Consciencia fenoménica

Correlatos neurales de la consciencia.

THE CONSTITUTION OF PHENOMENAL ­CONSCIOUSNESS
Dirigido por Steven M. Miller
John Benjamins Publishing Company, Ámsterdam, 2015

A lo largo de los siglos, la consciencia ha sido una realidad incuestionada, exclusiva del campo de la filosofía y del todo ajena al mundo empírico de la ciencia experimental. Hoy, un concepto vago para muchos, ocupa el centro de la investigación neurocientífica. La eclosión de trabajos sobre ella ha venido de la mano del desarrollo de nuevas herramientas empleadas en el estudio del cerebro. El refinamiento de las técnicas de formación de imágenes, la aplicación del registro de una sola célula y las diversas formas de intervención neural (por ejemplo, la estimulación del cerebro profundo y la estimulación magnética transcraneana) han generado nuevas formas de obtención de datos para la ciencia de la conciencia.

La consciencia fenoménica se plantea problemas científicos genuinos, tales como identificar en qué momento del desarrollo humano surge y en qué especies biológicas existe. La noción de consciencia fenoménica sigue alimentando el debate en numerosas cuestiones que hunden sus raíces en el clásico problema filosófico de la mente de los demás y la privacidad de los estados mentales. Los estudios de neuroimagen han resaltado, por su parte, la importancia de la conectividad funcional tálamo-cortical, en particular los bucles tálamo-corticales, en la emergencia de la consciencia. Así, desde una óptica neuroanatómica, la consciencia constituiría una propiedad emergente de conectividad funcional entre regiones corticales particulares dentro del teatro espacial neuronal global o la red fronto-parietal.

En años recientes han proliferado teorías de la consciencia desde planteamientos experimentales y clínicos. A modo de botón de muestra, la teoría de información integrada sobre la consciencia sugiere que esta depende de la capacidad del cerebro para sustentar pautas complejas de comunicación interna entre regiones específicas. Los filósofos de la mente se han mostrado especialmente­ activos. Desde flancos muy dispares o complementarios, neurocientíficos y filósofos se afanan en encontrar respuesta a un rosario interminable de preguntas. ¿Cuáles son las actividades del cerebro que constituyen la consciencia fenoménica? ¿En qué nivel de la actividad neural cerebral se constituye? ¿De qué modo distingue la ciencia entre correlatos neurales de la consciencia y la constitución neural de esta? ¿Qué podemos aprender de fenómenos bien estudiados como la rivalidad binocular, la atención, la memoria, el afecto, el dolor, los sueños y el coma? ¿Qué debería conocer la ciencia de la consciencia? ¿Cuál sería la explicación requerida en una ciencia de la consciencia? ¿Cómo debería aplicarse al cerebro la relación de constitución? ¿Qué decir de otras relaciones, como identidad, superveniencia, emergencia y causación?

Por la consciencia nos percatamos de nosotros mismos y de nuestro entorno; ella mediante, interaccionamos con los estímulos que nos llegan. Tres propiedades esenciales e interdependientes caracterizan a la experiencia consciente: el aspecto cualitativo (sensaciones relacionadas con una experiencia), el aspecto subjetivo (experiencia de primera persona) y apariencia de unidad (marco unificado e integrado). Además, intervienen otros aspectos específicos del sujeto (intencionalidad, talante, personalidad, características genéticas, etcétera).

Los constituyentes de la consciencia pueden abordarse en diversas escalas: moléculas, genes, células, circuitos neurales y sistemas neurales. Pero los componentes carecen de sentido en ausencia de contexto. Lo que exige abordar la organización de los componentes, los procesos que involucran tales componentes y su papel funcional en la producción de la percepción, cognición y conducta humanas. Aunque pocos cuestionan ahora que la consciencia pueda estudiarse científicamente, hemos de tener presente que se trata de un fenómeno único, cuyo estudio plantea retos que no se dan en otras ciencias. La investigación científica parte del supuesto de que la consciencia se asienta sobre procesos cerebrales. Y se centra en los llamados correlatos neurales de la consciencia, que asocian cambios operados en los procesos cerebrales a cambios registrados en esta, su campo de trabajo. Un concepto que se avanzó en los años noventa del siglo pasado.

La ciencia de la consciencia se funda, en efecto, en la búsqueda de los correlatos neurales de la consciencia; en particular, se propone identificar los correlatos mínimamente suficientes. Aunque no sepamos muy bien en qué consiste un correlato neural de consciencia. En términos generales, se refiere al estado o proceso neural que establece una relación biunívoca con un estado o proceso de consciencia. En síntesis, un estado neural N es un correlato neural de la consciencia de un estado C de la consciencia, si y solo si la existencia de N, consideradas las leyes de la naturaleza, es mínimamente suficiente para la existencia de C. Con otras palabras, la existencia de N es suficiente para la existencia de C. La verdad, sin embargo, es que no todo correlato neural de la consciencia empíricamente identificado resulta constitutivo de un estado consciente. De ahí la distinción obligada entre correlatos neurales de la consciencia y constitución neural de la consciencia. Un mantra académico que todo alumno de psicología se ve obligado a interiorizar dicta que no es lo mismo correlación que causación. Los correlatos neurales de la consciencia podrían no ser causas o componentes de esta.

