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El olor de los trastornos neurológicos

Algunas enfermedades metabólicas modifican el olor corporal de los pacientes. ¿Es posible que trastornos como el párkinson o la esquizofrenia ­también dejen una huella olorosa?

Getty Images / lenanet / iStock

En síntesis

Algunas dolencias metabólicas e infecciones se acompañan de un cambio de olor corporal. Incluso ciertas enfermedades neurológicas dejan un rastro olfativo.

Se investiga si esta información permitiría reconocer de manera precoz ciertos trastornos psiquiátricos, entre ellos, la esquizofrenia, el párkinson y la epilepsia.

Se ha visto que los perros asistentes adecuadamente adiestrados pueden detectar con antelación el ataque epiléptico o de narcolepsia de su dueño.

«Ese peculiar olor a cabra; recuérdelo siempre. Es el olor de la esquizofrenia», murmura Hannibal Lecter en la película El silencio de los corderos, de 1988. Esta advertencia, que suena a delirios de un loco, se basa en viejos rumores. A finales de siglo XIX, enfermeras de centros psiquiátricos comentaban que determinados pacientes desprendía un olor peculiar. Años más tarde, los científicos investigaron y comprobaron la posibilidad de que existiera el «olor de la esquizofrenia».

Pero ese conocimiento se remonta a épocas muy ­anteriores. En torno al año 400 a.C., el médico griego Hipócrates ya sabía que algunas enfermedades se acompañan de un cambio de olor corporal. Él mismo diagnosticaba la dolencia de sus pacientes en función de la impresión olfativa de la orina, el sudor y el esputo. «Cuando la orina huele mal, es demasiado acuosa o espesa y de color negro, el enfermo puede preparase poco a poco para su último viaje», indica en sus escritos. El aliento del afectado le servía de indicio complementario de su enfermedad. De este modo, Hipócrates fue el primero en describir el putrefacto olor foetor hepaticus («aliento de la muerte») que aún hoy se considera una señal de insuficiencia hepática.

Gracias a los adelantos técnicos, en la actualidad es posible analizar con exactitud distintos olores corporales. Entre ellos destaca la cromatografía de gases acoplada a la espectroscopia de masas. Este procedimiento permite separar la mezcla de gases e identificar sus componentes.

Otros importantes avances fueron los trabajos del químico estadounidense Linus Pauling (1901-1994). En 1971 logró descomponer a nivel molecular el aliento humano. Pauling describió centenares de compuestos orgánicos volátiles (COV). Se trata de metabolitos que desde la sangre, a través de los alvéolos, llegan al aliento. También la orina, los excrementos, así como las glándulas sudoríparas y sebáceas de la piel desprenden determinadas mezclas de gases. En infecciones, trastornos del metabolismo y tumores, la composición de COV puede cambiar de tal modo que se origina un olor corporal o un aliento característico.

Hoy en día se sabe que el putrefacto foetor hepaticus en las enfermedades hepáticas graves se origina, entre otros motivos, a causa de la acumulación de mercaptano en el cuerpo. En cambio, el aliento dulce y afrutado en la diabetes se debe a un aumento de la acetona en sangre. Y la fiebre tifoidea que causa la salmonela altera la mezcla de los COV de tal modo que de la boca de los pacientes emana un olor a pan recién hecho.

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