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1 de Noviembre de 2015
Psicología

Los dos grandes factores de la personalidad

Cuando nos juzgamos a nosotros mismos o a los demás, lo hacemos, de manera espontánea, según dos dimensiones: agencia y comunión. Estos dos grandes rasgos de la personalidad reflejan nuestros principales intereses en las relaciones con los demás.

OLIVER WEISS

En síntesis

En la autopercepción y la valoración de los demás se emplean, por lo común, dos categorías de personalidad básicas: la agencia (determinación) y la comunión (amabilidad).

El equilibrio de ambas dimensiones depende de la situación y de la relación con los demás. Nos gusta conversar con las personas agradables, pero preferimos trabajar con las competentes.

Los estereotipos también se nutren de la determinación (directivos) y de la calidez (mujeres).

Imagínese usted que se encuentra en una fiesta, rodeado de un bullicio de personas a las que desconoce. Se pregunta con quién podría entablar una conversación para no quedarse a solas con el vaso en la mano. Examina el rostro de los presentes y decide rápido si quiere dar el paso o no. ¿Qué se le pasa por la cabeza en esos momentos?

Según los psicólogos sociales, en esos casos nos basamos en dos medidas principales: calidez/simpatía, por un lado, y determinación/competencia por otro. El psicólogo estadounidense David Bakan (1921-2004) formuló esta teoría ya en 1966 en su libro The duality of human existence («La dualidad de la existencia humana»). Bakan hablaba en él de «agencia» y «comunión».

El término agencia se refiere al ser humano como individuo autónomo; comunión, en cambio, destaca su pertenencia a un grupo. El primero pone énfasis en la competencia y el control, mientras que el segundo subraya la comunidad y la cooperación. A las características «agenciosas» pertenece la autoconsciencia, la orientación hacia objetivos y la capacidad para imponerse; a las «comunales», las competencias sociales, sobre todo, la amabilidad, la fiabilidad y la lealtad.

En 2014, junto con el psicólogo Bogdan Wojciszke, de la Universidad de Ciencias Sociales y Humanidades de Sopot, llevamos a cabo un experimento similar al descrito en el inicio del artículo. Pedimos a parejas de sujetos que no se conocían que conversasen entre ellos durante algunos minutos. Al final, debían valorar su propio comportamiento así como el del otro participante durante el diálogo.

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