho tiempo el atlas fue admirado como una obra maestra de exactitud, finura y belleza insuperable en lo concerniente a las ilustraciones anatómicas. Pero en los ochenta se descubrió que Pernkopf y su equipo de dibujantes, todos ellos nazis militantes, se sirvieron de material humano obtenido de víctimas del terror nazi ejecutadas para las láminas. Se comprobó también que los colaboradores habían firmado algunas ilustraciones con la insignia nazi (la esvástica y el símbolo de las SS).

Los actos bárbaros de los médicos nazis en la investigación médica durante el Holocausto fueron la génesis del Código Médico de Ética de Nuremberg. De manera parecida al Juramento Hipocrático constituye una eficaz guía para orientación de los médicos. Fue la mejor lección, que puede servir de provecho en determinadas investigaciones de nuestros días.

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