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Neuromielitis óptica

Considerada desde hace tiempo una forma grave de la esclerosis múltiple, hoy en día se reconoce la neuromielitis óptica como una enfermedad con entidad propia. En ella, los anticuerpos destruyen los canales de agua alojados en las membranas de las células nerviosas.

CORTESÍA DE FRIEDEMANN PAUL

En síntesis

La neuromielitis óptica (NMO) es una enfermedad autoinmunitaria rara. Con frecuencia puede ocasionar ceguera y paraplejía.

Los anticuerpos producidos por el propio sistema inmunitario atacan al canal de agua acuaporina4 de los astrocitos del nervio óptico y de la médula espinal, lo que produce un deterioro neurológico.

Durante mucho tiempo se ha considerado una forma especial de la esclerosis múltiple, trastorno más usual. El hallazgo de anticuerpos contra la acuaporina4 en la NMO ha facilitado el diagnóstico de la misma. Sin embargo, todavía se desconoce un tratamiento eficaz.

Ocurrió sin previo aviso: de un día para otro Valeria F. apenas podía mover sus brazos y piernas. Los médicos del servicio de neurología, adonde fue trasladada la mujer de 51 años, diagnosticaron una tetraparesia, es decir, una parálisis de las cuatro extremidades. De inmediato, se pusieron a investigar las causas.

Primeramente analizaron el líquido de la médula espinal obtenido por punción lumbar. Era normal. El estudio electrofisiológico, sin embargo, reveló una alteración en la transmisión de los impulsos nerviosos. Los análisis de sangre no aportaron resultados definitivos, mas descartaron infecciones bacterianas, trastornos reumáticos y carencias vitamínicas como causas del trastorno. La exploración del cerebro mediante resonancia magnética (RM) tampoco mostró alteraciones llamativas. Tan solo la RM de la columna vertebral proporcionaba, al menos, una explicación a los signos de parálisis: los médicos hallaron un edema llamativo de la médula espinal cervical.

¿Qué provocaba los síntomas de Valeria? ¿Una inflamación, una alteración de la perfusión sanguínea o un tumor? Los neurólogos responsables del caso no daban con la respuesta. El estado de la paciente se deterioraba, por lo que los médicos debían actuar con celeridad. Decidieron administrarle dosis altas de cortisona por vía intravenosa, mas la medida resultó de escaso éxito. Finalmente trasladaron a la afectada al servicio de neurocirugía con el objetivo de descartar un posible cáncer. Sin embargo, el examen de la muestra de tejido que se le había extirpado en el quirófano solo mostró una «necrosis en la zona excavada», es decir, tejido muerto eliminado por las células fagocíticas del organismo. La causa de la necrosis seguía siendo un misterio.

La operación comportó importantes complicaciones para Valeria. Por un lado, la parálisis empeoró y, por otro, el líquido de la médula espinal se escapaba hacia otros tejidos del cuerpo, por lo que precisó de varias intervenciones quirúrgicas más. La paciente estaba desesperada. El diagnóstico en el informe médico rezaba: «necrosis medular de etiología desconocida; destrucción del tejido medular de causa desconocida». A pesar de la rehabilitación intensiva, la mujer seguía confinada a la silla de ruedas.

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