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Los cinco pilares de la razón

Reflexionar con precisión para actuar de manera correcta. Eso es ser racional, piensan muchas personas. Pero los investigadores ven en ello más bien un modo de superar la inseguridad. Cinco reglas de oro ­ayudan a proceder con racionalidad.

Getty Images / francescoch / iStock

En síntesis

No debe confundirse la racionalidad con la inteligencia. Mientras que esta última describe las capacidades cognitivas básicas, la primera se refiere a su aplicación en cuestiones cotidianas concretas.

Por lo general, disponemos de poco tiempo y recursos cognitivos insuficientes para reunir y contrastar toda la información. La razón estriba en el manejo inteligente de toscas reglas generales.

La racionalidad requiere tanto economía de pensamiento (no creer nada sin un buen motivo) como capacidad crítica ante los juicios espontáneos, el egocentrismo y las emociones.

Cuando Félix, un escolar de quinto de primaria, insiste en que quiere ir al colegio con sus pantalones cortos preferidos a pesar de que fuera está nevando; cuando el amigo deja plantados a su mujer e hijo para escaparse con un flirteo de verano, o cuando la madre octogenaria se niega a adaptar su casa a las nuevas necesidades de movilidad a causa de la edad. En todos esos momentos se impone un consejo tan a menudo oído como raramente seguido: «¡Sé razonable! No te dejes llevar por los impulsos. Reflexiona sobre lo que realmente es importante y conveniente».

La razón nos hace personas. No solo constituye un tema clásico de la filosofía, sino que los psicólogos también investigan sus claves desde hace tiempo. De hecho, los estudios y modelos explicativos de estas disciplinas revelan mucha información acerca de las características del pensamiento racional, su utilidad y del modo en que se puede fomentar.

Como pronto se demostró, la racionalidad se distingue de la mera inteligencia [véase «Pensamiento crítico: más allá de la inteligencia», por Éléonore Mariette y Nicolas Gauvrit; Mente y Cerebro, n.o 105, 2020]. Según el psicólogo Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto, el cociente de inteligencia (CI) solo desentraña la dotación mental básica de una persona (la memoria operativa o la habilidad de deducir correctamente, por ejemplo). En qué medida aplicamos estas capacidades a cuestiones concretas de la vida es harina de otro costal.

Sorprendentemente, los tests de inteligencia revelan poca información sobre nuestra capacidad de juicio racional. Ante esta carencia, en 2016 un grupo dirigido por Stanovich desarrolló una prueba a la que denominaron CART (por las siglas en inglés de «Evaluación Exhaustiva del Pensamiento Racional»). Su objetivo era medir la racionalidad. Desde el punto de vista estadístico, CART presenta una débil relación con el CI: la correlación (concepto que indica la proporcionalidad y relación lineal entre distintas variables) se encuentra en CART entre 0,2 y 0,3 (de un valor máximo de 1). Ello deja mucho espacio para que alguien propenda a la irracionalidad a pesar de que posea un CI alto o, al contrario, que una persona poco brillante actúe de manera racional.

Un motivo para esta discrepancia es que los tests de CI están pensados para conocer las capacidades cognitivas de una persona. Pero en la vida real, muchos problemas se hallan «sesgados» de una manera determinada, induciéndonos a errores típicos. Si alguien quiere tentarnos para que compremos, impresionarnos, convencernos de algo o ganarse nuestro afecto, sacará provecho de vulnerabilidades cognitivas concretas, de forma que compartamos opiniones inconsistentes y nos dejemos manipular.

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