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1 de Mayo de 2014
Reseña

Neurociencia

Posibilidades y limitaciones.

BRAINWASHED. THE SEDUCTIVE APPEAL OF MINDLESS NEUROSCIENCE
Por Sally Satel y Scott O. Lilienfeld. Basic Books, Nueva York, 2013.


La estructura más compleja de cuantas existen en el universo, el cerebro, constituye una pieza maestra de la naturaleza. Consta de unos 80.000 millones de neuronas, cada una de las cuales se comunica con millares de otras células nerviosas. Ese complejo edificio neural, campo de estudio de la neurociencia, sirve de correlato o soporte de nuestro psiquismo. Pero ¿qué puede decir de nosotros la neurociencia? Para algunos, todo. Son los que hablan de ella como si se tratara de la nueva genética, la explicación última del comportamiento. Militan en el neurocentrismo quienes explican la conducta humana a través exclusivamente del cerebro, que se supone más fiable que el estudio de los motivos, pensamientos, sentimientos y acciones humanas.

Posibilidades y limitaciones de la neurociencia vienen explicitadas por las herramientas empleadas, las técnicas de neuroimagen. Han recorrido estas un largo camino desde su primer paso, la técnica de rayos X, inventada en 1895 por Wilhelm Conrad Röntgen. Su primera radiografía mostraba los dedos de la mano izquierda de su mujer con el cuarto ceñido por un círculo, correspondiente a su anillo de casada. En la atmósfera de excitación creada entonces, Hippolyte-Ferdinand Baraduc proclamaba que él podía utilizar los rayosX para fotografiar sus propias ideas y sentimientos.

Ya a comienzos de los setenta del siglo pasado, la tomografía axial computarizada (CT) permitió distinguir de la materia blanca y la materia gris a los ventrículos que la rodean. La técnica utiliza rayos X de alta intensidad para captar imágenes en cortes y producir un modelo tridimensional del cerebro. Un decenio más tarde, llegaron las imágenes de resonancia magnética, que ofrecían una representación más precisa de la anatomía cerebral. La resonancia magnética estructural detecta problemas estáticos: tumores, coágulos y deformaciones de vasos sanguíneos. Tomadas en conjunto, estas imágenes aportan una información valiosa sobre anatomía fija, pero nos dejan a oscuras en lo concerniente al funcionamiento cerebral.

La primera técnica funcional de formación de imágenes tridimensionales fue la tomografía de emisión de positrones (TEP), que apareció a mediados de los años ochenta. Frente a las técnicas estructurales, la TEP y otros métodos funcionales elaboran imágenes del cerebro en acción; miden el metabolismo o el flujo sanguíneo cerebral mediante el despliegue de moléculas trazadoras radiactivas. Sabido es que, cuando las células cerebrales se hallan en actividad, necesitan más energía en forma de glucosa u oxígeno. El trazador, glucosa en baja dosis marcada con un radioisótopo, se inyecta directamente en vena o es inhalado. La glucosa cursa hacia las células más activas del cerebro, donde emite energía que es detectada en forma de positrones.

La resonancia magnética funcional (IRMf) presenta una resolución espacial y temporal superior y no implica material radiactivo. Desde su introducción en la investigación y práctica clínica en los años noventa, se ha convertido en herramienta imprescindible de psicología y psiquiatría. La resonancia magnética funcional asocia o correlaciona psiquismo (sentir, pensar, percibir y actuar) con cambios en el consumo de oxígeno y en el flujo de las regiones cerebrales. (El cerebro nunca para de funcionar; la sangre está siempre circulando y consumiendo oxígeno. El único cerebro realmente silente es el muerto.)

La medición, por la máquina de IRMf, de la concentración de oxígeno disuelto en sangre constituye, pues, la clave para detectar la actividad cerebral: la sangre que acarrea más oxígeno presenta propiedades magnéticas diferentes de la que ha consumido ya su oxígeno de suministro a las neuronas. Las concentraciones relativas de sangre abundante en oxígeno y de sangre vaciada de oxígeno en una pequeña área del cerebro crea una señal que recibe el nombre técnico de respuesta BOLD (del inglés blood-oxygen-level-dependent). Durante la recogida de datos, el computador del escáner adquiere datos BOLD en finas unidades tridimensionales denominadas vóxeles, vocablo creado a partir de los términos «volumen» y «píxel». Un cerebro típico consta de unos 50.000 vóxeles; cada uno mide unos tres milímetros cúbicos. A cada vóxel se le asigna un color, que depende de la intensidad de la actividad bajo condiciones control y bajo condiciones experimentales. El computador genera una imagen que resalta las regiones que se activan más en una condición que en la otra. Cualquier semejanza entre un escáner cerebral y una fotografía es ilusoria. La fotografía capta imágenes en tiempo y espacio reales. En cambio, los escáneres funcionales se construyen a partir de la información derivada de las propiedades magnéticas del flujo sanguíneo en el cerebro.

