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«El dinero todavía es un medio de coerción»

El sociólogo Paul Kellermann explica las consecuencias de la obsesión por el dinero que reina en nuestras sociedades actuales y las alternativas que existen para cambiar ese afán.

Paul Kellermann nació en Stettin en 1937. Estudió sociología, derecho público y economía política en Fráncfort del Meno y se doctoró en Múnich en 1966. Desde 1973 hasta 2005, año de su jubilación, impartió clases en la Universidad Kla­genfurt Alpen-Adriático, donde actualmente dirige estudios para personas jubiladas. Ha enseñado en distintas universidades de Alemania, Austria, América Latina, África y Estados Unidos. Sus intereses incluyen la sociología de la formación, del trabajo y del dinero, así como de las consecuencias de la técnica. [BARBARA MAIER, AAU KLAGENFURT]

Profesor Kellermann, ¿qué le llevó al estudio del valor social del dinero?

El tema del trabajo. Hoy en día, bajo este concepto entendemos casi exclusivamente la actividad profesional remunerada, es decir, la que realizamos para ganar dinero de manera legítima. Muchos trabajos solo se efectúan por dinero y, a la inversa, existe una gran cantidad de tareas altamente más urgentes que no se emprenden porque no aportan ganancias económicas. Solo se piensa en el desmoronamiento de la carcasa de hormigón del reactor fundido de Chernóbil, pero nadie caería en la cuenta de renovarlo si no se ganara nada con ello. La focalización unilateral en obtener dinero lleva a que otro trabajo que parece necesario por motivos éticos, ecológicos o sociales quede pendiente.

 

Todos ansiamos dinero, pero, al mismo tiempo, en cierta medida, lo despreciamos. ¿Cuál es el motivo de esta relación ambivalente?

El dinero es un medio de coerción porque sin él no podríamos existir en nuestra sociedad. Casi cualquier cosa que necesitamos la tenemos que comprar. Pero existe una paradoja. El individuo piensa que el dinero, y solo el dinero, le ofrece la máxima libertad; sin embargo, visto desde una perspectiva más amplia, es a su vez el medio para la esclavitud. Aquellos que tienen poco o nada deben someterse a los que poseen mucho. Deben trabajar para ellos y seguir sus instrucciones. Jean-Jacques Rousseau escribió en su obra El contrato social que en una sociedad justa nadie debería ser tan rico como para poder comprar a otras personas y nadie tan pobre como para tener que someterse a otros.

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