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El flujo sanguíneo en el cerebro

Las neuronas y los vasos sanguíneos del cerebro trabajan en sincronía. ¿Por qué? ¿Qué sucede si ese proceder falla?

CORBIS / RALPH HUTCHINGS

En síntesis

Los vasos sanguíneos aportan oxígeno fresco y glucosa a las regiones cerebrales con mayor trabajo neuronal.

El acoplamiento disfuncional entre los vasos sanguíneos y las neuronas compromete la salud del cerebro.

Estudios recientes revelan que las células endoteliales, las cuales componen la pared interna de los vasos sanguíneos, constituyen una parte actora esencial para que las neuronas obtengan más sangre.

El cerebro consume energía sin cesar: aunque su peso representa menos del 2 por ciento de nuestro cuerpo, gasta casi la quinta parte de toda la energía del organismo. Sus nutrientes (oxígeno y glucosa) los obtiene de la sangre que recibe gracias a una enorme red de vasos sanguíneos que alcanza casi 650 kilómetros de longitud. Si la vasculatura se colocara en línea de un extremo a otro, cubriría algo más de la distancia entre Barcelona y Madrid.

Los vasos sanguíneos son extremadamente dinámicos: modulan el flujo de la sangre en respuesta a las necesidades momentáneas del cerebro. Cuando una región cerebral determinada trabaja de manera intensiva, aumenta la cantidad de sangre que fluye hacia ella para proporcionarle más nutrientes. Los vasos se dilatan en los puntos en los que se requiere ese plus de energía. Dicho ensanchamiento persuade a la sangre a redirigirse, como ocurre con los clientes de un supermercado que se redistribuyen cuando se abre una nueva caja para pagar.

El «combustible» para las neuronas es limitado, por lo que los vasos sanguíneos deben coreografiar con cuidado cada instante para sustentar el cerebro. ¿Qué ocurriría si estos dejaran de funcionar en sincronía con las neuronas? Si la vasculatura fallase cuando las neuronas precisan más sangre, estas se morirían de inanición. A corto plazo, se producirían daños cognitivos y, en un plazo más largo, toda la red de las células cerebrales acabaría pereciendo.

Históricamente, los neurocientíficos han considerado los vasos sanguíneos del cerebro como vías ordinarias carentes de importancia para las neuronas que alcanzan. Sin embargo, cada ciudad necesita sus propias carreteras. Siguiendo con el símil, más que de un simple camino para vehículos ruidosos, esta infraestructura de transporte modifica notablemente nuestra manera de funcionar. Cuando, por ejemplo, el huracán Sandy azotó Nueva York, las crecidas del agua y los apagones eléctricos deterioraron las redes de distribución de personas, alimentos y suministros, colapsando la ciudad.

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