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A medida que envejecemos, el cerebro cambia su forma de procesar el dolor

Las personas de edad avanzada presentan una reducción en el ­procesamiento cerebral de los estímulos dolorosos. Ello podría estar ­relacionado con una mayor vulnerabilidad a desarrollar dolor crónico.

Getty Images / ojoel / iStock

El envejecimiento produce cambios en la estructura y el funcionamiento cerebral que acaban alterando diferentes procesos psicológicos; entre ellos, las emociones, la atención y la memoria. Es probable que estos cambios afecten también al procesamiento del dolor, así como a las estrategias que puedan aliviarlo. Pero ¿cómo contribuyen a la aparición y al mantenimiento del dolor crónico?

Es habitual escuchar que los mayores sienten menos dolor. Incluso con frecuencia se infravalora el dolor que padecen estas personas, puesto que su sufrimiento se considera una parte natural del envejecimiento. Además, la idea de que los humanos de edad avanzada soportan mejor el dolor está muy arraigada en nuestra cultura. Mas ¿son ciertas tales creencias?

En la actualidad, los estudios que evalúan los mecanismos psicobiológicos implicados en la percepción del dolor en este grupo poblacional son sorprendentemente escasos. De hecho, aunque la investigación en este campo ha sido intensa durante los últimos decenios, hasta hace poco era habitual excluir de los estudios a las personas con más de 65 años de edad, con el fin de controlar los posibles efectos que el envejecimiento pudiera tener en los resultados. Afortunadamente, esta situación está cambiando: hoy en día se están efectuando grandes esfuerzos para entender los cambios que produce el envejecimiento en los mecanismos de percepción del dolor.

Un procesamiento cerebral complejo

¿Alguna vez ha llegado a casa y, al desvestirse, se ha percatado de que tiene un moratón que por la mañana no tenía? ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta al hacérselo? Estos casos nos indican que, por lo general, no hay una relación lineal entre la magnitud del estímulo que causa el dolor y la intensidad de esa sensación. La experiencia dolorosa depende de la conjunción de múltiples factores, tanto físicos (intensidad y localización del daño) como emocionales, sociales y cognitivos («¿Supone una amenaza?», «¿Me resulta familiar?» «¿Puedo permitirme sentir dolor ahora mismo?»).

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