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Las lenguas de nuestras vidas

Y los malabares neuronales del bilingüismo.

EL CEREBRO BILINGÜE
La neurociencia del lenguaje
Albert Costa
Debate, 2020
256 págs.

El problema del bilingüismo sigue siendo una cuestión candente en el estudio de la neurociencia del lenguaje y en su repercusión sobre otras capacidades cognitivas. Albert Costa (1970-2018) dedicó buena parte de su vida al estudio del cerebro bilingüe. Costa falleció prematuramente en 2018, un año después de la publicación de la primera edición de este libro. Su vigencia queda demostrada con esta segunda reimpresión y con su reciente traducción al inglés. No es fácil que una obra divulgativa de estas características dé el salto internacional y no se quede anticuada en poco tiempo, máxime al ritmo de vértigo al que va la investigación actual.

Puede que el español, con el que redacto ahora, sea su lengua materna o puede que no. Es estadísticamente raro que quien lea estas líneas no conozca, ni aunque sea un poco, otra lengua. Que sepa esa lengua, o lenguas, de forma que prácticamente le sea indistinto comunicarse en su lengua materna o en otra, es decir, que se pueda considerar bilingüe, o plurilingüe, es harina de otro costal. De hecho, ¿cómo influye en nuestra neuroanatomía el grado de conocimiento de diferentes lenguas? Más llanamente, ¿cómo se las ingenia nuestro cerebro para no hacerse un lío cuando hablamos con las diferentes lenguas que conocemos, o incluso dominamos? ¿Interactúan los conocimientos lingüísticos con otras habilidades generales, como el aprendizaje, la socialización o la percepción?

En El cerebro bilingüe, Costa pormenoriza y amplía los temas abordados en un artículo —sospechosamente del mismo título— que publicó en 2015 en Mente y Cerebro, junto con Mireia Hernández y Cristina Baus [MyC, n.o 71, 2015], que es sin duda un claro anticipo de este libro. Extiende aquel suculento entrante en una obra personal, con tintes autobiográficos, que, por su sencillez y amenidad narrativa, es una excelente introducción a la neurolingüística para profanos.

El bilingüismo, y sus potenciales ventajas o inconvenientes pedagógicos, es un tema recurrente en todas y cada una de las reformas educativas que se han planteado. Según su conveniencia, los gobernantes suelen presentar discrecionalmente algún estudio que confirme sus sesgos ideológicos respecto a la inclusión de más de una lengua en la enseñanza. Costa huye de polémicas políticas al respecto: expone las evidencias científicas existentes sobre el bilingüismo, y también las controversias que suscitan los diferentes experimentos psicológicos que, bajo un paradigma cuantitativo, suelen ser más una cuestión de gris que de blanco y negro.

Sin embargo, Costa nos avisa ya en el prólogo que no tratará dos temas fundamentales sobre el bilingüismo, de los cuales reconoce no ser experto: los métodos de aprendizaje de segundas lenguas y las connotaciones sociopolíticas, o de identidad nacional. Costa defiende su enfoque científico, e intuyo que evita algunos términos para no entrar en farragosas controversias que únicamente hubiesen removido los sesgos ideológicos de los lectores, y que no hubiesen aportado nada.

Pero no se engañen. No solo les hablará la ciencia en cada página. Costa supo hilvanar un recorrido intenso, intercalando con habilidad la lengua de la razón y la de la emoción, el experimento y la cotidianidad familiar, en una suerte de bilingüismo racioemocional único. Porque El cerebro bilingüe bascula entre la fuerza de la evidencia empírica y el debate interior que nos suscitan sus consecuencias: de la emotio a la commotio, que decían los latinos —y Jeff Beck con su guitarra—.

Así, da que pensar que los niños ya en su tierna infancia tiendan a elegir (empíricamente) a potenciales amigos según su color de piel y lengua materna —¡y mejor si no es con acento extranjero!—, y que la lengua se anteponga al color de la piel cuando ambos factores se contraponen. Los niños que han crecido en un contexto bilingüe desarrollan a edad más temprana habilidades empáticas, seguramente por una mayor necesidad inicial de leer las intenciones del otro (teoría de la mente), al escoger el código lingüístico. Por otra parte, los bilingües son algo más lentos que los monolingües (estamos hablando de centésimas de segundo), tanto en su primera como en su segunda lengua, en tareas de denominación, y caen con más facilidad en fenómenos de tener la palabra en «la punta de la lengua», algo relacionado con el coste cognitivo de procesar más de una lengua.

Expertos en inteligencia artificial (IA), como Ramon López de Mántaras, han apuntado que en la actualidad las máquinas pueden ser programadas para vencer a los humanos en tareas específicas o juegos como el ajedrez o el Go y, sin embargo, tener problemas para aprender y ejecutar a alto nivel más de un tipo de tarea. Esa capacidad multitarea es lo que hace especial a nuestro cerebro que, en el caso del uso de diversas lenguas, según metaforiza Costa, realiza auténticos malabares neuronales.

Si descubrimos cómo el cerebro gestiona ejecutivamente el bilingüismo, o fenómenos como la alternancia de código (que los bilingües realizan con soltura en medio de una misma conversación), quizá seremos capaces de programar mejor sistemas multitarea de IA, y optimizar así muchos problemas computacionales complejos que hoy en día se resuelven a base de fuerza bruta, de petaoctetos de memoria y horas de superordenador. Entender cómo se imbrican la atención, la memoria, las emociones y el lenguaje es uno de los retos pendientes de la investigación neurocientífica. Los resultados de los estudios de las interacciones de las funciones cognitivas tendrán repercusión en el modo en que entendemos la educación, y en el desarrollo tecnológico de redes neuronales artificiales.

El autor demuestra su bagaje formativo junto con Jacques Mehler o Núria Sebastián, presentando los experimentos con bebés —ya clásicos— de succión nutritiva o de orientación a estímulos lingüísticos, que demuestran un reconocimiento muy temprano de los patrones acústicos del habla. Costa no se olvida de otros curiosos fenómenos: la aparente «pérdida» de una primera lengua, en el caso de niños adoptados que dejan de ser estimulados en ella; el modo en que la intervención activa en una segunda lengua (jugando con los niños, por ejemplo), es mucho más efectiva para el aprendizaje que ponerles dibujos animados, pasivamente; las dificultades que tenemos para «pillar» los chistes, si no es en nuestra lengua materna, o el impacto positivo que parece tener el bilingüismo en la denominada «reserva cognitiva», actuando como agente protector de enfermedades neurodegenerativas, siempre y cuando mantengamos un uso regular de ambas lenguas. Me dejo en el tintero una miríada de estudios interesantes, pero mejor gócenlos en primera persona leyendo El cerebro bilingüe.

Hace más de quince años, tuve la suerte de aprender de Albert Costa en un curso de doctorado en la Universidad de Barcelona. Los ecos de su voz rasgada, de aquellas fantásticas clases, han resonado inevitablemente mientras leía. No puedo evitar recuperar aquí una cita atribuida a Nelson Mandela (que aprendió afrikáans, la lengua de sus opresores, en la cárcel), a la que Costa se refiere en el libro: «Si hablas a una persona en una lengua que entiende, el mensaje le llega a la cabeza. Si le hablas en su lengua materna, el mensaje le llega al corazón». Aunque todavía quede mucho por investigar sobre la relación entre las emociones y el uso de diferentes lenguas, déjame decirte para concluir, Albert, en nuestra lengua materna, «gracias».

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