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La búsqueda de la felicidad

Todos aspiramos a la felicidad, pero a nuestras buenas intenciones se opone una amarga realidad: somos los primeros obstáculos en ese camino. ¿Cómo cambiar esa situación? La psicología trata de indagar en las leyes de la sensación de felicidad.

La felicidad no se manifiesta siempre con un desbordamiento total de los sentimientos. [Dreamstime / Pixattitude]

En síntesis

Las emociones positivas contribuyen al equilibrio anímico y sitúan al organismo en un estadio de ahorro energético; también benefician a la salud.

El comportamiento social se aprovecha de los impulsos emocionales positivos: por regla general, una persona feliz parece más atractiva.

Los sentimientos de felicidad no son siempre una vivencia nítidamente positiva; esta también puede aflorar en medio del dolor.

«Solo las malas noticias son noticia», reza una desafortunada norma de la prensa sensacionalista. ¿También de la investigación en psicología emocional? Tal parece si hojeamos manuales y revistas especializadas de la materia. Los psicólogos no cesan de in­vestigar traumas, estrés, miedos y depresiones. Difícilmente mencionan la fe­licidad, la alegría y otras emociones agradables. Pero algo va cambiando. El estudio sobre la felicidad empieza a despertar de su letargo. En los Estados Unidos, sobre todo, ha ido adquiriendo una importancia creciente la psicología positiva, llamada también investigación del bienestar. Esta rama de la ciencia se ocupa del sentido y el origen de la satisfacción, la esperanza, el optimismo, la alegría, la felicidad y demás sentimientos agradables.

Todo el mundo se ha planteado alguna vez cuestiones sobre la felicidad del te­nor siguiente: ¿cómo puedo alcanzar­la?, ¿existe una felicidad duradera?, y similares. La psicología positiva puede dar al menos algunas respuestas a estos in­terrogantes; el principal resultado obteni­do es que los sentimientos de felici­dad no son eternos, pero nosotros mismos podemos contribuir a que vuelvan a aflorar siempre de nuevo.

Sin embargo, parece que tales conocimientos no se han extendido todavía suficientemente. Según algunos sondeos, la mayoría de la gente cree que el indivi­duo no puede, por regla general, crear su propia felicidad. La respuesta más común de los encuestados era coincidente: la felicidad no se puede provocar, puesto que se trata en primera línea de un don fugaz del azar, una casualidad favorable. Emerge así una diferencia importante con la apreciación de la propia calidad de vida, que se ve como bastante gobernable. Aparentemente, los estados de felicidad se presentan muchas veces sin un esfuerzo consciente por nuestra parte, para luego desvanecerse.

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Movidos por esa experiencia, muchas personas subestiman la importancia de las sensaciones de felicidad para la supervivencia y para triunfar en los conflictos con el entorno. La doctrina dominante mantiene que las emociones arrancan por lo general de alteraciones externas y ayudan al organismo a adaptarse mejor a una determinada situación y a reaccionar ante ella. Lo anterior afecta sobre todo a sentimien­tos negativos, como el miedo o el enfado, pues sabido es que los humanos reaccionan emocionalmente con más intensidad ante los cambios a peor que a mejor. No es extraño, por tanto, que se tenga que actuar sobre todo cuando las condiciones vitales empeoran.

Este artículo incluye

¿Libertad o igualdad?

    • E. Noelle-Neumann

Las causas de la felicidad humana son también una cuestión social.

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