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  • Noviembre/Diciembre 2015Nº 75

Microbiología

Efectos de la toxoplasmosis en los humanos

Toxoplasma gondii, un parásito unicelular tan discreto como abundante, controla el cerebro del roedor que infecta. También podría manipular nuesta conducta.

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Imagínese un mundo donde no existiera el miedo. Podría andar por la vida sin que los peligros cotidianos le hicieran flaquear. Atravesaría impertérrito las autopistas, perpetraría actos temerarios de todo tipo y contemplaría películas de terror sin parpadear. Pero, si lo piensa dos veces, verá que las posibilidades no son tan magníficas y las consecuencias pueden resultar funestas. Al fin y al cabo, nuestros miedos nos protegen.

La aversión instintiva del ratón por el gato lo mantiene alejado de sus fauces. Pero, por desgracia para el roedor, existe otro enemigo al que debe hacer frente y que puede impedirle experimentar ese temor visceral. Un microorganismo unicelular, el protozoo Toxoplasma gondii, puede abolir el instinto de supervivencia del ratón. El resultado es un roedor que en lugar de poner pies en polvorosa ante la presencia del felino siente una insólita atracción por él.

La influencia de T. gondii sobrepasa con creces la esfera del gato y del ratón. Aparte de mantener esa peculiar relación con los roedores y los felinos que parasita, este protozoo infecta el cerebro de millones de animales terrestres, marinos y voladores. Los humanos no escapamos de él: se calcula que el número de personas infectadas podría ascender a tres mil millones. En EE.UU., la probabilidad de tener alojado a este parásito en los circuitos neuronales se sitúa en una entre cinco; en otros países el porcentaje alcanza el 95 por ciento.

La mayoría de los infectados no experimenta síntoma alguno, pero datos recientes demuestran que remodela el entorno molecular de las neuronas de los mamíferos. Algunos expertos comienzan a sospechar que este minúsculo parásito unicelular podría influir con sigilo y sutileza en la salud y en la personalidad humanas.

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