Los científicos no pueden «leer» pensamientos específicos con la IRMf. Solo se hallan capacitados para afirmar que regiones cerebrales concretas que sabemos asociadas con determinados pensamientos y sentimientos manifiestan una intensificación de su actividad: de ahí la muy ajustada expresión de «correlatos neurales» para designar las manchas coloristas de los escáneres. En el mejor de los casos, los barri­dos cerebrales constituyen representaciones ambiguas de un sistema altamente complejo. Cada región del cerebro participa en numerosas experiencias e interacciona con otras regiones. Por resumir: observar que un área se ilumina, en una resonancia magnética funcional, en respuesta a un estímulo no indica de forma automática una sensación particular ni capta las funciones cognitivas superiores asociadas. Las imágenes no son fotografías de un cerebro en acción en tiempo real. Los científicos no pueden ver lo que está aconteciendo en él ni lo que está realizando.

La mente necesita del cerebro. Pero no podemos utilizar reglas celulares para predecir actividades psicológicas. Por mor de comparación, si quisiéramos entender el texto de este párrafo, no podríamos valernos del análisis que acometiese un químico de la composición molecular de la tinta. Ni la explicación química nos ayudaría a entender lo que esas palabras significan, por no aludir a su significado en el contexto de otras palabras de la página. Se han dado pasos importantes en la reducción de la complejidad organizativa desde el órgano entero hasta las neuronas integrantes, con los orgánulos, las proteínas, los genes y los metabolitos que contienen.

El pensamiento y la acción se despliegan en diversos niveles explicativos a partir de elementos básicos. En el nivel neurobiológico operan las células componentes. Los genes dirigen el desarrollo de las neuronas; las neuronas establecen circuitos entre ellas. En un nivel superior encontramos el procesamiento de la información, es decir, la computación y la dinámica reticular neuronal. Viene luego el nivel de los estados mentales (pensamientos, sentimientos, percepciones, conocimientos e intenciones). Por encima, los contextos sociales y culturales, que desempeñan un papel poderoso en la conformación de nuestros pensamientos, sentimientos y conducta. Unos niveles de explicación son más informativos para determinados fines que otros.

¿Convergerán en un lenguaje común el idioma de la neurobiología y el de la vida mental? Eso creen algunos. Para Sam Harris, la investigación sobre el cerebro terminará por explicar la mente y, por consiguiente, la naturaleza humana. En última instancia, declara, corresponderá a la neurociencia dictar valores humanos. Semir Zeki y Oliver Goodenough prevén un futuro, unos decenios quizás, en que el conocimiento del sistema cerebral de la justicia y su reacción ante los conflictos terminará por resolver conflictos políticos y económicos. Michael Gazzaniga confía en el advenimiento de una filosofía de la vida basada en el cerebro, una ética fundada en nuestro cerebro. Guerras, sufrimientos, conflictos podrían eliminarse si conviniéramos en vivir mucho más conscientemente.

Si cada acto sigue a una causa, el hombre es víctima de la naturaleza que lo hizo así. Tal es la doctrina clásica del determinismo, que defiende que nuestras decisiones son resultado inevitable de un amplio despliegue de influencias: nuestros genes (con la historia evolutiva que ellos representan), los mecanismos de nuestro cerebro, nuestra educación y el entorno físico y social donde vivimos. Esas fuerzas convergen para producir un acto único y específico, bueno o malo. No habría responsabilidad moral. Después de todo, si la elección que hacemos en una situación dada nos viene inducida, es decir, no existen opciones alternativas, entonces no hay de qué culparnos. Y si se carece de culpa, también de pena. Tampoco tiene mérito que nos comportemos como santos. No es nuestra elección. Se acaba así con la idea de libre albedrío. El lugar de la ética se cedería a la neurociencia.

Hay quien ve compatible el determinismo de la naturaleza con la responsabilidad moral. Según su modo de razonar, aun cuando los humanos carezcan en última instancia de libertad (es decir, de capacidad para actuar de otro modo), podemos considerar a los adultos personas responsables desde el punto de vista moral, pues tienen capacidad de comprometerse en una deliberación consciente, seguir reglas y controlarse a sí mismos. David Hume, en el siglo xviii, avanzó la tesis compatibilista al subrayar que las acciones de un agente son libres si están causadas por nuestra voluntad o deseos, aun cuando esa voluntad y esos deseos estén determinados causalmente.

