Mitos y certezas de la memoria humana

Un trazador evolutivo.

The evolutionary road to human memory
Elisabeth A. Murray, Steven P. Wise, Mary K. L. Baldwin y Kim S. Graham
Oxford University Press. Oxford, 2020
(224 págs.)

El movimiento celular que condujo a la memoria humana inició su andadura hace 530 millones de años, cuando aparecieron los primeros vertebrados, dotados de mecanismos para orientarse en la navegación. Transcurridos unos doscientos millones de años, emergieron los mamíferos, con capacidad de representación y con sesgos que generaron tipos de memoria diversos y en pugna. Ciento cincuenta millones de años después, llegaron los primates, de los que surgieron, hace entre 25 y 50 millones de años, los antropoides, que se caracterizaban por identificar los signos y cuantía de los recursos. Por fin, los homininos que, desde hace cinco o siete millones de años, potencian las representaciones del yo y desarrollan la memoria personal, la memoria participativa y la memoria cultural. Conforme nuestros precursores y antepasados se enfrentaron a problemas y posibilidades de su tiempo y lugar, sus cerebros desarrollaron tipos novedosos de memoria que les ayudaron a sobrevivir y reproducirse.

Al cubrir esa trayectoria, The evolutionary road to human memory desmonta muchos mitos que corren por Internet, sacados de manuales y resúmenes de urgencia. El principal, el error que consiste en asignar la memoria a una zona circunscrita del cerebro, el lóbulo temporal medial, región extensa que incluye el hipocampo, la corteza perirrinal, la corteza entorrinal o la corteza parahicampal. Lo crucial es desentrañar la interrelación entre corteza cerebral, memoria y evolución. La corteza cerebral domina en nuestro cerebro; la memoria guía nuestro pensamiento, y ambos poseen una larga historia evolutiva. Pese a ello, la evolución no ha recibido atención en la ciencia de la memoria humana y la evolución cortical ha sido a menudo mal interpretada incluso por los neurocientíficos. Por culpa de ello se ha enseñoreado durante más de un siglo la idea de una corteza cerebral organizada en áreas especializadas en la memoria, percepción sensorial, control de los movimientos corporales, etcétera. A esta área del cerebro se le responsabiliza de todas las formas de memoria que conforman la mente humana. Asociada a tal idea se halla muy generalizada también la creencia en un cerebro reptiliano. Fue un concepto, carente de base científica, introducido por el neurólogo Paul MacLean, quien suponía que los reptiles añadieron los ganglios basales a un cerebro de pez y anfibio precedente y que los mamíferos agregaron el hipocampo, entre otras estructuras corticales, a un cerebro reptiliano preexistente. En ambos puntos MacLean se equivocaba. Ganglios basales e hipocampo fueron adquiridos por los primeros vertebrados, antes de la aparición de reptiles y mamíferos.

A medida que nuestros precursores y antepasados fueron siguiendo su trayectoria evolutiva, las áreas corticales se iban acumulando con el tiempo. Siempre por la misma razón fundamental, la de trascender los problemas y explotar las posibilidades que encontraban esos animales en su lugar y momento. Sus innovaciones fueron las que, modificadas en el transcurso de millones de años de evolución, determinaron la memoria hasta nuestros días.

Entenderemos por qué no es correcta la zonificación de la memoria si tenemos presente que el lóbulo temporal medial constituye solo el 2 por ciento del cerebro. Tan exiguo componente no puede estar detrás de todos los tipos de memoria en el ser humano. ¿Qué hace el resto del cerebro? Al desarrollo de la respuesta se dedica el libro. En efecto, a medida que precursores y antepasados, hoy extintos, se adaptaron para vivir en su medio, hace millones de años, fueron apareciendo nuevas áreas cerebrales, cada una de las cuales servía de base para una forma innovadora de memoria, que nosotros hemos heredado, modificada a través de su trayectoria evolutiva. Tomadas en su conjunto, esas áreas componen el 80 por ciento del cerebro. La memoria refleja, pues, ese legado en el cerebro humano.