No hay un correlato general, único. Existen múltiples correlatos neurales de consciencia, que dependen del tipo de contenido de consciencia. Unos correlatos neurales son centrales para el conocimiento de la consciencia; otros le son periféricos. Algunos autores creen que la acumulación de conocimiento sobre los correlatos neurales de consciencia relacionados con el problema fácil de consciencia podría resolver el problema duro. Otros, sin embargo, limitan la aplicación de la búsqueda de correlatos neurales a la consciencia de acceso o ignoran la distinción.

Uno de los aspectos más esquivos, y cruciales, de la consciencia es lo que David Chalmers denominó «el problema duro», es decir, el problema de la experiencia. Cuando pensamos y percibimos, se da procesamiento de información, pero existe también un aspecto subjetivo. Este último consiste en la experiencia individual. Cuando observamos, experimentamos sensaciones visuales: sentir la cualidad de la rojez, la experiencia de luz y oscuridad, la cualidad de profundidad del campo visual, etcétera. Y lo mismo puede predicarse de otras sensaciones y emociones. Pero algunos organismos somos sujetos de experiencia, y, aunque la experiencia surge de una base física, carecemos de una explicación de cómo y por qué aparece así. ¿Por qué un proceso físico ha de dar origen a una vida interior? El problema duro plantea explicar por qué y cómo surge la consciencia fenoménica. Pese a lo mucho que conocemos sobre el cerebro, seguimos ignorando de qué modo los estados neurales u otros estados físicos nos llevan a una rica vida interior. La cadena causal que cursa de los estados físicos a los conscientes sigue siendo un misterio. Ni las correlaciones implican necesariamente causalidad, ni los correlatos neurales de la consciencia tienen nada que decir sobre la causa y ni siquiera sobre la constitución de consciencia.

Un correlato neural de consciencia empírico puede reflejar prerrequisitos neurales de la experiencia consciente, formar parte de las consecuencias neurales de la experiencia consciente o integrarse en el sustrato neural de la experiencia consciente. Por correlato neural de la consciencia empírico ha de entenderse cualquier suceso neural, proceso neural, concentración química, cambio de actividad o cualquier otro acontecimiento cerebral, que se correlacione consistentemente con una experiencia consciente. En lo que atañe a los prerrequisitos neurales de la consciencia, puede ocurrir que el correlato neural empírico obtenido fuera necesario para que surja la experiencia consciente, caeteris paribus. Pero no constituye el sustrato neural de la consciencia. Considerado el estado de todos los demás procesos del cerebro, si ese episodio neural no aconteciera, la consciencia no se habría dado. Por consecuencias neurales de la consciencia se entiende la existencia de un correlato neural de consciencia empírico como resultado de la experiencia consciente. Dada esa experiencia consciente, se produce la activación. Por fin, el correlato puede ser la instanciación, la constitución neural o el sustrato neural de la experiencia.

Ante la relación entre estados de conciencia y sus correlatos neurales, unos sostienen que los estados de consciencia son idénticos a estados cerebrales. Otros autores contemplan los estados de consciencia como constituidos en cierta medida por estados cerebrales. Unos terceros defienden que los estados conscientes ni son idénticos a estados cerebrales ni están constituidos en cierta medida por estados cerebrales, sino que se les superponen (advienen a estos). Los fisicalistas sostienen que los cerebros físicos y los estados mentales están fundamentalmente compuestos de la misma sustancia. La tesis de que la consciencia forma parte del mundo físico puede entenderse de múltiples maneras. Una forma obvia es declarar que cada tipo de experiencia consciente es idéntica a determinado tipo de suceso cerebral: la experiencia de oler el aroma del café recién hecho, por ejemplo, es justamente tener una pauta particular de excitación nerviosa. Negar el fisicalismo no es negar que el mundo físico desempeñe un papel importante en la generación de los estados mentales. Los no fisicalistas han desarrollado varios experimentos mentales para desmontar la tesis fisicalista, como el argumento del conocimiento, de Frank Jackson, o el argumento del zombi, de David Chalmers. Los dualistas de sustancia sostienen que los cerebros físicos y los estados mentales constan de sustancias fundamentalmente diferentes.

Este libro acompaña a otro titulado The constitution of visual conscousness: Lessons from binocular rivalry. La visión humana es rica en contenido y experiencia. Percibimos contornos, colores, contrastes, brillos, formas, texturas, objetos, relaciones, profundidad y movimiento. Sobre todo ello construimos significados y centramos (o desviamos) la atención. De toda la información visual presentada podemos ser conscientes o no; en lo que somos visualmente conscientes existe un aspecto cualitativo o experiencial. Percibimos el color azul y, sobre esa base, se dice que somos fenoménicamente conscientes del carácter azul (azulidad).

La consciencia visual no es, por lo común, una experiencia perceptiva aislada. La azulidad se experimenta en conjunción con objetos o escenas azules. La forma, contexto, movimiento y significado de estos objetos o escenas contribuyen al estado fenoménico global. A lo largo de la experiencia visual, se experimenta un amplio espectro de contenido no visual en dominios tales como la audición (el sonido de olas que rompen), olfacción (olor de sal de la brisa), somatosensación (tacto con el agua fría), interocepción (sentido de relajación corporal) y afecto (sentimiento de felicidad). La consciencia fenoménica es, pues, compleja, multimodal y dinámica.

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