Pero la cuestión de si los humanos pueden vivir en un mundo mecanicista y seguir siendo moralmente responsables no puede someterse a contrastación empírica. No es un problema científico. La neurociencia no lo ha resuelto, como se supuso a raíz de los experimentos de Benjamín Libet. En los años ochenta, Libet realizó en la Universidad de California una serie de experimentos con electroencefalogramas aplicados a individuos que debían levantar el dedo o mover la muñeca en momentos aleatorios. Ante el segundero de un reloj debían indicar el momento en que se sentían urgidos a actuar. Libet medía la actividad eléctrica en una región del lóbulo frontal denominada área motora suplementaria, implicada en los movimientos de planificación. Se encontró con un descubrimiento sorprendente: podía detectarse actividad en el área motora 400 milisegundos antes de que los probandos fueran conscientes de su decisión tomada. Con otras palabras, la conciencia de los sujetos aparecía tarde en la secuencia de hechos como para influir en la acción. En un experimento análogo al de Libet, pero utilizando IRMf, John Dylan Haynes predijo con una precisión del 60 por ciento si una persona movería su mano derecha o izquierda para presionar un botón seis segundo antes de que la persona fuera consciente de la decisión adoptada.

Libet no consideraba que sus resultados constituyeran un rechazo absoluto de la conciencia en el comportamiento. Admitía que aunque la conciencia interviniera tarde en la secuencia de acontecimientos, seguía manteniendo la libertad de «veto» o de suprimir acciones causadas por procesos fuera de la conciencia. No disponemos de libre albedrío, sino que tenemos libertad de decir «no». En un intento por buscar salidas a esa aporía, algunos autores proponen una libertad con zonas grises, es decir, un comportamiento en parte sometido a control consciente y en parte fuera del dominio de la conciencia. Todo dependería de las circunstancias de cada momento.

La idea de que un área específica del cerebro es la responsable de una función mental determinada resulta sugerente, si fuera cierta. Pero las actividades mentales no se cartografían sobre regiones discretas. Por ejemplo, el área de Broca, que se suponía el único centro de producción del lenguaje, no posee derechos exclusivos sobre esa facultad. Más riguroso parece considerarla uno de los nodos clave, o centros de convergencia, de las trayectorias que procesan el lenguaje. Ni existe tampoco una zona a cargo de la comprensión del lenguaje; intervienen pautas de conectividad entre múltiples regiones cerebrales.

Aunque los neurocientíficos consideran a ciertas regiones corticales como altamente especializadas en operaciones particulares —percepción de rostros, lugares y partes del cuerpo; adscripción de estados mentales a otros («teoría de la mente») y procesamiento de palabras visualmente presentadas—, la situación real es mucho menos unívoca. Además, el cerebro puede a veces reorganizarse a sí mismo tras una lesión, de suerte tal, que otras regiones puedan hacerse cargo de las funciones adscritas a las zonas dañadas, en particular si la lesión se produce en fase temprana de la vida.

Tomemos la variedad de funciones que lleva a cabo la amígdala, una pequeña región, en ambos hemisferios, alojada en el interior del lóbulo temporal. Es práctica común asociar la amígdala biunívocamente con el miedo. Pero la amígdala cumple otras muchas funciones. Cada vez que sentimos miedo, se activa la amígdala, pero no siempre que se activa la amígdala sentimos miedo. De hecho, se excita también en momentos de felicidad, angustia y pasión sexual, amén de mediar en la respuesta ante lo inesperado, novedoso o sugerente.

Los escáneres cerebrales no permiten, por lo común, que el investigador afirme que la estructura X causa la función Y. La IRMf indica solo la existencia de una correlación, es decir, qué partes del cerebro se activan cuando una persona participa en una actividad determinada, no qué área del cerebro está causando una operación psicológica o una conducta particular. La mayoría de las operaciones mentales que parecen una tarea unificada constan en realidad de muchos componentes menores. Pensemos en una tarea fácil y elemental: un problema aritmético sencillo. Primero, el sujeto debe reconocer un número que se le presenta visualmente; luego debe registrar la magnitud numérica; después ha de calcular la solución correcta del problema. Puesto que esas operaciones no las desarrolla la misma región cerebral, los investigadores deben descomponer la tarea de cálculo en correlatos neurales asociados con cada etapa. Si descomponer una tarea aritmética resulta tan complicado, imaginemos la dificultad de descomponer estados mucho más complejos, como las actitudes o las emociones.

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