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Acatar órdenes disminuye la empatía

Las personas que infligen un daño porque se lo han ordenado consideran que el dolor que provocan es menor que si lo causan de manera voluntaria.

[iStock/RapidEye]

La historia está llena de personas que han perpetrado actos espantosos obedeciendo órdenes. Esto no solo se explica si se dan circunstancias especiales o si peligran la propia salud y la vida, como en tiempos del nacionalsocialismo. Los experimentos ya clásicos de Stanley Milgram [véase «Los controvertidos ensayos de Milgram», por Stephen D. Reicher y S. Alexander Haslam; Mente y Cerebro, n.o 66, 2014] y de sus discípulos lo dilucidan: basta la coacción de una tercera persona que represente a la autoridad para que algunos inflijan a sus congéneres un dolor tal que ponga en riesgo su vida. ¿Cómo es posible?

Un experimento llevado a cabo en los Países Bajos arroja nueva luz sobre el fenómeno. El equipo coordinado por Emilie Caspar y Valeria Gazzola, del Instituto de Neurociencias de Ámsterdam, reclutó a 40 voluntarios de 25 años de edad media y más de dos tercios mujeres. Por parejas, llevaron a cabo la siguiente tarea: primero, una persona administraba a otra electrochoques mediante dos electrodos de mano, luego se intercambiaban los papeles. En 30 de las ocasiones era el experimentador quien indicaba si se debía suministrar el choque o no; en otras 60 veces, eran los propios voluntarios los que tenían que decidirlo. Los «autores del delito» yacían en un escáner cerebral y podían ver las contracciones de la mano en una pantalla. Por cada descarga eléctrica que emitían, se les prometían 5 céntimos. Ambas partes sabían que la potencia era constante: previamente, el dispositivo se había ajustado a cada persona, de manera que la descarga eléctrica resultara solo un poco dolorosa.

Las neuroimágenes mostraron que cuando los voluntarios observaban una descarga que les habían pedido infligir, la actividad de las regiones cerebrales implicadas en las reacciones empáticas disminuía en comparación con cuando eran ellos los que optaban por administrar el choque. Además, declararon sentir menos responsabilidad, culpabilidad y malestar en esos casos, fenómeno que se reflejaba en una menor implicación de la corteza cingular anterior y de la ínsula, que suelen activarse con los sentimientos de culpa.

En cambio, destacaba la actividad en la circunvolución central del lóbulo temporal. «Cuanto más activa se encuentra esta región, con más sensibilidad reaccionan las personas al dolor ajeno», afirman las investigadoras. Esto también se puso de manifiesto en su experimento: cuanto más fuerte reaccionaban partes del lóbulo temporal al observar las contracciones de la mano, menos descargas eléctricas propiciaban los «autores del delito» por iniciativa propia.

Otro hallazgo llamó la atención a las investigadoras: aunque habían indicado a los participantes que las descargas eléctricas tenían todo el tiempo la misma potencia, consideraban el dolor de su víctima menos intenso si obedecían una orden que si eran ellos los que decidían administrar las descargas. «Obedecer una orden influye hasta tal punto en la percepción, que no solo cambia la empatía, sino también la apreciación sobre la potencia de la descarga que se inflige».

Fuente: NeuroImage, 10.1016/j.neuroimage.2020.117251, 2020

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