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La cara inocente de mentir

Los niños de corta edad todavía no saben mentir. Para ello, primero necesitan dominar la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a las otras personas. La subestimada habilidad de engañar arroja luz sobre el desarrollo cognitivo y la moral infantil.

Los padres que descubren a su retoño en su primera mentirijilla deberían alegrarse: ha alcanzado un hito en el desarrollo. [UNSPLASH / JELLEKE VANOOTEGHEM]

En síntesis

Mentir supone la habilidad compleja de saber engañar a otros. A pesar de su mala fama, es un hito en el desarrollo cognitivo y moral de una persona.

Para mentir, el niño debe darse cuenta de que sus congéneres disponen de conocimientos y objetivos distintos a los suyos. Un entrenamiento en la comprensión de los pensamientos e intenciones de los demás, la llamada teoría de la mente, puede mejorar la habilidad de decir mentiras.

La mayoría de los niños mienten a partir de los 4 años. Sin embargo, nuevos hallazgos sugieren que muchos desarrollan con anterioridad la capacidad de comprender los estados mentales de los demás. Por tanto, pueden engañar antes de lo que se creía.

«¿Te has comido la galleta de chocolate?», pregunta el padre a su hija de 4 años. La niña niega con la cabeza, pero las migas que salpican la comisura de sus labios y los restos en sus manitas la delatan. Es en este tipo de situaciones que los padres observan por primera vez que sus retoños tratan de engañarles. También preguntas como «¿Ya te has cepillado los dientes?» o «¿Te has lavado las manos?» invitan a tal descubrimiento. Las primeras mentirijillas suelen ocurrir entre los 3 y 5 años de edad con el fin de evitar consecuencias engorrosas. No obstante, por lo general, saltan a la vista y papá o mamá las desenmascaran con rapidez. Por el contrario, los adultos somos mentirosos experimentados. Según diversos hallazgos, solemos decir falsedades varias veces al día.

¿A partir de cuándo, por qué y dónde mienten los niños? ¿Cómo se pueden reconocer sus engaños? Y ¿se dan cuenta ellos cuando otros no les cuentan la verdad? Las respuestas a esas preguntas no solo revelan algo sobre la mentira en sí misma, sino que también reflejan el progreso cognitivo y moral del individuo. De hecho, mentir requiere una comprensión compleja de los estados mentales de los congéneres y muestra un hito en el desarrollo psicológico. Para que las mentiras resulten exitosas, los niños deben entender que sus semejantes no tienen la misma visión del mundo que ellos y que sus conocimientos, sentimientos y experiencias son diferentes. Deben darse cuenta de que la otra persona (a diferencia de ellos mismos) no conoce la verdad, por lo que puede creerse afirmaciones falsas. Además, deben regular su comportamiento y saber reprimir las respuestas sinceras en favor de las afirmaciones engañosas.

Desde los inicios de la psicología del desarrollo, los científicos se han interesado por la mentira. En 1877, Charles Darwin reflejó en su obra A biographical sketch of an infant («Bosquejo biográfico de un bebé»), los progresos motrices, sensoriales y emocionales de su hijo William; también sus mentirijillas. Asimismo, la pareja de psicólogos Clara y William Stern documentó en 1909 la primera mentira deliberada de sus hijos y trató de deslindarla de los falsos recuerdos. Pero la primera vez que se investigó la mentira en la infancia de manera científica fue a comienzos del siglo xx de manos de Jean Piaget (1896-1980). En 1932 describió el desarrollo de la moralidad infantil mediante historias ficticias en las que niños de entre 6 y 12 años debían juzgar declaraciones falsas y sus consecuencias. En la siguiente mitad del siglo, el tema de la mentira estuvo poco presente en la investigación de la psicología del desarrollo. Pero el interés ha ido aumentando a partir de la década de 1980.

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