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Del olfato al estado mental

Con frecuencia, las personas con una enfermedad psíquica o neurodegenerativa tienen el sentido olfativo alterado. ¿Por qué? ¿Podría aprovecharse este fenómeno para el diagnóstico precoz y el tratamiento de la depresión o la esquizofrenia?

La tristeza no solo nos golpea en el ánimo, sino también en la nariz. Cuando estamos afligidos, percibimos peor los olores. [UNSPLASH / KSENIA MAKAGONOVA]

En síntesis

Entre el sentido del olfato y el estado mental existe una estrecha relación. Las personas tristes o depresivas perciben peor los olores.

Todavía no se ha aclarado si nuestra vida emocional influye en nuestro olfato o si, a la inversa, una nariz insensible sacude el estado de ánimo. Ambas teorías carecen de pruebas suficientes.

En las personas con depresión suele alterarse el procesamiento olfativo en los estadios iniciales: son poco sensibles a los olores. En cambio, a los pacientes con esquizofrenia les resulta difícil clasificar los olores de forma correcta.

No resulta muy habitual que un experimento provoque las lágrimas de los participantes. Pero en los ensayos que tuvieron lugar en 2014 en la Universidad Técnica de Dresde esa era exactamente la reacción esperada: los científicos investigaban cómo la depresión afecta al sentido olfativo. Para ello, mostraron a los voluntarios (24 mujeres y 7 hombres) la escena final de la película Campeón. En ella, un niño llora la muerte de su padre, quien fallece a causa de las graves heridas tras un combate de boxeo. Las desgarradoras imágenes oprimen la garganta del espectador. A este efecto debe el film una carrera vertiginosa en el mundo de la investigación: los psicólogos y los médicos utilizan la cinta desde los años noventa del siglo pasado con bastante frecuencia para estudiar estados de ánimo tristes. En un estudio de 2017, Elena Flohr, Elena Erwin, Ilona Croy y Thomas Hummel, investigadores del sentido olfativo, pidieron a sus afligidos participantes que, tras ver la susodicha película, olisquearan el hedor que desprendían unos huevos podridos. Los sujetos procesaron el estímulo más lentamente de lo habitual, como mostraron las mediciones por electroencefalograma (EEG). Además, el pico de las ondas cerebrales, observable inmediatamente después de la exposición al mal olor, aparecía reducido en estado de tristeza.

Las diferencias no eran grandes, pero encajaban con lo esperado. La psicóloga Bettina Pause, de la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf, constató en 2003 variaciones similares en pacientes con depresión. Pero tras un tratamiento farmacológico, esas peculiaridades desaparecieron. El estudio de Pause fue uno de los primeros en demostrar que las personas con depresión, en comparación con las sanas, perciben los olores más intensos y que su capacidad olfativa vuelve a incrementarse tras una terapia.

Así pues, parece que existe una relación entre el estado mental y la olfacción. Un fenómeno que no solo sucede en la depresión. Además de la pérdida de olfato debida a la COVID-19, se amontonan los hallazgos que sugieren que en muchos trastornos psiquiátricos y neurodegenerativos (la esquizofrenia, el autismo o la enfermedad de Alzheimer, entre ellos) se producen cambios en el sentido olfativo.

Los científicos de todo el mundo buscan las causas de esta interacción. En el caso de la depresión, se han recopilado numerosas piezas del rompecabezas en los últimos años. Pero la imagen que proporcionan no está ni mucho menos completa. Ello se refleja, sobre todo, en la cuestión de la causalidad: ¿nos deprime la falta de capacidad olfativa? ¿O es al revés?

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