A la hora de trazar deudas y préstamos evolutivos conviene recordar conceptos clave. Aquí importan dos nociones fundamentales, la de representación y la de homología. Toda cognición remite a lo que pensamos sobre el mundo a partir de lo ya sabido. La cognición depende de nuestras representaciones presentes en el cerebro. Las representaciones neurales no solo subyacen a nuestra memoria, sino también a nuestra capacidad para percibir el mundo y controlar nuestra conducta. Dependen, además, de dos propiedades de las células nerviosas. En primer lugar, las neuronas generan pulsos eléctricos, las llamadas espigas o descargas, que viajan por los axones hasta su extremidad o terminal. En segundo lugar, los terminales de cada neurona establecen sinapsis con otras neuronas. Las sinapsis transmiten señales de neurona a neurona; la intensidad de cada sinapsis puede cambiar nuestra experiencia. El cerebro porta información en pulsos y sinapsis; a los primeros se les llama actividad neuronal, a los segundos pesos sinápticos. (El peso sináptico define la fuerza entre la neurona presináptica y la postsináptica.) La actividad neuronal y los pesos sinápticos explican el modo en el que el cerebro establece representaciones, pero no que sean las representaciones neurales.

Por su parte, el concepto de homología remite a los caracteres hereditarios que se transmiten de los precursores a las especies descendientes. Los caracteres pueden ser físicos o conductuales. La explicación evolutiva es inmediata. Cualquier especie puede dividirse en dos. Con el paso del tiempo, esas poblaciones se enfrentan a medios distintos y la selección natural opera de manera distinta en sus caracteres hereditarios. Hasta que, andando el tiempo, los caracteres se modifican y las dos poblaciones van conformando dos especies distintas. Conservarán caracteres homólogos, como las alas en diferentes especies de aves. En cambio, puede ocurrir que otros animales desarrollen también una suerte de alas, como los pterosaurios y los murciélagos. No son caracteres homólogos con las aves, sino análogos, porque cumplen una función similar, sin que exista ningún precursor común.

El asunto se complica por días. No hay semana que pase sin que aparezca algún artículo que revele que una especie presenta una capacidad cognitiva que se suponía exclusiva de los humanos. Las semejanzas entre la vocalización humana y la del loro parecen cuestionar la tesis de que solo nosotros podemos hablar. Se ha publicado mucho sobre el lenguaje de los primates. De otras especies se predica también que hacen el mismo uso de los instrumentos, razón y experiencia emocional que las personas. Pero Elisabeth A. Murray y demás autores niegan que animales y humanos alcanzan las mismas habilidades cognitivas y defienden la existencia de un hiato sustancia y profundo entre la cognición humana y la animal. Aunque compartimos muchos antepasados extintos con las aves, nuestro último antepasado común ni cantaba como las aves canoras actuales, ni escondían el alimento como hacen hoy los cuervos. Somos vertebrados, mamíferos, primates y antropoides, pero no aves.

Pese a lo que pudiéramos pensar, la tipificación de la memoria está lejos de ser incuestionada. En términos generales, la memoria declarativa viene a ser lo mismo que la memoria explícita. La primera subraya la comunicación a los demás del contenido de la memoria; la segunda destaca que se expresa abiertamente y es accesible. Es el sentido en que las personas emplean el término memoria. Puede llamársele también memoria personal, porque subraya la idea de que nuestra memoria nos pertenece a nosotros y a nadie más. Los animales carecerían de memoria personal. La memoria episódica registra lo que sucedió cuando experimentamos determinados acontecimientos de la vida diaria. Al rememorarlos, volvemos a vivirlos; la sucesión de recuerdos constituyen nuestra autobiografía. Por memoria semántica se indica el conocimiento que tenemos del mundo, incluido el significado de las palabras y otros símbolos. Porque la memoria semántica incluye falsedades, ficciones, categorías, conceptos, inferencias y generalizaciones, se le llama también memoria cultural. Es común, por último, distinguir entre la memoria que retiene la mente durante segundos o minutos, la memoria a corto plazo o memoria operativa, y memoria a largo plazo, que podemos recuperar pasados horas, días o años.

¿En qué medida y desde cuándo disponemos de esa facultad cognitiva? ¿Poseemos los humanos formas exclusivas de memoria? Con un poco de esfuerzo, el lector irá descubriéndolo en un libro que, si de algo peca, es de excesivas autoalusiones y continuas referencias cruzadas, que dificultan una lectura lineal y llana. Tal vez sea ese el peaje obligado para introducirnos en una visión novedosa de la memoria humana a través de la evolución del cerebro.

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