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Getty Images / pepmiba / iStock

Todos los humanos somos distintos desde que nacemos. Así, mientras que un bebé puede pasarse durmiendo la mayor parte del día y apenas reaccionar a su entorno, otro parece siempre despierto e interesado en todo lo que le rodea. ¿Revelan esas tendencias tempranas el futuro desarrollo del niño? ¿Permiten determinar si será muy o poco inteligente?

Ya que no es posible someter a un lactante a un test de inteligencia, para descubrirlo hay que observar su comportamiento. Ciertamente, la viveza y un elevado interés por los objetos y las personas son un indicador de dotes cognitivas. Pero no solo resulta apasionante conocer el estado de desarrollo mental del bebé en ese momento, sino también el posible pronóstico sobre su cociente de inteligencia (CI) en la juventud y la edad adulta. Ello resulta importante, por ejemplo, en el caso de los niños con un trastorno del desarrollo, pues ayudaría a estimular sus capacidades de manera adecuada. Pero ¿existe esa posibilidad?

Si bien las pruebas para bebés revelan su rendimiento cognitivo, estos análisis resultan limitados a la hora de predecir su CI posterior. Un método alternativo es el llamado método visual de habituación y deshabituación. Lleva solo unos minutos y se basa en el hecho de que los bebés tienen predilección por todo lo nuevo. Al principio, familiarizamos al niño con un estímulo: un rostro determinado, por ejemplo. Para ello, el investigador le muestra de manera repetida una cara, hasta que el pequeño pierde el interés y mira cada vez menos esa imagen. Se trata del proceso de habituación.

A continuación, el experimentador vuelve a enseñarle la misma cara, pero esta vez junto con otra nueva. Si el bebé retoma el interés e inspecciona el rostro que le resulta desconocido, se deduce que sabe distinguir las caras. El aumento de atención revela que reconoce que se trata de una imagen distinta a la habitual (deshabituación). Con ayuda de este proceso, se demostró que los recién nacidos pueden reconocer y distinguir caras [véase «Expertos en rostros», por Stefanie Höhl; Mente y Cerebro, n.o 58, 2013].

También se ha examinado qué ocurre en el cerebro del niño durante este tipo de pruebas. Según se ha visto, la habituación produce una suerte de rastro de memoria del objeto mostrado. Al completarse esa imagen cognitiva, el bebé pierde el interés por el objeto. A continuación, se le presenta un nuevo elemento, el cual compara con la imagen que acaba de crear en su memoria. Si encuentra una diferencia, lo explorará como si fuese nuevo. Si, por el contrario, no detecta ninguna desemejanza, no le llamará la atención.

Por tanto, la habituación y deshabituación son procesos básicos del procesamiento de información y, con ello, aspectos esenciales de la inteligencia. Comprenden la construcción de la representación de un objeto en la memoria, la recuperación de la información almacenada, así como la comparación de esta última con la recién percibida.

Con frecuencia, los bebés se diferencian mucho entre sí en la rapidez con la que se habitúan o deshabitúan, es decir, en la habilidad de procesar nueva información. Una serie de estudios confirman que existe una estrecha relación entre esa capacidad cuando se es bebé y el CI durante la adolescencia y la edad adulta.

Ahora bien, si su pequeño no ofrece el resultado deseado en una prueba de habituación y deshabituación, no se preocupe. Las capacidades cognitivas se pueden estimular. Sobre todo las interacciones sociales, como mirar y descubrir juntos un libro ilustrado, tienen un efecto positivo. Por suerte, la mayoría de los padres lo hacen de manera espontánea.

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